¿Ha ganado algo el Barcelona?
La celebración en el Camp Nou no tuvo sentido
Sorprendido, descolocado. Así me sentí el pasado sábado por la noche cuando, tras acabar el derbi catalán entre Barcelona y Espanyol, el Camp Nou montaba una gran fiesta digna de la mejor de las celebraciones, digna del mayor de los éxitos deportivos.
Pero no, no habían ganado nada. Todo lo contrario. Perdían al mejor entrenador del Mundo, despedían al considerado ya por todos como mejor entrenador de la Historia del Barcelona.
Pep Guardiola anunciaba el pasado 27 de Abril de manera oficial que dejaba el cargo, que se marchaba del conjunto barcelonista tras cuatro temporada de puro éxito, habiendo logrado la época más dorada y gloriosa de la historia del club.
Sin embargo, los peores resultados a nivel deportivo de los barcelonistas, curiosamente, han llegado en las dos últimas temporadas (tómese los términos "peores resultados" como esos en los que no han ganado todo, como venían haciendo). Curiosamente también estos dos años han coincidido con el que decían que era el entrenador fichado para acabar con su hegemonía.
Pues sí. La peor temporada de Pep Guardiola, ya que estas últimas temporadas los títulos importantes y de renombre eran los que formaban el triplete (Liga BBVA, UEFA Champions League y Copa del Rey). Tras caer en Europa contratodo pronóstico frente al Chelsea y tras verse superado en la recta final de la Liga BBVA por el Real Madrid, el desgaste psicológico y emocional al que se ha visto por dirigir a uno de los mejores clubes del Mundo, ha acabado finalmente por decantar la balanza por su no-continuidad.
El peor año para el entrenador de Sampedor, curiosamente, también se celebra. En Barcelona todo se celebra, porque son, como tanto se presume en la ciudad Condal, el equipo perfecto. El club que, ante la derrota, siempre saca cosas positivas, y por lo tanto no existe el tropiezo, sino lecciones. No existen fracasos, sino aprendizajes. Nunca fallan, siempre hacen las cosas bien. Son perfectos. O al menos es lo que se deduce de la fiesta multitudinaria con Pep Guardiola como protagonista, evidentemente, no esperaba otra cosa.
Micrófono en mano, situado en el centro del campo, elegante, como siempre, Guardiola se dirigió a sus fieles cuál ser divino, cuál ser superior. Lanzó el mensaje del agradecimiento, de la tranquilidad hacia el nuevo ciclo que, años después desde su preludio, ha llegado. Llega otra etapa, aunque todo parece indicar que seguirá el mismo camino, el mismo estilo, pero con otro líder. El entrenador perfecto, educado, de las buenas formas abandona el barco tras marcar la época más dorada. Se va con la conciencia tranquila.
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Una fiesta. El club preparó la despedida perfecta. Los jugadores, después de la despedida personal del entrenador, le mantearon. Y para acabar la fiesta, el famoso círculo en el centro del campo. Pero, ¿qué celebraban? ¿qué habían ganado para llevar a cabo el famoso ritual? Por el momento, si se basan en el famoso triplete, nada. Pero todo es positivismo. La temporada en la que el club que elogia la cantera, que no se gasta dinero, había desembolsado casi 80 millones por dos jugadores, no llega a las expectativas. Pero nada, todo era una fiesta. La imperfección no existe en el Camp Nou.
Las cosas no han salido bien, para nada, pero tampoco han salido mal, esa es la lectura. Es la ventaja de la permisividad mediática. Ellos transmiten el mensaje del positivismo, y el entorno lo predica, obteniendo como resultado la coraza perfecta que acaba por instaurar el mensaje de que no ocurre nada malo, pese haber hecho la peor temporada de la etapa Guardiola, ¿o ahora el chupito de la Copa del Rey se convierte en un título mayor?
Siempre habrá cosas que no entienda. Se marcha el mejor técnico de los últimos tiempos, el que ha hecho historia en el Barcelona y el que ha marcado una época dorada con 13 títulos de 18 disputados.
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