Ronaldinho: El último color del camaleón

El brasileño Ronaldinho ha protagonizado uno de los fichajes bomba del verano al comprometerse con el Querétaro de México

El brasileño Ronaldinho ha protagonizado uno de los fichajes bomba del verano al comprometerse con el Querétaro de México. Analizamos la camaleónica carrera de un jugador que un día fue considerado el mejor del mundo.

De día, su actividad es plena, enérgica y laboriosa. De noche, descansa, apacigua sus inquietudes y reflexiona en silencio. El ser humano es, por naturaleza, un animal diurno pues su ritmo circadiano es quien lo controla. El perro ha sido adaptado por el ser humano para insertarlo en su vida, e incluso existen los animales crepusculares, que concentran su actividad respecto al sol. Características que condicionan sus capacidades, sus actitudes y hasta sus comportamientos, pero que no les permiten ocultar sus limitaciones para tener una vida plena.

Exportadas al fútbol, esas ideas escenificarían cualquier perfil. El trabajador profesional que cada día cumple con su rol consciente de lo que dignifica su persona y la perspectiva del resto a su desempeño, sería el diurno. La estrella, el talento y la nómina de oro suelen acabar en peligrosos impulsos inconscientes, lo que nos llevarían al nocturno. Pero la versión más peligrosa de todas es la que intenta ejercer ambas. Por un lado, sentirse un amante de la profesión y tratarla con el respeto adecuado y, por el otro, aprovechar cualquier excusa para condicionar la fama que la pelota ya te ha entregado. Sea diurno, nocturno, trabajador o fiestero, el césped desenmascara a cualquiera y hace ya tiempo que evidenció el camaleónico engaño de Ronaldinho.

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Y lo tacho de camaleónico por transformarse, por haber renovado sus colores, sus apariciones y su estilo de juego. De la risa a la duda constante. Del desequilibrio natural a una alarmante falta de poder sobre sus rivales. Desde luego, hace tiempo que dejamos de buscar al Ronaldinho vestido de culé, al que rompía defensas por una banda, desatascaba con un balón parado el momento más negro o levantaba a las gradas con un revés que evidenciaba una técnica individual sin parangón. Hoy, aunque en la misma versión pasiva y austera de los tres últimos años en los que considero que el brasileño dejó de ser jugador de primer nivel, no hay respuesta ante la sombra. Sólo algunos detalles nos hacen recordar lo que fue, algo que casi es peor pues cuando se estuvo en la cúspide, el golpe ante una transformación tan negativa es mucho mayor.

No cuajó instalado en banda izquierda con Ancelotti ni, desde luego, con un Leonardo al que jamás perdonará su ostracismo en grandes fases de la campaña pasada pero tampoco, y esto refleja su falta de compromiso, ahora que las vías rossoneri circulan con mayor lógica. Para jugar en banda, Dinho ya no tiene velocidad, no es capaz de superar a rivales por una ejecución dinámica de sus filigranas, lo que le resta y mucho. Desde hace unas semanas, Allegri decidió darle otra perspectiva, la de enganche, la de hombre creativo, pero también la que le obliga a un mayor desgaste y un ritmo más equilibrado durante noventa minutos. Ya no puede esconderse en la banda para esperar su momento álgido y decidir en qué momento toca buscar portería. Y ante la ausencia de rendimiento, aparecen las dudas, las críticas desde la prensa y hasta el auto-convencimiento personal de que los días de gloria pasaron y quizás regresar a Brasil como quienes decidieron llevar un camino igualmente oscuro (Adriano, Robinho..), sea la opción más sabia (el Flamengo se muere por sus huesos).

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Un tramo final de campaña (en un Milan vetusto en edad) devolvió cierta aureola de crack a quien dominara el planeta fútbol a principios de siglo pero Dunga (al que no soportaba), fue inteligente al no llevárselo al Mundial. Cabreado, enojado, un técnico más populista como Mano Meneses sí quiso otorgarle una nueva oportunidad por petición de las masas, prendadas por su inexistente crack, aliviado por la llamada. Un bálsamo que no escondía sus deficiencias, mostradas poco a poco en cuanto su paso por Flamengo evidenció que aquél regreso a 'casa' no era ni mucho menos glorioso. Su mejoría fue real, sincera y enérgica durante fases en su época de Atlético Mineiro donde, por partidos liderando al Galo, se echó el equipo a las espaldas y aglutinó esfuerzos ne un grupo generado para levantar grandes metas. Lo logró, porque en Minas Gerais ha sumado los últimos grandes títulos de su carrera (Copa Libertadores, Mineirao y Recopa Sudamericana). Un final previsible en cuanto dejaba de tener minutos y consistencia en los planes de un equipo que crecía dispuesto a adelantarle por la izquierda a toda prisa.

Sin la misma identidad de antaño, su último mes y medio fue de adiós, de escapada, de falta de opciones claras como para exigirse más competitividad pero, de igual manera, mostraron un interés real por seguir en activo. Se habló de India, de la MLS o de ligas árabes, pero al final, el incipiente (al menos en sueldos) fútbol mexicano, le volvió a convertir en Gallo, aunque ahora de Querétaro.

Probablemente sea su última gran escala (firma dos años) porque tarde o temprano, sus piernas le ensenarán el camino de salida de la élite. Cuando llegue, el camaleón que escondió su realidad estos últimos años, no será suficiente y el camuflaje habrá sido un pasaje rumbo al desplome definitivo. El de un Balón de Oro. El de un genio sonriente.

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