La hegemonía xeneize tendrá que esperar un año más

 

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Los pronósticos previos, más allá del 2-2 que se había registrado en el estadio de Racing, donde Boca estuvo haciendo las veces de local durante la Copa Libertadores de América, indicaban que el equipo dirigido por Carlos Ischia, Boca Juniors, desde 1991 que no era eliminado en una instancia de semifinales de esta competición. Y aquí es donde entran en juego nuevamente muchas de las cosas que no se ven ni se tocan del fútbol: ¿existe una especie de mística o valor agregado que despliegan algunos equipos en esta clase de certamenes? ¿hay conjuntos que saben como jugar estas competencias mejor que otros? Real Madrid, Liverpool, Milan, Independiente, en su momento, y este Boca Juniors no hacen más que afirmarlo, en cierto modo. Pero ayer todos los pronósticos previos fueron tirados por la borda.

Boca no especuló ni un poco, como lo viene haciendo en toda la competición. Salió en un tren arrollador, sabiendo que eran ellos los que obligatoriamente tenían que marcar goles. Era realmente curioso ver como un equipo local, en pleno Maracaná repleto de hinchas, tenía que replegarse y hacer su juego desde muy atrás. Incluso era curioso ver a un equipo brasileño jugar como lo hacía el Fluminense en su propia casa. Puro repliegue e intentos de contra rápidas, que no le dieron muchas satisfacciones en ese primer momento del partido. Es que Boca se lo llevó por delante a su rival, con todo el aplomo que lo caracteriza. Con Dátolo siendo incisivo por su punta izquierda, Palacio e Ibarra estorbando por la derecha, un Riquelme algo deslucido moviendo los hilos y el "totem" Palermo en el centro del área, el conjunto xeneize prometía un verdadero vendaval contra su rival. Pero, a pesar de algunas ocasiones algo forzadas, el primer acto terminó con un cero absoluto en el electrónico. La clasificación seguía siendo brasileña.

Renato Gaucho, ese astuto entrenador del Flu, debe haberles dado a sus jugadores un drástico discurso en los vestuarios. Porque los tricolores, a pesar de seguir siendo algo dominados por Boca, cambiaron su repetorio en ese segundo acto. Pero el gol llegó del lado auriazul, el eterno y típico gol de Boca. Dátolo lanza un centro llovido al área chica, el portero no sale a cortarla y, quien sino, Martín Palermo saca de la galera un cabezazo al primer palo que ingresa a regañadientes. 0-1 y me imagino que más de un detractor de Boca apagó la televisión, como diciendo "esta película ya la vi mil veces". Es que, además del temple y la actitud que ponen los "xeneizes" en "su" copa, suelen tener la suerte de su lado. Pero este no fue el día.

Urgido por las necesidades, Renato saca al campo a Dodó y acierta en el blanco. En la primera falta que recibe el delantero, Washington lanza el balón magistralmente para que se cuele en la escuadra. 1-1 y a remar de vuelta para Boca, que en cinco minutos parecía ver como todo su esfuerzo se había hecho infructuoso. Y los "xeneizes" mantuvieron su tesitura, fueron y fueron hacia la portería pero nada sucedió. Es más, esa tradicional suerte que había favorecido a Boca en más de una oportunidad en ocasiones anteriores, ahora se dio vuelta irremediablemente. En un balón que no llevaba peligro alguno, un roce de Ibarra hizo que la pelota fuera directo a sus propias mallas. 2-1 para el local y las caras "xeneizes" no eran las mejores.

Y luego vino el 3-1 de Dodó con el partido liquidado y Boca enceguecido buscando el empate. Parecía mentira y más de uno seguro no atestiguaba lo que estaba viendo. De cualquiera de los dos lados. El Flu podía acceder a una final de Libertadores por vez primera, una competición totalmente aciaga para uno de los grandes de Rio. Por la otra parte, la azul y oro, no le quedaba otra opción que resignarse ante la evidencia. Había hecho todo para ganar el partido, pero el 3-1 en el marcador no dejaba lugar a dudas. Para todos aquellos que no solemos gustar mucho de las hegemonías en el fútbol, una buena nueva: gane quien gane, el campeón de esta Copa Libertadores será un nuevo equipo. Que gane el mejor.

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