Matar al Barça
Sin desmerecer el estilo, hay que culpar al desacierto y no a la justicia
Dos derrotas y un empate en la última semana han costado al FC Barcelona los dos títulos más importantes del año. Este sería un buen titular para describir los últimos sietes días del equipo culé, algo punzante pero fiel a la verdad.
Aunque sería poco agradecido con el nivel de juego y la cantidad de títulos que ha ido recolectando este equipo desde que Josep Guardiola se hizo cargo del banquillo en el verano de 2008 sin hablar de la cantidad de adjetivos positivos que han ido coleccionando, del mismo modo, gracias a la plasticidad del fútbol exhibido y las habitualmente buenas actuaciones individuales obsequiadas a su público y al hincha del fútbol en general.
Pero hoy no toca edulcorar la guinda a una semana horrorosa para los azulgranas. Tampoco comenzar a enumerar errores cometidos sobre el campo y ante los que Guardiola, parece, no ha sabido reaccionar a tiempo (curiosamente, una de sus mejores virtudes como entrenador), sino romper una lanza en favor de la fórmula que han usado los equipos que han ido privando al Barça en los últimos cuatro años de la victoria o que le han eliminado de alguna competición por rondas.
Tanto Chelsea como Inter, en menor medida el Real Madrid y con matices el Sevilla han visto como desde algunos sectores, unos extremistas, otros puristas y alguno con algún razonamiento que invita al debate, su gran éxito de frenar a este equipo ha venido acompañado de calificativos poco gratificantes, como si el fútbol se midiera por merecimientos sujetivos y no por el acierto sobre el campo.

Este acierto ha sido el que ha cristalizado todo el buen hacer del Barça en títulos y, por ende, le ha convertido en ese equipo admirado por todos, pero que a su vez dio mucha fuerza a un discurso equivocado en torno a estilos. Nadie puede imponer una manera de jugar como la válida, la correcta, en el fútbol profesional, donde más allá de cómo lo hagas, por todo lo que se mueve alrededor de los equipos, el éxito al final de la temporada es la que la valida o no como triunfante. Ante esta competitividad, un entrenador como máximo responsable de lo que hace su equipo en el césped en su camino hacia un título, debe saber medir cómo se va a enfrentar a un rival.
¿Son capaces Milan o Chelsea de disputarles la posesión al Barça? La respuesta sólo hay que buscarla en esta edición de la Champions ¿por qué obligarles entonces a buscarla o menospreciarles por regalársela al Barça? Los italianos estuvieron a punto de firmar la gesta que protagonizó anoche el equipo inglés desde el punto de partida de cualquier equipo que quiera ganar: potenciar tus virtudes y minimizar tus defectos.
Hemos venido comentando lo desastroso de la temporada del Chelsea y queríamos que saliera como si no contara con una ventaja previa que debía defender. Está claro que para el espectador un partido donde los dos equipos buscan el gol es mucho más entretenido pero también sería absurdo si entendemos y respetamos que ante la desigualdad teórica hay que buscar el equilibrio de otras formas como han hecho los últimos rivales del Barça (que nadie se olvide cómo el Levante le mantuvo contra las cuerdas durante muchos minutos).
Acostumbrados ya a vivir en esta sociedad donde no sabemos lo que queremos pero lo queremos ahora, un discurso bien vendido puede calar muy hondo a pesar de no ser del todo acertado: es admirable que un equipo tenga un estilo definido y marcado como el Barça, pero no se debe ser intransigente con los demás, por lo menos en las alturas desde las que se están jugando. En Londres nadie recordará si su equipo renunció a todo (ojo, y logró dos goles en el Camp Nou) por defender una mínima ventaja con un hombre menos durante más de la mitad del partido de aquí a cinco años. Aunque no ganen la final de Munich.
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