Un, dos, tres, el Valencia cae otra vez
Djukic está en la cuerda floja
Después de la derrota ante el Almería y la probable destitución de Miroslav Djukic, el Valencia afronta una etapa convulsa y repleta de dudas. Repasamos la situación que se vive en Mestalla con nuestro columnista ché Yeray Fita.
¿Y ahora qué? Otra derrota, la tercera consecutiva, otro ridículo que añadir a la vergonzosa videoteca del año del gigante dormido, a la temporada donde los jugadores iban a dejarse la piel y a luchar por todos los títulos. ¿Gigante? Ya no me atrevo a decir ni que esté en coma, está muerto. Dejarse la piel no se parece en nada a salvar el cuello y ¿luchar? A este paso por lo único que vamos a luchar es por la permanencia. ¿Dónde quedan aquellos discursos, aquellas batallas épicas que nos prometían? Yo os lo digo, se han caído por su propio peso, y lo peor de todo es que antes de que nos llenaran la cabeza con castillos en el aire, lo veíamos venir. ¿O no os suena esta historia? Claro que os suena, es la misma bazofia que tuvimos que aguantar el año pasado con Pellegrino, una planificación deportiva nefasta que llevamos años arrastrando desde que un incompetente con corbata se dedica a fichar el cuarto jugador de una lista con tan solo tres candidatos. No es que nos falte un plan B, es que no tenemos plan A. Y así nos va, perdiendo contra el colista, o mejor, dejándonos remontar frente al colista después de haber encajado cuatro goles como cuatro soles en el Madrigal, que encima duele más.
¿Y a qué jugamos ahora? Yo os lo explico, vamos a jugar a buscar culpables. Tres son los candidatos a los que el metal de la guillotina –profesionalmente hablando- les está empezando a irritar el cuello. El primero de ellos es nuestro queridísimo director deportivo, el ilustrísimo Braulio Vázquez. Nuestro entrañable galleguiño se ha gastado la friolera de 88 millones de euros utilizando única y exclusivamente el criterio económico sin atender ni una sola vez a lo que de verdad podía encajar con el equipo, y por si fuera poco, la mitad de lo que ha traído le han salido mal. Este año se ha coronado: Pabón, Postiga, Romeu y Fuego. Irónicamente, el único que se salva de la quema es el último, mientras que de los otros tres el único que brilla por su ausencia es Romeu. Los dos personajes que me faltan vinieron para sustituir a Soldado, aquel delantero incrédulo que no creyó en el proyecto de Salvo y que ahora, muy a mi pesar, debe estar descojonándose en alguna barra de bar de Londres viendo como sus sustitutos no meten un gol ni al arcoíris. En resumen, Braulio nunca ha sabido ni sabrá amoldar sus fichajes a ninguna de las posibles realidades del club, sea táctica, física, emocional o la le queráis añadir.
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Vamos a dirigir ahora el objetivo del cañón hacia Miroslav Djukic, el entrenador. Puedo entender que a principio de temporada no salieran bien las cosas, puedo llegar a creerme que los jugadores habían urdido una conspiración maquiavélica contra el serbio para tirarlo a las primeras de cambio, incluso puedo llegar a defender que quisiera implantar un estilo de juego preciosista en Mestalla. Pero ya se acabó, ya se acabaron las rotativas de excusas y es hora de enfrentarse a la cruda realidad, y esa realidad lo único que pone de manifiesto es que el Valencia no tiene ni idea de a lo que juega. Ni somos preciosistas, ni broncos y coperos, ni contraatacamos, ni tenemos la posesión del balón, nada. No tenemos personalidad, y el míster es el principal responsable de no saber implantar su estilo y sus ideas en el vestuario. El equipo sale al campo a verlas venir, como un juego de azar, tirando una moneda a cara o cruz, a ver si hay suerte. El problema viene cuando el otro equipo sí que ha trabajado y estudiado para ese partido y te roba la moneda mientras tú pones cara de tonto. Quizá, digo yo, haya que empezar por apostar por entrenadores con más de un año de experiencia en Primera, porque ni Emery, ni Pellegrino ni Djukic están saliendo buenos, y Valverde, un tio con tablas, sacó al equipo del pozo.
Y los últimos culpables, son los jugadores. Pero como todos ya sabemos, la plantilla goza de inmunidad por lógica. No puedes destituir a todos tus jugadores, al menos que yo sepa, pero eso no quita que siga repartiendo responsabilidades. Unos jugadores que no dieron un palo al agua hasta que el presidente fue a tocarles la carita y dejarles claro que Djukic iba a seguir siendo el entrenador del Valencia CF pasara lo que pasara, y que no se iban a salir con la suya de tirar al “sargento de hierro” – que a estas alturas ya no es ni de plastilina-. El caso es que pusieron lo que hay que poner sobre el césped, ganaron e ilusionaron frente al Sevilla, y cumplieron con tres victorias más, aunque con una imagen más que discutible. Seguían sin saber a qué jugaban, pero suplían las carencias tácticas a base de “echarle huevos” hablando en plata. En definitiva, salvaron el cuello, y una vez que su cuello estaba a salvo, volvieron a relajarse.
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¿Y qué tenemos ahora? La misma historia que antes de jugar contra los de Emery, cómo una noria, que gira y gira, y gira, y en la que puedes terminar arriba en uno de esos subidones, o acabar abajo, y rezar para que no sea tan abajo que la noria termine desplomándose y acabando en el subsuelo, no sé si me entendéis. Podría contaros que los pobres chavales no entienden el sistema, que están fatigados por lo apretado del calendario o porque los entrenamientos son demasiado exigentes, incluso podría intentaros decir que los jugadores no saben “ni papa” de serbio, pero no serían más que excusas baratas. Lo que verdaderamente pienso es que son unos egoístas a los que les da exactamente igual el escudo que portan en el pecho mientras su nómina siga llegando puntual a sus cuentas corrientes, y que ellos dormirán tranquilos esta noche mientras la afición, se acuesta preocupada dando mil vueltas al problema y a la solución que saque al equipo de su corazón del pozo en el que está metido.
Si os soy sincero, no soy capaz de elegir a un solo culpable, para mí, todos y cada uno de los personajes que he nombrado tienen su porcentaje de culpa, en mayor o menor medida, pero no dejo de invitaros a que elijáis a vuestro preferido a la destitución. Además, el que tiene que tomar las decisiones no soy yo, es Amadeo Salvo, el máximo mandatario ché, y el que tiene ahora mismo ante sí la decisión más difícil de su corto mandato. Una cortina y tres opciones. ¿Y vosotros qué apostáis? ¿Se lleva la “Ruperta, o el apartamento en Torremolinos? Y hasta aquí puedo leer.
