Alberto Gilardino: goles y un violín desafinado
El goleador ha perdido su olfato
Era una mañana muy fría en el metro y un violinista tempranero, interpretaba seis piezas de Bach durante una hora ininterrumpida. Pasaron a su alrededor unas 3.000 personas, de las cuales, sólo unos cuantos agradecidos apremiaban con dinero aquella demostración de talento. La mayoría lo ignoraba, fruto del aislamiento personal y de las prisas de la gran ciudad. La primera moneda le llegó de una mujer que ni se detuvo a escucharlo y sólo algún joven había titubeado en su entorno mientras hablaba por el móvil con los ojos adormecidos. Al término de su interpretación, apenas seis personas habían frenado su caminar para prestar atención a aquella exhibición y únicamente 32 dólares había caído en su gorro. Nadie había aplaudido al finalizar. Nadie lo había reconocido. Aquél violinista, que había mostrado su valor con un violín de 3 dólares, era uno de los mejores del mundo, el mismo Joshua Bell que dos días antes había agotado todas las entradas en un teatro de Boston con un costo de 100 dólares por persona.
Aquél experimento social organizado por el periódico Washington Post hace 3 años, estudiaba la percepción, el gusto y las prioridades de las personas. Acabó demostrando que un cartel gigante, la idiosincrasia en torno al evento en cuestión y el gusto por exagerar aquello que nos cubre el tiempo libre, tiene un valor demasiado alto en nuestra sociedad. Esa preocupación por mostrar, por exhibir y en el fondo, falsear la realidad, está expuesta al engaño y a la manipulación. Joshua Bell lo demostró en el metro. Otros, artistas y músicos fracasados como Alberto Gilardino (apodado Il Violinista Di Biella por sus celebraciones mostrando cariño a este instrumento), intentan cada domingo interpretar su propia partitura, la de los goles, otrora cargados de desproporción y esperanzas. Dejaron de sonar hace tiempo. El violín siempre estuvo, aunque ahora, gravemente desafinado.
Y es que aquél chico que debutó en Serie A con 17 años y que ya era por entonces titular en las categorías inferiores de la selección italiana, sólo necesitó unos meses en el modestísimo Piacenza y una treintena de partidos en Verona (ambos clubes tenían co-propiedad), para lograr el primer contrato importante de su carrera. Con apenas 8 goles en su haber, ‘Gila’ entró en una doble operación (con el danés Martin Laursen) con rumbo a un Parma que le enseñó a vivir. Primero porque tuvo un accidente de automóvil que estuvo a punto de frenar su carrera y después, porque con la gran competencia existente en el Ennio Tardini, mostró su mejor cualidad, la de acumular goles en su cuenta. Su mentor (junto a otros chicos de idéntica dinámica posterior como Mutu o Adriano), fue el actual seleccionador italiano, un Cesare Prandelli que con chicos jóvenes y mimbres en deterioro, supo mantener la estabilidad de una institución endeudada.
En un contexto de crisis absoluta, sufrimientos diarios y nóminas sin pagar (Parmalat había entrado en números rojos), Gilardino vio la puerta ideal para mostrar sus actitudes. Rápido en el área, inteligente en sus movimientos y de enorme facilidad de remate, el delantero explotó, brilló y aglutinó elogios de un fútbol italiano que no recordaba un killer nacional con estos registros desde hacía tiempo. Podía cabecear ganando por alto a los defensores, dominaba registros de remates inverosímil, lanzaba penaltis producto de su confianza y lideraba a un equipo avocado al caos que subsistía en las maravillosas individualidades de su incipiente delantero estrella. 50 goles en sus dos últimas temporadas, abrieron de par en par las puertas de salida, aunque tal fue su dedicación al Parma, que hasta su último partido luchó en play-off de promoción para evitar el descenso del que fue su trampolín profesional.
Con semejantes registros, varios gigantes nacionales rebuscaron en sus arcas en busca del nuevo rematador que apuntaba a una década de alegrías goleadoras en el primerísimo nivel. Y aunque con el tiempo la percepción de la situación nos hace recordar negativamente su paso por el Milan, la inversión rossoneri iba muy bien encaminada. Cierto que costó nada menos que 24 millones de euros, pero pese a no poder acreditarse como fijo en los esquemas titulares, marcó 34 goles en sus dos primeras campañas. Dígitos no tan grises como hoy se pueden valorar pero engañosos en sensaciones para un delantero que perdió sobre todo confianza para destapar el carácter que le había echo grande en su hábitat de área. Gilardino tenía tal obsesión por jugar y sentirse útil, que se redujo la mitad de su sueldo para firmar por una Fiorentina que buscaba reverdecer sus mejores galas y que logró convencerlo porque allí estaba Cesare Prandelli. El primer curso alcanzó sus mejores cifras con 25 dianas que reflejaban el poderío del proyecto viola, que encontró zona Champions y realizaría una dignísima participación, pero en la misma tesitura derrotista de los toscanos, decayó hasta este verano.
Aún con el caché reflejado en los 8 millones de su traspaso, firmaba por el Genoa e un intento desesperado por encontrarse con los goles que lo pudieran llevar a la próxima Eurocopa (fue campeón del mundo en 2006 pero no ha vuelto a ser fijo). Los primeros apuntes no pueden ser más decepcionantes pues sólo un gol contemplan su propósito y limitan cualquier osada llamada de ‘su’ querido Prandelli para vestirlo esta vez con la azzurra. Abandonado por los goles pero sobre todo por las sensaciones de quien ha perdido la energía que lo hacía especial, el goleador sigue escondido, buscando el violín que anime su partitura y que de una vez por todas no suene a lo irremediable, un doloroso desafino.
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