Katidis, Di Canio y el ¿castigo eterno?
Sus gestos fascistas les pasan factura
Los comunistas mataron a muchos compatriotas suyos en la II Guerra Mundial. Suficientes al menos, como para generar una lista de ‘fieles’ que abanderaran sus propias ideas pero, sobre todo, para armar de valor a los más atrevidos. Algunos de ellos han estado repartidos por todo el mundo, exponiendo sus teorías en secreto, en su interior y guardando bajo llave cualquier opinión para evitar incomodidades en una sociedad aún no preparada para sus controvertidos valores. De vez en cuando, algún ‘infiltrado’ intenta demostrar lo incomprensible con sus palabras, aquellas que siguen generando controversia en cualquier escenario, contexto y situación. Si además, son pronunciadas en un entorno de máxima atención como ejemplifica hoy el fútbol, el debate se expande en cuestión de segundos. Y si unimos polémica y fascismo, Italia reúne un incondicional del césped: Paolo Di Canio.
"Sigo con mis ideas, no las voy a cambiar. Soy fascista, pero no racista. Hago el saludo romano para saludar a mis aficionados y a los que comparten mis ideas. Este brazo tendido no quiere nunca ser una incitación a la violencia y menos al odio racial", decía el delantero italiano que pasó por infinidad de clubes en su país (estas palabras las comentó en 2006 cuando jugaba en la Lazio). Suyas han sido las imágenes más impactantes y controvertidas bajo esa fusión irrefrenablemente provocativa de fútbol-fascismo. Tanto, que tras haberlo mostrado sin tapujos en varios partidos de la Serie A, fue invitado por el alcalde de Roma, Walter Veltroni, a una reunión con supervivientes judíos de los campos de concentración nazis. Nada frenó sus ideas pues, meses más tarde, amplió su tatuaje en el brazo la palabra latina Dux, que deriva el apelativo Duce (Jefe) adoptado por el dictador Mussolini.
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Pese a intentar justificar con sus premisas cada una de sus desmedidas palabras y provocaciones, Di Canio fue multado dos veces por hacer el saludo fascista a sus seguidores. El Comité de Disciplina le sancionó por ello con 10.000 euros de multa y un partido de suspensión (exactamente la misma pena que tuvo que pagar meses antes cuando lo había repetido varias veces en un choque de enorme rivalidad local ante la Roma en el Olímpico). El delantero no lo hacía sin preparación ni mentalización previa, pues justo hacia donde iban dirigidos sus saludos, se podía leer : "Onore alla tigre Arkan" ("Honor al tigre Arkan"). Era un homenaje a uno de los cabecillas de las milicias ultranacionalistas serbias, Arkan, protagonista de matanzas étnicas.
Lo más curioso de la carrera de Di Canio es que cuando su fútbol lo llevó a la Premier League inglesa, jamás mostró sus ideologías. Quizás encandilado por la cultura británica, se convirtió en un jugador modélico para los hinchas del mítico Sheffield Wednesday e incluso en el año 2000, recibió el premio FIFA Fair Play por parar el juego tras ver al portero rival caído mientras él podría haber metido el gol de la victoria. Un cambio radical en su comportamiento, en sus doctrinas y en su modelo de pensamiento político que en ningún momento se acercó a la polémica suscitada cuando se encontraba en su hábitat romano. La primera conclusión, no obstante, es que el impacto de sentirse arropado por quienes piensan como él, exagera sus pasiones y libera su verdadera identidad. Dejar constancia de ello en Inglaterra hubiera sido un absurdo intento en vano.
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Estas semanas, en un contexto muy parecido al de la capital italiana pero en Atenas, el fútbol recuperó esas desagradables sensaciones extra-deportivas que lo vinculan a movimientos políticos. El encargado de reabrir el debate ha sido el joven Giorgios Katidis, que generó un escándalo al celebrar un gol con el saludo nazi. La Federación Griega ha reaccionado excluyendo a Katidis de todos los equipos nacionales e incluso su entrenador, el alemán Ewald Lienen, considera que su jugador, "sabía perfectamente lo que hacía" y calificó el gesto de "imperdonable". "En el estadio no vi la acción. Pero ahora, tras ver las imágenes, creo que él sabía al cien por cien lo que estaba haciendo", convencido de que el griego no debe pisar nunca más un césped con la camiseta del club amarillo de la capital ateniense.
Días más tarde, pese al perdón de un Katidis que asegura “no saber bien qué significa ese gesto” y la aureola de culpabilidad que lo cubre (más allá de que resulta difícil aceptar sus perdones), el propio entorno del club asegura que "las faltas de respeto con sus compañeros y sus superiores son en él constantes”, e incluso se ha averiguado que tiene amigos cercanos involucrados en ese tipo de movimientos entre las juventudes de la ciudad. Sin embargo, dejando a un lado la teoría de que todo el mundo merece segundas oportunidades, la única realidad es que mientras Italia nunca castigó con dureza cada una de las salidas de tono de Di Canio, el ‘novato’ Katidis ya ha sido defenestrado para la eternidad con solo una veintena de inmadurez a sus espaldas. ¿Cómo valorar una justa reprimenda? ¿Cómo derrocar definitivamente estos sucesos?
