Atlético: El objetivo imposible de Simeone

El técnico quiere seguir los pasos de Juan Carlos Lorenzo en 1974

El Atlético Madrid cerrará este miércoles una brillante primera fase de la Liga de Campeones en la que de momento no conoce la derrota. El equipo sueña con llegar a jugar la final de la máxima competición europea como ya hiciera en 1974 con Juan Carlos Lorenzo al frente. El milagro podría volver a tomar forma de la mano de otro argentino, Diego Pablo Simeone ¿lo conseguirá?

Verano de 1973. “El equipo se mueve bien al contragolpe, pero cuando se amontona gente en campo contrario todo es distinto, debemos dar mayor velocidad y abrir a nuestras alas” declaraba Juan Carlos Lorenzo durante sus primeros días como entrenador del Atlético de Madrid. Su discurso era enérgico, lleno de pasión y sentimiento, pero las caras de los periodistas y fotógrafos que cubrían sus apariciones (Marca, As, Pueblo, Informaciones...) revelaban desconfianza: no lo conseguirá.

Juan Carlos Lorenzo sólo había tardado dos horas en firmar el contrato que le ligaba Atlético en verano de 1973. Emisarios del club colchonero encabezados por Salvador Santos se presentaron en Buenos Aires, donde el técnico dirigía a San Lorenzo de Almagro y era una figura muy conocida de los banquillos desde que guió a Argentina a los cuartos de final del mundial de Inglaterra 66.

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No hubo malas caras ni exigencias en aquella reunión, sólo la convicción de que Lorenzo quería volver al Atlético (donde ya estuvo como jugador), pero ahora tendría una responsabilidad mucho mayor. Del club había salido Max Merkel, que la temporada anterior,1972-73, había conseguido alzar el título de liga en el Manzanares. Juan Carlos Lorenzo no llegaría sólo; con él aterrizarían sus compatriotas Rubén Ayala y Heredia, también el oriundo Panadero Díaz, hijo de un emigrante español nacido en Lugo.

El equipo tuvo que comenzar su defensa del título sin los fichajes argentinos (en plena lucha por la clasificación mundialista con su selección), aunque los más críticos seguían viendo un importante agujero en el futuro del equipo. “No lo conseguirá, y si finalmente llega Cruyff al Barcelona todavía menos” (el holandés debutó en la liga el 28 de noviembre de 1973). Y es que el mercado español estaba cambiando, con los grandes clubes decididos a romper la dinámica de fichajes establecida; el fútbol español debía volver a reinar. Los extranjeros volvían a la liga, aunque no lo hacían en plenitud de derechos.

A ellos se les concedió el derecho a jugar la liga, pero no así la copa (donde no podían alinearse extranjeros); una forma de salvar la conciencia del fútbol español tras los pésimos resultados de la selección, y de paso la ocasión de dar un paso al frente sin escandalizar en exceso al régimen. Pero en febrero de 1974 el equipo nacional volvía a fallar quedando fuera del mundial de Alemania tras perder el partido de desempate ante Yugoslavia.

Una de las exhibiciones de Cruyff llegó en el Camp Nou contra el Atlético de Lorenzo, el día en el que Reina fue el espectador privilegiado de la improvisada acción del flaco que paró el mundo. De nuevo, las comparaciones entre campeón y aspirante eran odiosas, y las críticas al Atlético feroces. Los madrileños tienen a Irureta, al paraguayo Domingo Benegas, y a “los tres puñales arriba”: Salcedo, Gárate y Becerra, una famosa coletilla que acompañó a los atacantes de aquel equipo a partir de un partido en Bucarest.

Y es que el Atlético de Lorenzo comenzó a perder fuera todo lo que ganaba en casa. De hecho, los más cínicos comenzaron a llamarlo el “Atlético de Buenos Aires” por su estilo tosco y aguerrido, siempre al borde del reglamento y con una gran eficacia en su estadio.

De Estambul a Bruselas

Ningún club español había llegado a la final de la Copa de Europa desde el éxito del Real Madrid Ye-yé en 1966. Es por ello, que cuando el Atlético empató en su estadio ante el Galatasaray en el primer encuentro de las eliminatorias de la Copa de Europa 1973-74, volvieron a relucir los malos vientos y las malas caras; los pesimistas tomaron posiciones.

