El espíritu de “la noche del Goteborg”
El recuerdo de una gesta recordada en Barcelona
El fútbol no es una ciencia, y en el hipotético caso que lo fuera, sería inexacta. Esta manida afirmación cobra todo su sentido tras ver y analizar el partido que ayer enfrentó al Chelsea y FC Barcelona en Stamford Bridge.
Los análisis previos preveían un Chelsea esperando atrás y jugando a la contra, ante un Barça que dominaría el esférico en la confianza que los automatismos y los pasillos interiories le darían el éxito desde la paciencia.
Los analistas acertaron la idea matriz, no tanto el desenlace, y es que el azar es un imponderable que todo lo cambia. El Chelsea se negó voluntariamente el gusto de atacar, priorizando la confortabilidad que proporciona el cerrojazo “Made in Italy” que planteó ayer noche Di Matteo. El Barça por su parte, salió a por el partido de inicio, sin especulaciones ni tibiezas. Pensó en atacar con el balón, monopolizando la posesión para ganar seguridad. La seguridad, ese es el concepto, unos la buscaban por la acumulación de hombres en su campo y el orden, los otros desde la posesión y la paciencia. El Barça se concienció en evitar los córners y los contagolpes en la medida de lo posible y lo cierto es que lo consiguió, salvo en una ocasión.

Min. 46, una pérdida de balón de Messi en la medular, balón largo a Ramires, centro raso del brasileño al corazón del área y allí emerge el elefante de ébano para dictar su Ley, la del gol. 1-0. Gol psicológico segundos antes del intermedio que reafirmó en su idea al Chelsea, si es que en algún momento tuvo dudas. Los blues no lo merecían, pero iban ganando. El Barça no merecía perder pero sucumbía. En la segunda parte nada cambió.
Más allá de romanticismos más o menos estériles, el fútbol como cualquier materia profesional son resultados y el resultado se lo llevó el Chelsea. Di Matteo jugó sus bazas, asumió su inferioridad ante el Campeón de Europa y le salió bien. Nada que objetar.
La mayor posesión, las ocasiones generadas, los palos, la sensación de dominio y las mínimas ocasiones de gol recibidas…da igual. El fútbol es fútbol, no son matemáticas, el 2+2 no siempre son cuatro. Esa es la grandeza de este deporte.
Lo cierto es que el Barça tiene que remontar en seis días un resultado perro, muy perro. Los optimistas creen que tanta mala suerte no puede darse en el choque de vuelta en el Camp Nou. Los pesimistas por su parte creen que si el Chelsea fue capaz de anotar un gol con media ocasión, volverán a marcar en Barcelona, ergo ya sabes que te harán falta tres goles para pasar. Droga dura.
Pedro Martín (Cadena COPE) apuntaba ayer que en los últimos 25 años, solo un equipo que afrontó la vuelta de semifinales de Copa de Europa con 1-0 a favor se quedó sin billete para la final. Fue precisamente el Chelsea de Mourinho en el año 2007. Ganó 1-0 en Stamford Bridge al Liverpool de Benítez y sucumbió en la vuelta disputada en Anfield en una agónica tanda de penaltis.
Los aficionados barcelonistas que tienen barba se agarran al espíritu de “la noche del Goteborg”. Corría el año 1986 y el Barça venía de perder 3-0 en la ciudad sueca, de donde salió escaldado. El Camp Nou fue una caldera y Pichi Alonso el “héroe por accidente” de una noche memorable para el barcelonismo. Alonso hizo un hattrick legendario que forzó la prórroga. Al final de los 120 minutos el marcador mostraba un 3-0 que conducía a los penaltis. En la lotería de los once metros, Urruti (en paz descanse) se erigió en héroe. Le paró el penalti decisivo a Roland Nilsson para posteriormente transformar el suyo. Víctor Muñoz sello la clasificación a la final de Sevilla. Fue tan agónico como memorable. Han pasado 26 años.
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Esta vez el Barça no tiene a Urruti ni a Pichi Alonso, pero tiene a Lionel Messi. Solo con eso debiera bastar para sacar el billete a Munich.

