Flamengo es una excepción

Flamengo hizo un digno papel contra el Liverpool de Klopp. Sin embargo, Latinoamérica no es Flamengo. Hay otra realidad.

El sábado pasado el Flamengo hizo un partido más que digno al enfrentar al último campeón de la UEFA Champions League. Inclusive hubo pasajes del partido, donde el conjunto brasilero fue superior desde la sucesión de pases, las salidas limpias desde abajo, la desactivación de presiones que efectuaba el Liverpool, las ventajas que ganaba en diferentes alturas del campo. En fin, pudo cosechar condiciones previas, que le permitieron, apenas perdía la pelota, avasallar al equipo inglés con recuperaciones breves tras perdida.

Dentro de este marco, el rendimiento del equipo dirigido por Jorge Jesús, disparo opiniones relacionadas a que los equipos sudamericanos, si se lo proponían, podían jugar de igual a igual frente a los equipos europeos. Antes que nada, hay que decir que Flamengo es una excepción antes que una norma en América Latina. Sus jugadores superan la media en nuestro continente. Son buenos en serio. La expansión comercial y futbolística que realizo el conjunto brasilero, está relacionado a la captación de talentos dúctiles, versátiles, inteligentes, con recorrido y proyección europea.

Digo excepción, porque la región latinoamericana está más relacionada a que los jugadores emigren antes que lleguen. Desde la ley Bosman, los que aspiran talento son los clubes más ricos por sobre los más pobres. Y hace mucho, América Latina perdió bastiones de su identidad. Lo que era parte de nosotros, se fue hacia Europa. No solo el talento, sino también los conceptos. Y mas allá, de que puede haber equipos románticos, hay abismos que no se pueden llenar, dentro de la centralidad del poder económico y futbolístico.

Cada vez hay menos incertidumbre cuando se enfrentan equipos europeos frente a equipos sudamericanos. Dentro de una globalización, que supone el anexo con las culturas y las identidades, se distancian cada vez más las mejores condiciones de formación del jugador, la expansión de la industria del ocio que representa el fútbol, la generación de infraestructura, entre los más ricos y los más pobres. Y los pobres, que usaban la belleza de la calle, cada vez tienen menos lugar de expresión, pertenencia y educación.

Que Flamengo no sea un parámetro de evaluación de nuestra realidad, donde el fútbol se ha desculturizado, donde se convive con el infra consumo y donde somos productores de materia prima del primer mundo.

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