La final de los octavos
Uno de los finalistas de la Champions 2010 no llegará ni a cuartos en 2011.
El 22 de mayo pasado, en el estadio Santiago Bernabéu, Bayern de Munich e Inter de Milán se jugaban ser el mejor equipo del viejo continente en una final de clásicos. Dos goles de Diego Milito dieron el título a los italianos, coronando a Mourinho como el entrenador del método. Su oponente, Van Gaal, era el otro gran candidato a serlo. En aquella final se echaba de menos a un tal Guardiola.
Pero el fútbol es justo, aunque aplica esa justicia a su ritmo, en los tiempos que él mismo manda. Como si tuviera guardado desde ese día en el cajón la injusticia del fútbol poco agradecido con el trato del balón. Quizá por eso el bombo deparó que al menos uno de los dos se quedara en el camino a Wembley casi a las primeras de cambio.

Las cosas en el Inter han cambiado, y mucho. Se marchó Mou, llegó Benítez... Y fue cesado. Ahora está Leonardo, que hizo la conversión de milanista a interista. El equipo es el mismo, pero el banquillo no. En la Liga, aunque han mejorado desde la marcha del entrenador español, andan lejos de la cabeza, y reeditar el éxito de Copa de Europa es casi la única tabla de salvación.
En el Bayern no andan mucho mejor. Las lesiones de Robben y Ribery han lastrado las opciones de los bávaros, que están a 15 puntos del Borussia Dortmund. Es decir, que lo más destacado que puede hacer este año, además de estar en plaza de Champions, es ganarla. No están ni de lejos en su mejor momento, y tras el parón invernal en Alemania, siguen muy irregulares.
Pase lo que pase, un grande de Europa habrá caído, y no sólo eso, un finalista de la pasada edición no llegará ni a cuartos. Los caprichos del fútbol, que se toma sus revanchas cuando se le antoja.

