Así se vive un partido de la liga más violenta de Europa
Así ha sido la experiencia de FútbolPrimera.es en una de las ligas más conflictivas del fútbol europeo, la liga de Polonia.
Cuando uno viaja por Europa central puede ver con sus propios ojos los estragos que hace poco más de medio siglo cometieron los nazis, sobre todo en un país como Polonia, donde a escasos kilómetros de Cracovia se encuentra el trágicamente famoso campo de exterminio Auschwitz, donde fueron asesinadas más de un millon de personas durante la Segunda Guerra Mundial. Pero la historia no parece haber escarmentado y un fuerte movimiento ultraderechista y neonazi crece poco a poco y en silencio en la sociedad polaca, y es en el fútbol donde mejor se puede apreciar este resurgimiento, llegando a convertir su liga en la más peligrosa de Europa. Desde FútbolPrimera.es te contamos cómo vivimos un partido de la Ekstraklasa, la liga de Polonia.
Tras una ajetreada mañana visitando los lugares más emblemáticos de la espectacular ciudad de Cracovia, nos enteramos que esa misma tarde se disputaba un partido de la primera división polaca, el KS Cracovia - Piast Gliwice, y como buenos aficionados al fútbol no estábamos dispuestos a perdernos un espectáculo así. Sería la guinda de nuestra visita. Así que decidimos preguntar a Pablo, nuestro guía del Free Tour -visitar la ciudad de su mano fue una suerte-, sobre cómo llegar al estadio. Casi antes de indicarnos su ubicación nos advirtió de que tuvieramos mucho cuidado, y es que los ultras del Cracovia son los únicos que no han firmado un pacto de no usar armas de fuego en peleas entre hooligans. Tal es el peligro que se vive en el fútbol cracoviano que la Federación Polaca de Fútbol excluyó a la ciudad -la segunda mayor del país- para albergar la Eurocopa de 2012 por miedo de no poder garantizar la seguridad de los aficionados.

Así pues, con algo de miedo en el cuerpo y tras calzarnos un típico golonka polaco de más de un kilo, decidimos poner rumbo a nuestra aventura. Ya desde el tranvía se podía ver varios furgones de la policía nacional y numerosos grupos con camisetas rojiblancas, pero nada más poner un pie en el parque Półwsie Zwierzynieckie que separa el estadio del Cracovia y el del Wisla, ya se apreciaban los primeros grupos vestidos de negro. Sí, eran de extrema derecha, al menos eso sospechamos entre tanta cabeza rapada, estrella tachada y simbología anticomunista. Ya estábamos en uno de los epicentros del fútbol polaco. Ya estábamos en la boca del lobo.

Después de 10 minutos de cola, la taquillera nos indicó que antes de sacar cualquier entrada debíamos entrar en una especie de cubo gigante que había al lado ya que al ser nuestra primera vez debían "ficharnos". Tras otros 10 minutos de espera por fin entramos en aquel habitáculo donde debíamos entregar nuestra documentación y sentarnos ante una especie de fotomatón con dos cámaras. Ni los niños se libraban de aquello.

Ahora sí, ya habíamos fichado, ya tenían nuestros datos, era hora de comprar la entrada y por fin ver algo de fútbol, aunque el speaker ya estaba dando las alineaciones por megafonía. Esquivando policías y ultras regresamos a las taquillas, donde mantuvimos una fría y breve charla con uno de los múltiples polacos con bufanda rojiblanca y cara de pocos amigos, una conversación que se redujo en poco más que negarle que éramos húngaros, algo que me da la sensación de que nos libró de algún que otro susto.
Ya en ventanilla descubrimos que la taquillera hablaba algo de castellano, por fin una buena noticia. Le pedimos 5 entradas para la zona C, la más barata (poco más de 0'20 € la entrada), pero en pocas palabras no nos recomendó aquella ubicación -que luego descubriríamos que era junto a los ultras- y nos hizo una artimaña para que con nuestro carnet de estudiantes pudieramos disfrutar del partido por 5 zlotys (poco más de 1 €). Pasamos los tornos, pasamos el cacheo -debieron vernos la cara de guiris inofensivos puesto que nos dejaron entrar una botella de 2 litros con tapón incluído- y vamos a la puerta I, justo al lado de donde minutos antes aguardaban los ultras del Piast Gliwice en una especie de jaula para entrar a su zona del estadio. Ahora sí que sí. Entramos al partido.


Toda esta burocracia por preservar la seguridad de los espectadores nos obligó a perdernos los primeros 25 minutos de encuentro y, tras encontrar nuestros asientos en el fondo contrario al de los hooligans del KS Cracovia, el colegiado señaló tiempo muerto. Empezábamos bien, pero es que los 33ºC de Cracovia no perdonaban aquella tarde. Aquel minuto me sirvió para fijarme que justo entre nosotros y la esquina de los ultras visitantes faltaba un trozo de grada. Me asomo y veo la estampa que menos esperaba encontrar en el tan afamadamente peligroso fútbol polaco: niños jugando, dibujando y correteando con sus padres. Un parque infantil a apenas 10 metros de los ultras del Piast Gliwice, que no parecían menos ofensivos que los del KS Cracovia. Curioso contraste en un no menos curioso escenario.


Volteamos ya la cabeza al tapete verde y tras varias jugadas trenzadas con más suerte que calidad llega el primer gol del Cracovia, cabezazo de Boubacar Dialiba -sí, aquel que jugó en el Murcia en la 08/09- que adelantaba a los suyos. Era irónico ver cómo una masa repleta de simbología fascista y de extrema derecha celebraba el tanto de un jugador de color. Ironías de la vida y que tan sólo el fútbol puede explicar. El encuentro siguió su ritmo con un estilo híbrido de fútbol de Tercera División española y torneo veraniego sin variar el marcador hasta el descanso. Era hora de refrescarse con una piwo, porque allí sí que se sirve alcohol en los campos de Primera División y además por poco menos de 2 € la caña. Y en cuanto a la comida, allí los frankfurts son de verdad, de tamaño antebrazo, y sin llegar tampoco a los 2 euros de precio.

Pero no todo podía ser tan bueno, y es que en estos países muchas veces el sector servicios va a su ritmo y así es fácil que queden desbordados en una situación como es un partido de fútbol. Unos 20 minutos de cola y espera que nos llevó a perdernos la remontada del Gliwice con goles en el 46' y 49', pero bueno, teníamos una cerveza en la mano, tampoco era el fin del mundo. Disfrutamos como pudimos de los 40 minutos restantes repletos de jugadas inacabadas, futbolistas estáticos y ocasionales disparos a puerta que se marchaban fuera, pero era fútbol al fin y al cabo. Así, con este 1-2, el colegiado -también de Tercera División- señaló el final del tiempo reglamentario y ambos conjuntos se acercaron a saludar a sus respectivas aficiones.

Se acabó lo que se daba. Los ultras de ambos bandos se dirigieron cánticos en polaco -siento no poder reproducirlos- y las autoridades instaron a los aficionados a ir abandonando poco a poco las localidades. El camino de salida sirvió para apreciar el gran número de cámaras instaladas en el estadio, y es que quizá el hecho de que no ocurriera nada sea gracias a estas medidas. Poco a poco los cracovianos fueron saliendo del estadio con esa expresión de derrota que un lenguaje internacional como el fútbol sabe comunicar entre sus aficionados. Atravesamos de nuevo las furgonetas policiales y, sin incidente alguno, regresamos en tranvía al albergue sin que pasara nada extraordinario. Sólo fútbol. Como siempre debe ser.

