Selecciones: ¿Porqué no una fase clasificatoria diferente?

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La potestad del fútbol como ente cuya jurisdicción se extiende por todo el planeta, condenó hace muchísimo tiempo al calendario oficial de la FIFA-UEFA (o cualquier otra confederación). Eternamente, como si de una ley ancestral inamovible se tratara, los torneos continentales y mundialistas se disputan en verano, puntualizando sus diferentes fases clasificatorias en fechas insertadas en plena temporada de clubes durante fechas concretas que, muy sufridamente, estructuran ese espacio exclusivo para actividad internacional. Tienen un gran atractivo y un romanticismo especial, porque la bandera nacional y ese grito al viento con los instantes previos escuchando el himno, es la pura esencia romántica que mantiene los pilares de este fútbol patriótico.

A pesar de mantener la pureza más arcaica y menos artificial, de generar fechas para la historia y citas irrepetibles, la cruel realidad es que nadie oculta que salvo citas de interés mayúsculo, estas semanas competitivas pasan muy desapercibidas entre la mayoría de aficionados del planeta. Esa falta de interés global que sí arrastran fases finales o partidos entre rivales de potencial asegurado, unido a la dificultad financiera que hoy soportan muchas de las empresas de comunicación en todo el mundo, ha reflejado esta semana un hecho sin igual de costosa comprensión. La campeona del Mundo, de Europa y selección de mayor brillantez de toda la historia, España, no ha podido encontrar el apoyo televisivo de su país, incapaz de soportar las abusivas (solo por las cifras ya merecían un escarmiento) peticiones de pago que exigían desde Bielorrusia para la señal internacional. Una mezcla peligrosa entre la evidente falta de recursos económicos para sacar provecho de esas inversiones deportivas y la desgana, pasividad y apatía que levantan muchas de estas fechas internacionales.

No es una nueva idea o una inspiración pasajera, sino un pensamiento fraguado durante mucho tiempo, que abandera la posibilidad de que se estructure un nuevo calendario para este tipo de fases clasificatorias. Se trata de encontrar un mayor atractivo, una renovada sensación de interés entre los aficionados y una creciente demanda de inversiones externas que mantengan la competitividad, apego y el romanticismo que siempre irradiaban estas señaladas citas internacionales. Adecuar las fechas de los campeonatos europeos (cada confederación debería seguir su estructura conforme a sus torneos continentales y nacionales) para facilitar la liberación, a final de campaña o en época navideña, de suficientes semanas preparatorias para celebrar allí una fase clasificatoria conjunta y global donde todas las selecciones entraran en competición y se disputaran las fases clasificatorias a la siguiente fase final continental o mundialista.

Eliminando las fechas internacionales incrustadas ahora mismo en una temporada de clubes (con citas en viernes y miércoles estipuladas durante varios meses), se ganarían semanas de competición para que las campañas terminaran para los equipos alrededor del mes de marzo (y no a finales de mayo como en la actualidad). Ese espacio y margen podría dedicarse a este tipo de necesidades a nivel de selecciones, pues liberaría presión a las entidades futbolísticas, evitaría que cayeran lesionados con sus combinados nacionales en una polémica eterna cada curso e incluso daría mayor regularidad-continuidad a los torneos ligueros de todo el continente, pues seguirían una estructura mucho más uniforme.

De tal manera, llegaríamos al mes de marzo con la posibilidad clara de que los jugadores (tan cansados o asfixiados como en cualquier otra campaña pues el número de partidos no variaría) estuvieran en predisposición de asumir una fase clasificatoria. Esta se llevaría a cabo en mes y medio que concentraría todas las citas en tiempo e incluso en lugar si así se decidiera (algo que otorgaría mayor atractivo a una o varias sedes centrales previamente escogidas o que, por el contrario, siga el procedimiento de viajes actuales a las sedes de cada selección). Lo que está claro es que, uniendo todos los partidos, la expectación sería mayor, se generarían mayores atractivos económicos, las televisiones venderían el pack completo por esos partidos clasificatorios y los aficionados tendrían fútbol competitivo con objetivos que cumplir y metas que alcanzar durante todo el año, sin importar rival. Una solución que podría catalogarse de eficaz para todas las partes implicadas y que ofrecería una versión maximizada del espectáculo del fútbol de antaño, el de selecciones, el de siempre…

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