Feyenoord, el perfecto trampolín goleador

Graziano Pellé es el último goleador de De Kuip

Saquen papel, lápiz y ejerciten la memoria. A un lado de la hoja, tendremos que recordar todos los goleadores, atacantes, extremos o arietes puros que nos ha dejado el fútbol holandés a lo largo de la historia. Tendremos a muchos de los nombres más impactantes, a aquellos que más capacidad desequilibrante mostraron o a quienes con su calidad técnica avanzada, revolucionaron el concepto de fútbol hace décadas. Al otro lado de la hoja (si hemos sido inteligentes y hemos dejado el hueco adecuado), debemos retrotraernos en el tiempo y fijar nuestra mente en aquellos defensores, centrales, líberos o líderes tácticos que consiguieron ser referentes en ese mismo fútbol holandés. Si logran rellenar con nombres importantes esa zona derecha de la página, reciban mis más cordiales felicitaciones. Lo más probable, es que la lista se frene en el tercer nombre y no es por falta de memoria ni de conocimientos, sino porque la naturaleza oranje no permite ser más agradecidos con quienes pretenden romper el espectáculo.

El mismo canon que renovó todos los conceptos vetustos del fútbol previo al Mundial de 1974 y la aparición de la 'Naranja Mecánica', se encargó de adjudicar su papel protagonista a quienes aportaran atractivos ofensivos. Desde entonces, Holanda es un país eminentemente optimista en sus ideales, pues la pelota no se retrasa, no se despeja, no se convierte en un estorbo, sino que se empuja constantemente hacia una ideología, la del gol. El principio y el final de todas las cosas. El súmmum, el objetivo, la base, la clave y, desde luego, la única existencialidad que deja para el fútbol mundial pues su Eredivisie rompe cada campaña los records goleadores en Europa. Allí están las goleadas más drásticas cada campaña, los clubes que más goles reciben y los partidos más alocados tácticamente, lo que hace tiempo evitó que sus clubes (y por ende su selección), encontrara referentes competitivos en sus posiciones más retrasadas. Esa dualidad queda retratada en uno de sus 'clásicos', un Feyenoord negado defensivamente durante años pero capaz de reciclarse cada curso en ataque, actuando como trampolín ofensivo para diferentes delanteros que llegan, brillan y reactivan su carrera al grito de De Kuip. Epicentro de goles.

Y en ese trampolín donde muchos balancearon sus goles históricamente, la línea podría iniciarse con quien más gloria dejó para la posteridad feyenoorder, el único e inconfundible Ole Kindvall. El delantero sueco llegó al fútbol holandés procedente del modestísimo Norrkoping, donde había logrado fama de goleador nacional, la misma que destacaría a ojos continentales como killer rematador del club de Rotterdam. En los cinco años que vistió en De Kuip, marcó 131 goles, considerando ese ratio de 0.93 (casi un gol por partido disputado), como uno de los más potentes de la historia antigua del torneo. Pero siempre pasará a la historia por el que logró la noche del 6 de mayo de 1970, cuando a falta de cuatro minutos para el final de la prórroga ante el Celtic de Glasgow en San Siro, rescató al Feyenoord al día más importante de su leyenda. Fue el primer gran rematador modero que destrozó las mallas rivales defendiendo al club, que arrancaba una perfecta sintonía con este tipo de jugadores.

Tan potente como testarudo y tan corpulento como ambicioso, Pierre Van Hooijdonk se convertiría años después en otro de los atacantes exclusivos que supieron sacar todo su potencial con la camiseta feyenoorder. Tanto, que tras haber alcanzado ya la treintena y cumplido sobradamente sus expectativas profesionales, superó cualquier meta cuando llegó a Rotterdam. En dos campañas, marcó la nada despreciable cifra de 52 goles, convirtiéndose no solo en killer nacional, sino en el hombre que con sus lanzamientos de falta, colocó al Feyenoord de nuevo en la élite europea al levantar la Copa de la UEFA 2002. Siempre preguntaremos cómo podía un jugador tan alto, fornido y experto en juego aéreo, marcar tantos goles a balón parado con disparos sutiles llenos de potencia. Una mezcla que triunfó para ganarse su último gran contrato y regresar a De Kuip para retirarse entre sus más queridos seguidores.

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Cuando uno se marchaba, explotaba el otro, puesto que su posterior predecesor era Dirk Kuyt. El rubio era delantero centro, de área pero usando las grandes carencias defensivas de la Eredivisie a su favor para aparecer por cualquier zona de ataque (lejos de jugar orientado en una banda como hizo posteriormente y en la actualidad en otros clubes). Y allí logró tres campañas de máximo apogeo goleador con 71 dianas que le llevaron a ser fijo en la selección holandesa desde entonces. Eso sí, su marcha supuso el final de una generación que había intentado salvarse del caos y con su traspaso, el club admitía pasar graves problemas económicos y no pudo restablecerse como uno delos grandes proyectos del país, decayendo hasta lo impensable.

Tras haber logrado sacarse de la manga a otro canterano que cumplió una campaña siendo aún un niño adolescente obligado a crecer, Luc Castaignos, el club decidió aprovechar su buen manejo de vinculaciones y alternativas con varios clubes. El Manchester City es uno de los clubes que pactaron hace tiempo una serie de medidas para que los de Rotterdam puedan ser su epicentro de cesiones a jugadores aún en crecimiento. Y en ese proceso, el primero en llegar fue el conflictivo aunque prometedor John Guidetti. Su paso fue fugaz, pues una sola campaña actuó como el trampolín mediático acostumbrado, pero el sueco, con un sinfín de historias y polémicas en el camino, logró marcar 20 goles (rating de 0.92) y coronarse ya como internacional absoluto. Un crecimiento que no ha vuelto a experimentar tras su adiós pero que le permite ser leyenda momentánea del club, al que sus goles dieron fe cuando menos lo esperaban.

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Con el club intentando levantarse tras su cruel letanía, tocaba nuevamente inspirarse, pararse a reflexionar y elegir el próximo delantero que salve la quema anual. Y es que ese rol en el club es la clave de la campaña, tal y como ha vuelto a demostrar el italiano Graziano Pellé. La apuesta era de difícil comprensión y arriesgada previsión. Un gigante de área (1.93) con más pasado juvenil glorioso que cruel realidad como profesional, al que ya le habían pasado factura sus temporadas en el fútbol italiano sin brillantez e incluso había fracasado en su primera opción holandesa como killer del AZ Alkmaar. Jamás había logrado dos cifras goleadoras en un solo curso pero rompió cualquier previsión y se convirtió en el poderoso rematador deseado. Siempre potencia, fuerza, juego aéreo salvador y constantes balones directos para sus recepciones y alternativas de segunda línea. Un rol fácil al que se acostumbró como registraron sus 26 goles.

El último de una lista que seguirá acumulando nombre de inimaginable éxito externo más allá de Rotterdam. Podrían jugar e intentarlo en cualquier otro epicentro pero sólo en de Kuip, sólo en el Feyenoord, saben sacar rendimiento a un trampolín adecuado.

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