Bayern: La renovada profesionalidad de Ribery

El francés se ha redimido de sus pecados

Robben - Ribery Robben - Ribery

Franck Ribéry se ha ganado la fama de díscolo toda su carrera y su futuro en el Bayern de Munich parecía condenado, pero el francés ha reaccionado a tiempo para convertirse en un líder del conjunto alemán y liderarlo hasta la final de la Champions League 2013 que jugará contra el Borussia Dortmund. Analizamos su renovada profesionalidad.

Las propinas, ese elixir para camareros y acomodadores del sector servicios, vive épocas alarmantes. Se trata más bien de una filosofía en la que se da por supuesto que el trabajador debe ganar un sueldo digno y suficiente, sin necesidad de que los clientes les aporten extras. Son profesiones que siempre tuvieron ese impulso financiero, pero estudios recientes aseguran que ofrecer propina humilla a la persona que la recibe y se trata de un reconocimiento de inferioridad del otro y por lo tanto un comportamiento éticamente incorrecto. No lo digo yo ni mi vecino (alemán, lo cual me sirve perfectamente para ratificar esta entradilla), sino varios estudios que, desde luego, no se dignaron en preguntar a quienes realmente estirando la mano y agradecen gratamente (en España seguro) cualquier ‘regalo’ en forma de moneda.

Esta relación, llevada al fútbol, podría ejemplificarse en el servicio y atención que un club (camarero) le da a un jugador (cliente). Todo va bien hasta que toca pensar en la propina, equivalente a una renovación de contrato. Esos euros extras que en la barra de un bar son mínimos pero que en el deporte rey son miles o millones, condicionan ese comportamiento, que roza el esperpento en algunos casos. El jugador ha recibido un trato intachable, ejemplar y digno de los mejores escenarios pero, cegado, sólo piensa en sí mismo, dejando por el camino una larga lista de momentos donde se dedicó a despreciar, faltar el respeto y degradar a quienes, no olvidemos, le pagan mensualmente cantidades estratosféricas. El prototipo ideal del jugador engreído era, sin ninguna duda, Franck Ribery.

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El extremo francés del Bayern de Múnich se hizo un nombre en Marsella, el punto de partida de tantos y tantos compatriotas. Su llegada al Velodrome respondía al de un fichaje menor, absolutamente secundario e intrascendente, pues no olvidemos que venía del Galatasaray, donde fracasó estrepitosamente y con cientos de polémicas. Encontró su lugar y creció enormemente en las dos únicas campañas que brilló en la Ligue 1 y en 2007 fichó por el Bayern a razón de 25 millones de euros, cifra que rompía cualquier gasto anterior en el mercado del cuadro muniqués. En el Allianz se ha convertido en estrella mundial por su velocidad, disparo desde media distancia y capacidad de desborde. Sin embargo, sus lesiones, irregularidad y falta de compromiso con la entidad, crecieron conforme pasaban los años hasta convertirse en un auténtico ídolo de la rumorología. Una salida clara para mantener fresco la actividad mercantil.

Ribery decidió un buen día convertirse en jugador de portada pero no por sus méritos futbolísticos, sino por sus desafortunadas aunque intencionadas declaraciones a los medios. No recordaba el día en el que el galo habló bien de su equipo, de lo importante que ha sido en su carrera ni, desde luego, de los grandes deseos que tiene preparados para colocar al Bayern de nuevo entre los más grandes. Jamás se escuchaba palabra del extremo que incitara a una meta con los bávaros, a un reto personal por crecer junto a quien le ha dado la oportunidad más importante de su vida y, por descontado, tampoco lo conseguía reflejar con grandes actuaciones sobre el césped en los últimos tiempos. Ribery ejemplificaba hace unos años la actitud más pancista y egoísta que jamás he observado en esta sabana de cazadores en la que se convierte cada verano el mercadeo de refuerzos.

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El ‘crack’ de Boulogne perdía por entonces el derecho a ser escuchado, al menos por quienes defendemos el amor o, al menos, cierta profesionalidad con el escudo que representas y los ahorros de los que te alaban. Scarface, (otro invento de la prensa para comercializar su imagen), no respetaba al Bayern, estuvo meses riéndose de sus colores y besuqueando su propio ego, ese que para él estaba a la altura de los grandes del balón pero que para muchos otros apenas discurre a ras de suelo. Un día decidía dejarse querer por el Chelsea, al día siguiente decía que acabar de blanco es su elección y al otro que el Barcelona no le disgustaba. Lo peor es que su agente conocía la explotación ideal para un caso así, donde el jugador no busca otra cosa que hacerse notar y aparentar ser un súper clase al menos ante los medios. Eran meses de dudas y de un Bayern alejadísimo del actual pero, desde luego, un cuadro muniqués que no encantaba al francés.

Desde que un mal asunto personal le llevó a ser ninguneado por la prensa de su país (problemas con una chica joven de dudoso perfil social) y su agente le dio la espalda sacándole sumas potentes de su cuenta bancaria (tuvo que indemnizarle tras separarse), la mentalidad de Ribery cambió por completo. Creció en confianza, en rendimiento y en personalidad, consiguiendo ofrecer poco a poco la mejor versión que jamás antes había mostrado. Olvidó la idea de buscar un grande porque, sin ir más lejos, ya era una de las estrellas del proyecto más incipiente del continente. Sus desequilibrios, desbordes y constantes diagonales, determinaron una amenaza constante para un Bayern que lo fijó al extremo izquierdo y que lo aprovecha como arma letal cada semana. Una renovada lectura a un profesional que, por fin, empezó a serlo. Una propina con muchos ceros sin necesidad de dejar Baviera. La propina del ex fantoche. La paga ‘extra’ del nuevo Ribery…

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