El fútbol de al lado de casa
La Segunda B tiene periodistas, medios que la siguen día a día, y esa labor es, en ocasiones, una auténtica aventura
En catalán hay una frase hecha que dice algo así como “al pot petit hi ha la bona confitura”. Vamos, que la esencia más pura se vende en frasco pequeño. En el caso de la Segunda División B y en algunos casos, más que vender casi se regala. “Fútbol de bronce” o “fútbol de barro” son algunas de las denominaciones que recibe el tercer escalón del fútbol español. Iba a decir que 80 equipos componen esta categoría, pero visto que este año fueron 79 o el pasado 81, sería atrevido asegurar que la próxima temporada quién dirige los destinos de la competición no nos sorprenda con otra cifra de equipos bajo algún extraño pretexto. Y es que a medio camino entre el fútbol profesional y el aficionado, la Segunda B es como esa tía por parte de madre que uno tiene en el pueblo, de la que únicamente se acordaba cuando en Navidad tenía que recibir el regalo. Dicho de otra manera, o hay un interés en forma de impacto o el fútbol no vende.

Y es una auténtica pena. Vamos a aceptar de una vez que en España no hay cultura futbolística y que a partir de ahí toda la pirámide del fútbol nacional se sustenta de forma artificial en la necesidad constante de demostrar que eres mejor que el rival, que ganas, que luces palmito. Marcar paquete. Pasa en el fútbol pero pasa también en el día a día, por lo que tampoco debería sorprender. Pero es una realidad que habría que empezar a aceptar para, quizás, poderla transformar en algo más enriquecedor en un futuro más a medio plazo que inmediato. Decía el otro día Isabel Tarragó, presidenta del Llagostera, en una entrevista a Fútbol de Primera que la Segunda B es “una buena manera de conocer otras ciudades, otros pueblos, de hacer turismo y que venga turismo de fuera” a cada población más allá del fútbol. Añadía en lo que parece más un reto que una realidad que “si la gente tuviera ganas de acompañar al equipo y hacer desplazamientos, pues por poco dinero podrías pasar los fines de semana fuera y divertirte”. Razón no le falta, pero en el fondo es como pedir buenos modales a alguien que no ha podido o querido aprenderlos en su momento.

Pero lo que parece una utopía no lo es tanto si lo que muchas veces son medidas para salir del paso se convierte en un trabajo constante y dilatado en el tiempo para acercar este fútbol aparentemente invisible. El peor error, pretender imitar a los grandes, pretender parecerse a lo que por ahora no somos. El éxito del producto radica, en gran parte, no en la exclusividad sino en la diferencia respecto al resto. Queremos que la gente tenga claro que aquí no hay millones y millones de euros sobre el campo, luchas de multinacionales por hacerse con los derechos de imagen de jóvenes que en la mayoría de ocasiones parecen dirigirse a su público, a sus fans, más por compasión y obligación que por creencia. Frialdad y distancia, física pero, sobretodo, emocional. Y es aquí donde el club pequeño, donde la categoría que aún busca su hueco en el limbo entre lo profesional y lo aficionado, debe actuar: en el corazón del aficionado potencial, en el alma de aquella persona que dice estar desencantada del negocio en que se ha convertido el fútbol profesional pero tampoco halla algún motivo más convincente para dejar de consumir ese negocio. ¡Ese es el objetivo!
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A menudo se tienden a comparar los precios de las entradas para un partido de Primera con uno de Segunda B. Más allá de la trampa recurrente consistente en coger el partido más barato de la Liga BBVA y compararlo con la entrada más cara del partido de Segunda B, ¿nos planteamos por ejemplo desde qué altura vamos a ver un Barcelona-Almería por 28 euros en el Camp Nou? Vamos a oler el Reflex del jugador del Ontinyent esperando turno en la banda para volver a entrar como sucedería en el campo del Llagostera? ¿O será que en el Bernabéu podemos escuchar qué se dice un jugador a otro (eso ni se tapan la boca) como podríamos hacer en Manises o en Inca? Se trata de saber vender el detalla y la familiaridad, de hacer ver al aficionado que realmente este fútbol está encarado a él, que no es un fútbol que trata al aficionado como un eslabón más de un negocio. Como en lo que suelen llamar democracia y termina siendo político (con lo bueno o malo que queráis entender del término), sentirse partícipe de algo es importante, pero hacerlo es lo que termina contando. Y mientras en el fútbol profesional el aficionado es un elemento casi ajeno, en este fútbol de los pobres la incidencia que puede tener merece la atención recíproca entre público y clubes.

Son ya algunos años los que un servidor lleva dando vueltas por los campos del grupo 3 de Segunda División (y algún otro de otros grupos cuando ha habido un playoff que jugar). Temporadas en los que uno ha vivido todo tipo de experiencias en estos estadios, en estos campos de fútbol; experiencias que difícilmente habrían ocurrido en coliseos mastodónticos donde todo el mundo está más pendiente de prohibir e impedir que no de facilitar (y aún así, en nuestro fútbol de los pobres aún queda gente con delirios de grandeza que aún no ha querido darse cuenta de dónde está actualmente). Reconozco que mi manera de seguir el fútbol, más allá de la devoción que tengo por mi equipo (el Centre d’Esports l’Hospitalet) puede ser peculiar, friki o incluso enfermiza. Sirva de ejemplo un pequeño secreto: tengo un archivo de Excel en el cual anoto todos los partidos a los que asisto desde hace ya algún que otro año; en el caso de Segunda B, son ya 356 los partidos que he podido presenciar en directo (la mitad, aproximadamente, en el campo de l’Hospitalet, obviamente).

