Valencia: se acabaron los listos
El club busca entrenador, mientras otros le buscan comprador
El Valencia se encuentra sumido de nuevo en una grave crisis deportiva, pero la que más preocupa es la institucional, con el club en venta y con dudas sobre su futuro. Tras el adiós de Djukic el Valencia busca entrenador, mientras otros le buscan comprador. Analizamos la delicada situación en Mestalla con nuestro experto en la matería Yeray Fita.
Se construía por doquier. Piso aquí, piso allá. El crédito fluía, los préstamos se concedían. Daba igual la cantidad o el motivo. El más tonto del pueblo llevaba un BMW y veía el partido en un plasma nuevo. Había trabajo, había dinero y había listos. Listos vestidos de alcalde, de banquero, de diputados, de presidentes. Listos que se aprovechaban de la aparente situación de bienestar para hacer y deshacer a su antojo. Listos que hoy son sinvergüenzas. Sinvergüenzas que ayer fueron personajes ejemplares.
La misma aparente situación de bienestar que vivía el Valencia hace apenas diez años. El equipo alzaba Liga y UEFA y firmaba la mejor temporada de su historia. A su vez, Juan Soler se hacía con el control accionarial del club y era nombrado nuevo presidente de la entidad. El constructor fue uno de esos listos a los que me refería al principio del artículo. Los recientes éxitos deportivos se convirtieron en el telón de fondo perfecto para desviar la atención de la afición y poder manejar la entidad por y para su beneficio personal desde la tramoya. Una tramoya que sacaba a la luz la joya de la corona: un estadio 5 estrellas llamado Nou Mestalla que se convertiría en un icono de la ciudad y que encajaba perfectamente con el alarde económico del personaje en cuestión. Un personaje ejemplar por todo lo que aparentemente estaba haciendo por el Valencia. En las apariencias está la cuestión. Hoy solo es un sinvergüenza que lastró al club con una deuda que le ha llevado a colgar el cartel de “Se vende” en las torres de Mestalla.
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Todo se hizo mal. Rematadamente mal. El Valencia de Soler pidió un crédito desorbitado a Bancaja para realizar una obra faraónica de dudosa utilidad, poniendo como avalista a la Generalitat Valenciana, un ente público que tenía prohibido por ley participar en operaciones financieras con entidades deportivas, ya sabéis, por todo eso de la defensa de la competencia en el deporte. Era un desastre. El banco, por supuesto, le concedió el préstamo. Como se lo concedía a todo hijo de vecino que pasara por sus oficinas. Las tres partes se equivocaron, y nadie lo vio, o nadie lo quiso ver. ¿Por qué? Porque todos salían ganando.
Juan Soler dimitió de la presidencia alegando motivos de salud -aunque no especificó si se trataba de su salud, o la de los aficionados al club- llevándose las comisiones de las empresas contratadas por construir el nuevo estadio. Bancaja -el actual Bankia- colocó a Manuel Llorente como nuevo presidente durante cuatro años para ahogar al Valencia cobrando millonadas en intereses mientras la deuda no disminuía ni un solo euro, para terminar poniendo la entidad en venta sin perder ni un solo billete. Y el gobierno del PP de la Generalitat se aprovechó del rédito político que le concedió el apoyar a un club con una masa social tan grande como es el Valencia CF. El plan no tenía fisuras. O al menos no las tenía hasta que el equipo quedó tan empobrecido deportivamente que la afición desvió su vista de los terrenos de juego para centrarla en las oficinas del club.
De aquellos barros, estos lodos. Solo hay que leer las portadas de hoy de los principales periódicos del país. Corruptos, sobres, malversaciones, blanqueos. Y todo en nuestra cara. Estábamos tan pendientes de lo bien que nos iba todo que se nos olvidó controlar a los que dirigían la nación, la ciudad o el pueblo. Solo cuando la burbuja explotó y los créditos, puestos de trabajo, pisos y coches nuevos se acabaron cambiamos nuestro prisma de visión y señalamos a los verdaderos culpables de la situación actual. Se nos olvidó que eran listos que se hacían pasar por personajes ejemplares cuando solo eran sinvergüenzas.
Hoy ya no quedan apariencias que guardar. El Valencia está en venta. La refinanciación de Salvo y Aurelio ya no vale. La puja por la compra ya es una realidad. El objetivo es conseguir un inversor que apueste por un proyecto deportivo, económico y social viable.
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Con el equipo en plena depresión de resultados, prensa y afición miran con lupa la actividad de los despachos. Ahora los listos somos todos los demás. Ya no hay telones de fondo, cebos, joyas de la corona o tramoyas. Ahora controlamos todo lo que pasa en un escenario de teatro totalmente desnudo después de que se llevaran hasta el apuntador. Hoy todos los dirigentes son sinvergüenzas hasta que se demuestre lo contrario, y solo llegan a ser personajes ejemplares aquellos que hacen cosas, y no los que solo las prometen. Que nadie nos vuelva a engañar. Porque pasa la gente, jugadores y presidentes, pero somos nosotros los que siempre estamos presentes.
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