Brasil: Rogerio Ceni, el incansable bombardero

Continúa rompiendo registros

Rogerio Ceni, portero del Sao Paulo Rogerio Ceni, portero del Sao Paulo

El portero del Sao Paulo Rogerio Ceni continúa rompiendo todos los registros imaginables gracias a su sorprendente faceta como goleador. Analizamos su figura de la mano de José David López.

Libera tensiones con el deporte, esconde sus problemas en las pasiones de sus ídolos deportivos y levanta pasiones allí donde encuentra iconos con los que reflejarse. El fútbol lo acapara todo y a todos. La prensa supo entender esa vocación social, ese impulso global por empujar el deporte rey desde tiempos ancestrales. Por ello, existen canales televisivos íntegramente futbolísticos que emiten 24 horas del Brasileirao, pero también los torneos estaduales y hasta los juveniles, acumulando protagonistas futbolísticos con la misma facilidad que la torcida los endiosa. Es Brasil.

En un entorno irremediablemente unido a sus cracks nacionales desde sus primeros pelotazos, el resto de deportes queda en un segundo plano. Sin embargo, esa fogosidad pro futbolera no evita que el resto de prácticas encuentren brillantez, éxitos de primer nivel y representantes patrióticos. Voleibol, tenis, natación, judo o F1, sostienen las parrillas televisivas cada semana y entre sus mitos, bien podría estar el hombre del que todos hablan hoy en Brasil. Su fama le llegó por un don especial para golpear la pelota con los pies cuando su único deber como profesional debía estar en sus reflejos, velocidad de ejecución y maniobras con las extremidades superiores, unas manos que siempre quiso usar para el voleibol. Ahora, sus pies son de oro, centenarios. Rogerio Ceni será, para siempre, el portero goleador.

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El Mito de Sao Paulo nació en Mato Grosso, un estado limitado con el Amazonas donde el fútbol no es el deporte principal o, al menos, no el que mayor alegrías ha logrado históricamente. Tras asumir que el voleibol y el tenis, no reunían las condiciones recomendables en su entorno como para hacerse un nombre de futuro, el joven Rogerio encontró en el fútbol ese rincón olvidado donde desprender sus grandes virtudes para el deporte. Tenía una habilidad impropia, como pudo demostrar en los Juegos Estudiantiles de Brasil, donde completaba la nómina del equipo nacional de voleibol. Clubes menores a nivel nacional como Operario o Juventude, suman los estaduales por doquier en Mato Grosso e insertado como una potencia más humilde, en los 90 empezó a hacerse un hueco el semi-desconocido Sinop.

A finales de los 80, decidió aceptar invitaciones para partidillos de preparación y entrenamientos, hasta que un día el primer portero estaba ausente por lesión y participó como uno más. Un par de sesiones siendo protagonista, le sirvieron para ganarse una ficha profesional cuando aún estudiaba economía y era becario en un banco de la zona. Como tocado por la varita de la diosa fortuna, el Sinop sufrió una plaga de lesiones bajo palos, con los dos teóricos fijos en las gradas, algo que supo aprovechar como nadie Ceni. Agilidad, grandes movimientos y un envidiable toque con los pies, pronto llamaron la atención, despertaron focos y brillaron en el Estadual, proclamándose campeones por vez primera en su historia.

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El nuevo ídolo local no iba a poder crecer junto a los suyos y, dejando sus estudios y trabajos bancarios atrás, asumió el reto en uno de los gigantes mundiales, el Sao Paulo. El genial Tele Santana lo contrató y en su primer día de trabajo, le ayudó a explotar las virtudes balompédicas de su portero multi-usos. La plaza titular era de Zetti, campeón del mundo en USA 94 como suplente de Taffarel. Un icono del club paulista que, consciente de la amenaza, asumió años más tarde que no ayudó todo lo necesario a Ceni. Viendo su situación, Rogerio asumió el reto y cuando Tele le dejó caer horas extras para golpear la pelota como a él le gustaba, no decepcionó. Dicen en Sao Paulo que desde principios de los 90 siempre se prestaba en solitario a disparar una vez tras otra con la única oposición y compañía de una barrera improvisada.

Desde entonces, años de goles, iniciando su camino en 1997. Faltas directas (58), penaltis (49) y situaciones dispares, muchas de ellas irreconocibles en el fútbol europeo que siempre lo vio como el portero sudamericano por antonomasia. Incluido en listas junto a Chilavert (62 goles), René Higuita (41 goles) o Jorge Campos (40 goles), sólo compartía con ellos ese aire exótico de todo portero con amor al éxito como goleador. Pero el pasado año, con 39 años, se convirtió en el gran reto a superar pues, pese a su intachable carrera, jamás había sufrido lesión alguna de importancia. Después de seis largos meses lesionado con problemas en el hombro (fue operado el 27 de enero y hasta el 18 de mayo no fue dado de alta para entrenar), el portero egresó por la puerta grande, demostrando a base de trabajo, que la superación no tiene límites para él. Nada más pisar el césped, quiso demostrar su alegría de la forma que mejor sabe, con un lanzamiento de falta perfecto.

“Echaba de menos la emoción, la dificultad, la alegría, el grito de gol, el sufrimiento y todo lo que da forma al mundo del fútbol”. Un portero con carácter bajo palos, pero también como atacante. Un arquero que domina las dos áreas. Tres Copas Libertadores, dos Intercontinentales, un Mundial de Clubes, cuatro Brasileiraos, una Copa Sudamericana recién levantada y dos participaciones mundialistas, aglutinan títulos suficientes para que la historia le recuerde únicamente como portero goleador. Morumbí, ahora en obras, recoge buena parte de sus noches de gloria, las que acabarán el próximo año, cuando ponga freno a sus ‘bombas inteligentes’. 107 buenos goles. 107 buenos momentos para el ‘bombardero’ de Mato Grosso.

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