Dos historias se dieron cita en el City of Manchester

 

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La algarabía final, esa que permitió que el nudo en la garganta se fuera definitivamente para dar paso al sonoro grito de la alegría, esa que se generó automáticamente cuando el balón lanzado por Zyrianov besó las mallas, tras ese pase de la muerte del voluntarioso Fatih Tekke, no terminaba de sintetizar por completo el enorme trabajo que había hecho ese ballet ruso llamado Zenit de San Petersburgo. Resultaba difícil de comprender que los pupilos de Dick Advocaat recién pudieran estar tranquilos y con la sensación completa de campeones en el minuto 93 del encuentro. Porque ayer, como ayer habíamos dicho y hoy reafirmamos, se dieron cita dos historias. Y una resultó vencedora. Por suerte ganaron los buenos.

El ambiente del graderío del City of Manchester era una preciosura, todo lo que uno espera para una final de estar características. Teniendo en cuenta la distancia existente entre la ciudad de Glasgow, cuna de los "gers", y el lugar de disputa de esta final, era lo más previsible que los azules de Walter Smith contaran con el "factor campo" prácticamente a su favor. La afición escocesa se hacía notar, pero los rusos, que multiplicaron a sus contricantes varias veces en kilómetros recorridos, no se quedaban atrás en eso de animar a sus caballerosos representantes. Y el partido comenzaba con ese marco imponente. Y era el momento en que una nueva, pero a la vez antiquísima, batalla de fútbol se reanudaba. Todo, exactamente todo lo que se tenía previsto comenzaba a corporizarse en 90 minutos de fútbol.

Dos estilos enfrentados, dos maneras diferentes de concebir el fútbol. Dos caminos totalmente válidos, aunque sumamente diferidos en cuanto a estética, chocaban en sentido diametralmente opuesto en busca del mismo objetivo. ¿O me van a decir que a esta película ya no la vieron antes? El fútbol de los comandados por Smith y Ally McCoist prometía un auténtico festival de "kick and rush" y, por lo menos, 8 hombres decididamente plantados por delante de Neil Alexander. Un auténtico autobús británico de esos de doble piso. Y los rusos no cambiarían el libreto a esta altura del viaje. ¿Para qué modificar lo que hasta esta instancia les había funcionado de maravillas?

Terminaba el primer período y el empate en cero parecía inamovible. Los de camiseta azul a duras penas habían conseguido traspasar con alguno de sus hombres la linea media, mientras que los de elástica blanca se habían hartado de rotar, dar pases, tirar centros. Pero un auténtico bosque de piernas había hecho infructuoso cualquier intento. ¿Se estaría repitiendo esa historia que vimos tantas veces, esa que cuenta que el que se cansa de atacar termina vulnerado en la primera que se presente? No lo sé. Pero a pesar del dominio absoluto de las circunstancias por parte de la orquesta del director Arshavin, el aire estaba enrarecido. Nunca puedes confiarte cuando tienes un perro viejo delante. Puede exhibirse calmo en una primera impresión, pero también mostrar los dientes cuando uno menos se lo espera.

Y en una de esas Walter Smith se acordó que los partidos los ganan aquellos que marcan más veces que el otro. Y les permitió a sus pupilos que crucen la mitad de campo. A esa altura del partido casi que parecía un milagro. Pero también fue el momento propicio para que se concrete aquello que se tendría que haber dado hace unos cuantos minutos. Anyukov corta a la perfección un atisbo del Rangers de cruzar de campo, Tekke se encarga de pivotear el balón y, bueno, tener un jugador como Andrei Arshavin termina por facilitar el resto de las cosas. Él era el único capaz de destrabar ese entramado de extremidades y cumplió con creces, dejando con un sutil toque a Denisov cara a cara con Alexander por primera vez en el partido. El inagotable centrocampista ruso, que minutos antes casi la liaba fea en su propia área, no falló ante la mejor oportunidad que se le daba en su carrera. La cara de los hinchas "gers" lo decía todo: no había manera de empatar ese partido, el que hacía el gol lo ganaba.

Y llegó la algarabía final, la merecida dosis de festejo para el Zenit de San Petersburgo. Zyrianov corría a abrazarse con sus compañeros, mientras los rostros de camiseta azul eran pura resignación, pero no ocultaban que el rival había sido notoriamente superior. Más bien era un "hicimos lo que pudimos". Hubiese sido una tremenda injusticia que los escoceses se terminaran imponiendo en ese cotejo. Lo demostrado por uno y otro había diferido abismalmente. Nuevamente: dos maneras, dos caminos, dos historias, dos idiosincracias, ambas totalmente válidas. Pero aquellos que todavía creemos en el sentido estético de este deporte, que preferimos creer que aún puede ser un espectáculo y no solamente una mera manera de obtener un resultado sentimos que el fútbol había ganado por algo más que por ese trabajado 2-0.

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