Salamanca: Adiós a un histórico
Los salmantinos se han visto obligados a desaparecer a causa de los problemas económicos
La UD Salamanca dice adiós después de que se haya visto a desaparecer a causa de sus graves problemas económicos. Por este motivo, le rendimos homenaje recuperando este artículo de Carlos Mateos, en el que repasa los mejores momentos del conjunto charro y las razones de su despedida.
Conducía vertiginosamente con la izquierda y el once estampado en una camiseta que se asemejaba más bien a una túnica. Nada se oponía entre él y el gol. Los defensas y el portero habían quedado atrás segundos antes. Diez, veinte, treinta metros… cuando llegó al punto de penalti ya levantaba los brazos. Apenas dos segundos después el balón acariciaba las mallas. El objetivo estaba conseguido, la gloria esperaba.
En realidad ese tanto no cambió nada, simplemente fue el postre de un banquete delicioso, el adiós antes de la caída del telón. La trama de la obra se había urdido en 116 minutos frenéticos, los que precedieron a ese sprint intrascendente pero icónico para toda una afición que hoy mira con nostalgia al pasado ante la perspectiva de una orfandad balompédica.
Martín Vellisca, el protagonista de ese momento, solo era una pieza más del equipo que acababa de firmar uno de los encuentros más memorables que se recuerdan en la historia de las extintas promociones, esos duelos a ida y vuelta entre un Primera y un Segunda que aportaban las últimas gotas de emoción a la temporada.
Durante el primer combate, disputado en Salamanca, el Albacete había pegado fuerte consiguiendo un 0-2 que convertía la vuelta en un trámite con tintes festivos ante su público. Sin embargo el balón parado y una mala tarde de Molina dibujaron una película de terror. Torrecilla ponía por delante a los visitantes en la primera mitad y, en el tiempo de descuento, con el área como el metro de Tokio en hora punta; Ismael Urzaiz levitaba por encima de los demás para dibujar una prórroga impensable.
El resto fue ley del fútbol. Con uno menos, las piernas cargadas por el esfuerzo y el bofetón anímico dibujado en el rostro; los manchegos se diluyeron ante el empuje del unionismo. Urzaiz de nuevo y Díaz marcaban antes que Vellisca, devolviéndole la alegría a una ciudad que no pisaba Primera desde hacía quince años y que podía presumir de lograr su segundo ascenso consecutivo.
En el banquillo se sentaba un imberbe Juanma Lillo y desde el palco lo observaba todo Juan José Hidalgo, dueño de “Halcón Viajes” y mecenas obrador del milagro. En su regreso el Salamanca compró billete de ida y vuelta, descendió para volver a ascender la campaña siguiente. Aquél curso, el de su vuelta, fue mágico. El cemento de las gradas puede aún contar esa noche de reyes en la que el Barcelona se llevó el carbón de una remontada apoteósica, con un 1-3 que tornó en 4-3. O el 6-0 que recibió el Valencia aquella tarde de abril. Incluso el día más amargo de Cristian Vieri, esa en el que los charros hacían inútiles los cuatro goles del italiano anotando ellos cinco. Todo eso pasó una vez. Aunque nadie pueda creérselo ya.
Ni siquiera ha habido tiempo para que pase una generación. A comienzos de esta semana los futbolistas de la actual plantilla salían a rueda de prensa, algunos con lágrimas en los ojos, pidiendo cobrar lo que honradamente se están ganando sobre el terreno de juego. Se plantean incluso dedicarse al transporte de mercancías o a servir copas sin con ello pueden sortear el agujero que les deja el no ingresar unos sueldos que tampoco se caracterizan por la profusión de ceros.
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La situación es agónica y para añadirle aún más incertidumbre, hay una fecha límite. Si no consiguen aplazarla, el 30 de septiembre podría ser el último día en la historia de una entidad fundada entre los soportales de la Plaza Mayor, sobre las mesas del Café Novelty, hace casi noventa años. Para evitar la muerte hace falta reunir sobre la bocina una cifra inferior al millón de euros. Lo que suena a menudencia en el mundillo es una montaña para una localidad en la que sólo unos pocos empresarios están dispuestos a arrimar el hombro en tiempos de crisis. Más después de ver lo que pasó con el anterior propietario, Juan José Pascual, que se vio obligado a regalar las acciones de un producto ruinoso que no pudo mantener tras el castigo al que se ha visto sometido el sector inmobiliario.
Con las cartas sobre la mesa y descartada la opción ilusoria de llegar a los 7.000 socios (de momento solo hay 3.600), dos son los posibles jugadores. A un lado Hidalgo, el empresario salmantino de más éxito y el hombre que ya resucitó al muerto un día. Su apuesta es seria pero va ligada a una condición que paraliza el proceso.
Todo se remonta a mediados de los noventa, cuando el club tuvo que pedir 3,3 millones de euros al Banco Castilla para pagar una deuda con Hacienda después de ir a juicio. La entidad prestadora exigió que alguien respondiera con su patrimonio en caso de que la Unión no pudiera devolver esa cantidad e Hidalgo no tuvo más remedio que ser el responsable. Pese a que por el palco han ido pasando sucesivos dueños, al final el que fuera máximo accionista sigue siendo el único a pagar. Teniendo en cuenta que el equipo no puede hacer frente a dicha deuda, su intención es aplazar esa vinculación y ligarla a los beneficios que conseguiría el club en el futuro. O eso, o que otro se haga cargo. Solo así se remangaría y se metería de lleno.
Por otro lado asoma un grupo inversor brasileño que ladra mucho pero muerde poco. En la sombra de forma sempiterna, aún no se deciden a dar un paso adelante en parte porque, según ha afirmado al menos su responsable, se están encontrando con numerosas trabas burocráticas.
Mientras, para pagar los sueldos, se ha abierto una tercera vía consistente en que los propios socios firmen un documento por el cual permiten la liberalización del importe de su abono. Esto significa que, en caso de que el club se disuelva, no recibirían la parte alícuota correspondiente a las jornadas que quedan por disputar y eximirían de responsabilidad a los administradores.
Así de duro, así de simple, es el día a día del Salamanca. Pasa el tiempo y aún no hay solución. La camiseta que un día vistieron Pauleta, Giovanella o Bogdan Stelea hoy la portan estajanovistas con menos glamour que aceptaron una oferta en verano en gran parte por el nombre y el escudo, la única garantía que puede aportar hoy el club. Quizás en una semana ya no le quede ni eso.
Por Carlos Mateos (@cmateosgil)