Y ese archivo sirve como punto de partida a la importancia que toma en mi recorrido futbolístico por los campos de bronce todo aquello que no tiene que ver directamente con el resultado, con el juego, que al fin y al cabo es lo único que muchos tienen en cuenta. Disfruto, por ejemplo, con todo lo que acontece en los descansos de los partidos de Segunda B. ¿Recuerdan algún estadio LFP en los que aún se sorteen jamones o se haga un bingo benéfico? En Xàtiva, sin ir más lejos, al descanso de cada partido el Olímpic celebra lo que llaman un bingo benéfico en el que resulta curioso, por un lado, ver a toda la tribuna arrancando numeritos de un cartón mientras, por el otro, los que no somos habituales alucinamos con los comentarios del speaker tras cada bolita que saca del bombo (“les mamelletes”). Se confiere a la historia un ambiente familiar que, en realidad, acerca más todo lo que sucede alrededor de un encuentro a los asistentes al campo. Como aún resulta chocante ver como en Badalona un hombre pasea una pizarra con el número ganador anotado en tiza. Soluciones de toda la vida para que el club, precisamente, pueda alargar su vida; aunque los de las pizarras y la tiza para las alineaciones no solo es patrimonio de Badalona: este año en Magaluf (Atlético Baleares) la solución para disponer de las alineaciones era, precisamente, hacer una foto con tu smartphone a la pizarra con los onces; la crisis aprieta y en ocasiones no hay ni para fotocopias. Así estamos.

Hablando de sorteos al descanso: el bingo de Xàtiva tenía hasta esta temporada un duro competidor con la rueda de la suerte del Sagnier del Prat de Llobregat. Desgraciadamente, la rueda deberá seguir girando en Tercera tras el descenso de los potablava a Tercera División. A mi entender, si un club o un grupo de aficionados ha sabido interpretar casi a la perfección la interpretación de lo que debería ser un partido de fútbol ese es la Unió Esportiva Olot. Las grandes aficiones no lo son por lo numérico; tendemos a cuantificar las cosas y a ordenarlas por número cuando lo que aporta grandeza es, precisamente, lo intangible. Son muchas las iniciativas que han arrancado en la capital de la Garrotxa esta temporada. Por ejemplo, tras el encuentro ante el Atlético Baleares del pasado mes de enero, jugadores, directiva y aficionados de reunieron tras el encuentro para celebrar una calçotada conjunta donde, además, pudieron celebrar el triunfo in extremis de su equipo. Conjunción de fuerzas, sentimiento. Algo impensable en el fútbol profesional, sin duda. Como tampoco suele ser habitual que en un campo de fútbol a la vez que 22 jugadores disputan el balón a 15 metros se estén asando botifarres que pudieron degustar las primeras 400 personas que comprar su entrada en Llagostera en un partido concreto de la pasada temporada.
Y es que como decía su presidenta, un partido de Segunda B puede ser (y debería ser) la excusa perfecta para pasar un día, un fin de semana descubriendo otra población y disfrutando, por ejemplo, de la gastronomía excelsa de muchos territorios representados en esta categoría. Sirvan como ejemplo, este año, partidos en Buñol, en Inca o en Lleida. Y es que viajar no da dinero, pero sí experiencia y recuerdos que perduran por siempre en uno mismo. Y viajar cuando no conduces, más: viajar en tren supone, por ejemplo, descubrir los parajes por los que circula el tren regional Xàtiva-Ontinyent-Alcoi, con las vistas en los alrededores de Agres, los bosques en Cocentaina o el paso por el pantano de Bellús y el río Albaida. Y lo descubres casi sin querer, porque “toca” ir a ese campo y hay que pasar por ahí. Por sitios por los que nunca habrías ido si no hubiese sido porque este fútbol de los pobres decidió instalarse en esa población.

Y pateándote esos campos descubres los gritos de “burro, burro” del Collao, los kalimotxos de Las Llanas o la Menta en Alcoy. Peñas que te hacen sentir como en casa como los Socarrats de Xàtiva o los Mitiks de Sa Curva de Inca. Conoces la mística del Santa Bárbara Bendita en el campo del Caudal de Mieres o, por desgracia, ves como 17.000 personas hacen la ola en Tenerife mientras tu equipo cae por 3-0 en una eliminatoria de campeones. Certificas que cuanto más pequeño es un campo, más se esfuerzan clubes como Huracán o Llagostera para hacer sentir más grande al visitante. Y te quedas corto de tiempo para hablar con los distintos jefes de prensa de los clubes, algunos se los cuales se dejan parte de su tiempo (y dinero) de una forma completamente altruista. La Segunda B también son los banquillos de piedra de Torrellano, las resiembras del césped del Constància, las señales de tráfico de la Ciudad Deportiva del Levante o los cuartos de material habilitados como salas de prensa.

En definitiva, la Segunda División B es una categoría de currantes, de gente que lucha día a día por mantener a flote a sus clubes haciendo auténticos juegos de malabares. Una categoría con mucho por mejorar pero con un encanto indiscutible, una cercanía que convierte el limbo en el que se encuentra este fútbol de los pobres en la solución para atrapar al desencantado. La Segunda B también es una categoría plagada de clubes históricos cuyo pecado es creer que son distintos a los demás por su pasado y por su historia. Pero hay algo común en todas las categorías: los resultados y los éxitos (como las decepciones) son pasajeros, circunstanciales. El recorrido lo da el apego, el sentimiento de pertenencia y los colores. Lo dan las experiencias alrededor de un deporte, de un club. Es ahí donde debe radicar el éxito del deporte en general y del fútbol en particular. No se trata, en el fondo, de ganar o de perder; tampoco de participar. Se trata, simplemente, de aprovechar a nivel vital y emocional todo lo que rodea a este deporte. Y ahí, insisto, es donde la Segunda B tiene más cerca llegar al aficionado. Aprovechémoslo.
