Giovinco, el ‘golfista’ sin dividendos

El italiano no ha alcanzado el nivel que se le esperaba

El turismo ha sido uno de los sectores que más actividades fraudulentas ha sufrido en estos tiempos de lucro político. La explotación de cualquier terreno podía generar un beneficio añadido a las arcas de quienes tenía la decisión final, siendo el golf una de las excusas preferidas para tal finalidad. Se vendía como la alternativa de lujo, para bolsillos selectivos y abanderados del relax. Una medida que solucionara los largos inviernos sin clientes en algunos parajes donde sólo el movimiento de paseantes podría aportar beneficios. Una nueva perspectiva visionaria a la turba de viajeros de sol y playa. Pero este mercado no termina de encontrar dividendos y se ha convertido en la ‘eterna promesa’.

Una expresión que, extrapolada al fútbol, convierte a su protagonista en un jugador de cualidades innegables, desequilibrante, con evidentes gotas de talento y que desde muy joven, asomó al escenario con ganas de reclamar protagonismo. Atrayente, generador de espectáculo, clarividente para sorprender y marcar diferencias en un detalle decisivo. El jugador que todos quisieron fichar, ese que tras años demostrando el elixir de la perspicacia en tierra de lobos, acabó siendo devorado por quienes lo exaltaron en su adolescencia. Nunca hizo dudar a nadie del arte que poseía, pero si de su continuidad, intermitencia, frialdad y desidia puntual. Un castigo eterno hacia una interminable lista de mitos sin estrella, cuyo ingenio estuvo exento de un reconocimiento universal. Esa lista ya tiene a medio apuntar a Sebastian Giovinco, un golfista de lujo pero sin dividendos.

Cumplía el perfil ideal. Criado en la cantera de un club gigantesco como la Juventus, chico de las calles de Turín desde su nacimiento, talentoso diferencial en equipo de estrategas y con la habilidad para romper partidos desde la posición más mediática de la historia del fútbol, el tre-quartista. Un 10 puro, talentoso, habilidoso, aclarador de ideas y de envidiable soltura que, además, tenía en su club al eterno mito Del Piero. Aquello provocó casi de manera irremediable pese al peligro que acechaba en la sombra, que Giovinco fuera analizado como el remplazante predilecto del icono juventino más poderoso de las últimas décadas. Compartían visión de juego, mágicas soluciones en suelo mojado y la rápida sintonía con el graderío. Así que para acabar de redondear el perfil, a alguien se le ocurrió que faltaba el apodo y que sin él, el pequeño Sebastian no podría ser elemento estrella del mercado. Por tanto, menudo y chiquito, era cuestión de tiempo que ‘Pinturiccio’ dejaría su lugar a ‘Formica Atomica’.

El currículum no pudo tener mejor perspectiva para esa desagradable expresión (eterna promesa), que un año dejando detalles de portentosa calidad técnica y seduciendo en cada partido desde el modesto Empoli. Club pequeño, con poco que perder, luchador infatigable por no descender que, consciente de la perla que tiene en el campo, condiciona todo el esquema para liberar a su estrella. Un panorama propicio para Giovinco y para cualquier enganche que interprete el fútbol desde la mente inteligente, la reacción acelerada y los movimientos elegantes. Un contexto que lo acompaña desde hace dos años también en el Parma, donde se rodea de escuderos experimentados y planteamientos defensivos con la única excepción del ‘diez’, de entera disposición ofensiva y mínimas exigencias de conjunto.

Cuando la Juventus se decidió a darle una oportunidad, se debió únicamente a la necesidad global como institución, ya que le ‘Hormiga’ debutó en Serie B cuando la Vecchia claudicaba ante la justicia. Porque en su fugaz paso de hace dos años, las turbulentas aguas de una institución en plena construcción hacia el proyecto más competitivo que hoy ya es (estadio nuevo, fichajes de mayor categoría y rejuvenecimiento en torno a un concepto diferente con un entrenador de la casa como Antonio Conte), se lo llevaron por delante. De poco sirvieron los aplausos innegables de una afición que ovaciona su talento, pues su valor en el mercado y sus ganas de tener regularidad para no frenar su progresión, destrozaron aquél gran boceto de crack que ahora todavía está sin firmar.

Cierto es que en el Parma ha encontrado un equipo donde brillar, que engalana su estadio gracias a su potencial y que conserva todas las opciones para mantenerse de categorías con los chispazos de genialidad que irradia su ‘hormiga’. Pero no menos real es que su motivación irá en descenso, su compromiso acentuará la desgana sin mayores retos y sus cuantiosas cualidades quedarán en el olvido. Sólo recordaremos sus detalles, sus cambios de velocidad y sus interminables lanzamientos de falta. Ese nombre, el de Sebastian Giovinco que, si nadie lo evita con un proyecto apetecible (que merece sobradamente), está a punto de ser inscrito en la agenda gris. La del golfista sin dividendos. La de la ‘eterna promesa’.

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