El Atlético fue incapaz de marcar un gol ante el discreto conjunto turco en el Manzanares. Con el 0-0 había que viajar a la difícil Estambul, un lugar donde los colchoneros ya habían vivido una desagradable eliminación en el pasado (en la Copa de Ferias 1967-68 el Goztepe Izmir les remontó un 2-0).

Los hombres de Lorenzo saltaron al campo con convicción, dispuestos a cambiar la historia y conseguir batir al representante de un fútbol gafado para los intereses españoles desde años atrás. El partido no era para jugadores pequeños ni para esconderse por la violencia local. Ese encuentro sólo se podía ganar imponiendo fortaleza en la zona ancha y demostrando calidad y velocidad en el área rival; era un partido de Copa de Europa, de competición importante. Era un encuentro para Juan Carlos Lorenzo.

Tras la lucha llegó el final del partido, una tregua con el marcador abierto, 0-0. No había lugar para buscar un campeón a los puntos, y la guerra tendría que resolverse en la prórroga. ¿Qué era eso para Lorenzo? Poca cosa si lo comparaba a la escena vivida en 1966, cuando en el estadio de Wembley sufrió una de las grandes tropelías de la historia de los mundiales al mando de la selección argentina. Ni las peores condiciones podían desviar el objetivo del equipo, la cerrada noche de Estambul marcaría el destino europeo de este Atlético.

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En el minuto 100 de partido, el Atlético volvió a la carga. Melo inició la jugada; él era uno de los muchos extremeños que jugaban en ese equipo junto a Eusebio o Adelardo. Lorenzo se desgañitaba en la banda, “Suéltela, lance al marco”...no llegó Luis y tampoco Gárate. Otra ocasión fallada.

Pero cuando los turcos suspiraban y trataban de ordenar su defensa, Ignacio Salcedo conectó un espectacular disparo que se coló en la portería de Yasin; el Atlético estaba clasificado en su vuelta a la Copa de Europa. Después llegó la batalla de Bucarest con los tres puñales y el Estrella Roja de Dzajic sólo un mes después de que Yugoslavia dejara a España sin mundial. Los balcánicos pudieron con los Kubala Boys, no así con el Atleti de marca porteña. Si chillan, nosotros lo hacemos más fuerte, si nos pegan nosotros la devolvemos, y si utilizan los codos el Atlético de Madrid responde con los puños.

Al Atlético seguían dedicándole titulares: “No lo conseguiréis, ante el Celtic no”. Pero aquel conjunto representó a España de la mejor manera posible en semifinales, además lo hizo vestido de rojo como marcan los cánones patrios. El encuentro de ida ante el club católico de Glasgow se convirtió en todo un homenaje al boxeo. Allí estaba Stein con sus armas, y en frente un Lorenzo convencido de lograr un espacio entre los más grandes.

Glasgow, abril de 1974. Sin peleas a la vista entre Muhammad Ali y Joe Frazier, los incondicionales del deporte del cuadrilátero estaban de suerte: jugadores del Celtic y del Atlético brindaron una pelea en el túnel de vestuarios de Parkhead sin guantes ni reglas, a tres bandas; Argentina, España y Escocia abandonaron los servilismos, el respeto y los códigos básicos de educación. Esto era la Copa de Europa, la madre de todas las batallas. Lorenzo vino a Europa a ganarla, como mínimo a jugar una final, aunque le advirtieron que no lo conseguiría.... pero lo logró.

El Atlético de Madrid no fue campeón de Europa por una acción aislada. La historia sólo recuerda a los campeones y se olvida de aquellos que hicieron el mismo trabajo pero no tocaron el metal. Un gol de Luis Aragonés estuvo a punto de poner fin a ocho largos años de sequía española en la competición más prestigiosa del fútbol europeo.

Las lágrimas de Bruselas se introdujeron en el ADN del club para siempre, y tal vez por ello, a Diego Simeone (el sucesor en la distancia del Toto Lorenzo) le seguirán llegando ecos del pasado ligados a la historia del Atlético, un club que ya es el suyo. Luchando en competiciones mano a mano frente a los gigantes, muchos han sido los que escribieron que el sueño tendría fecha de caducidad. El Atlético 2013-14 de Diego Pablo Simeone puede lograrlo, claro que sí.

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