Slobodan Rajkovic: Auto-destrucción por agresividad

Su carrera ha quedado destrozada por su carácter inestable

Slobodan Rajkovic tocó el cielo al fichar por el Chelsea siendo un adolescente pero su carrera se ha estrellado a causa de su carácter inestable. Una historia dolorosa de un defensa que prometía llegar a los más alto pero se ha quedado en nada.

La agresividad es una emoción, una conducta caracterial y hasta una muestra demoniaca de la inestabilidad interior llevada a su extremo. Un sentimiento poderoso muy fugaz, violento, irracional y por ende, un obstáculo en cualquier gestión personal estable. Pero como cualquier otra muestra del comportamiento humano, se basa en una lucha entre impulsos instintivos de satisfacción inmediata y directa. Una peligrosa necesidad que anula la lógica que intenta reprimir estos actos o impulsos que, con tratamiento cognitivo, pueden ser canalizados hacia vías más constructivas. Porque pese a que todos estemos fabricados con una estructura que conserva ese comportamiento agresivo, igualmente está ligada a un aprendizaje, por lo que el modelo de conducta desde edades muy tempranas, es crucial para entender y aprender a canalizar esos impulsos.

El componente básico de mayor incidencia sobre la conducta agresiva, habla de lo meramente social de nuestra persona en un contexto. Nuestro rango, nuestro ego, nuestras metas y, desde luego, el fracaso y la frustración que multiplican la inestabilidad emocional. Sin embargo, si existe respuesta agresiva sólo difiera en una pérdida de confianza en los demás, apatía, depresión, enfermedades psicosomáticas o, en casos graves, problemas con la justicia. En el fútbol como en la vida, la auto-gestión acertada de la agresividad es la perfecta armonía entre la solidez-energía y el profesionalismo. El reconocimiento de la propia agresividad puede costar excesivo trabajo, ya que es inaceptable socialmente expresar sentimientos de ira o enfado. Un paso, el de frenar los instintos primarios en post de un fin más constructivo, que por desgracia, jamás ha sabido dominar sobre el césped Slobodan Rajkovic. Una víctima de su propia cualidad. Una víctima de su agresividad.

El central serbio más polémico, aguerrido, violento e incontrolable que haya podido ver el fútbol de primer nivel en los últimos años, no tiene ni tan siquiera una fama mundial, algo que por sus principales bazas en este deporte, le ayuda a salir más indemne de sus constantes salidas de tono. Fornido, más de 1.90 de altura, corpulento, un físico estupendo para ser uno de los mejores defensores del continente y una carrera que apuntaba al máximo, siempre que evitara caer en la majadería de sus actos más furibundos. Criado en Belgrado, alcanzando la profesionalidad con apenas 15 años en el OFK Belgrado y traspasado como joven promesa un año más tarde al mismísimo Chelsea, los 5.8 millones de libras de la operación, lo convirtieron en el traspaso más caro de la historia por un joven que aún no era mayor de edad. Enormes perspectivas que crecían más si cabe gracias a la gran Eurocopa Sub 21 de 2007 donde la Serbia de Kolarov, Jankovic, Basta o Ivanovic, fue finalista (Rajkovic no era aún mayor de edad y jugaba con chicos de 21 años, convirtiéndose en el más joven de la historia en participar en ese torneo).

Pero en aquella fase final comenzó la transformación del imponente defensor balcánico. Con un golpe en la cara y ya desde el suelo, pudo contemplar como Inglaterra (curiosamente una selección modelo en Fair Play), no lanzaba la pelota lejos del terreno de juego, sino que proseguía su avance ofensivo y anotaba (Derbyshire) en una acción polémica que les valía para clasificarse a semifinales (junto a los serbios). La reacción de Rajkovic no se hizo esperar y, pese a estar debilitado, se levantó, fue a por sus rivales y generó un caos notable durante los minutos posteriores. Su mirada, talante y gesticulación, impone enorme respeto desde aquél día donde quedó ‘retratado’ de por vida como uno de los zagueros más descontrolados del mundo, un rol que por desgracia, no hizo sino crecer en su aspecto más disparatado y pernicioso.

Salvo en ocasiones aisladas durante amistosos de pretemporada y giras extranjeras, Rajkovic jamás disputó un solo partido oficial con el Chelsea. No consiguió el necesario permiso de trabajo británico (no había disputado el 75% de los partidos de Serbia durante los últimos dos años, requisito para que la FA acepte la petición de compra), lo que no sólo le impedía jugar en el cuadro Blue, sino en el Fulham que ya había pedido su cesión siendo un joven por crecer. Su periplo de cesiones encontró en la Eredivisie el contexto ideal por cercanía y adaptación, aunque no por regularidad, porque pasó sin opciones claras de afianzarse en PSV, Twente y Vitesse, lo que hace apeñas año y medio le dejaba casi sin contrato con los londinenses y sin un mercado demasiado factible. Mientras, le dio tiempo a meterse en más líos, pues fue suspendido por la FIFA tras un Argentina-Serbia donde, en una acción desairada, no tuvo reparo alguno en escupir a un árbitro. Eran los Juegos OIímpicos y esa imagen tan dañina para la salud del deporte, le costó un año de sanción.

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Tras tener opciones en la pretemporada de Villas-Boas con el Chelsea el verano de 2011, estaba montado en un avión rumbo al Valenciennes para probar en la Ligue 1 pero Frank Arnesen, recientemente nombrado director deportivo del Hamburgo, lo conocía a la perfección de su etapa pasada en Londres y se lo llevó junto a un pack polémico (puesto que ninguno de sus ex blues, Bruma, Mancienne o Sala, ha funcionado posteriormente) a la Bundesliga. Y aunque sí tuvo más regularidad que nunca, cierto es que su aureola de agresividad extrema lo acompañó desde el primer día. Un recurso poco necesario, feo y hasta grosero en muchas ocasiones que en la cabeza de Rajkovic se convierte en lo habitual, jugando poco más de mil minutos (con una expulsión que le costó sanción ejemplar de la Federación Alemana por incrustar su codo en la cara del rival con alevosía y muchas polémicas en el trayecto), antes de que saliera del once inicial y empezaran los problemas internos en su vestuario. Tan directo e irresponsable como había dejado ver en el césped, se peleó durante un entrenamiento con su compañero Son y, días después, con Ali Arslan. No contento con su fatalidad profesional, criticó gravemente a su entrenador, un Thorsten Fink que “tiene dos caras, demasiado poder en el club siendo esto peligroso y capaz de amenazar a quienes no quiere”. La respuesta del club fue tajante, suspensión de empleo-sueldo y entrenamientos con el equipo juvenil desde mitad de julio, rechazando además la única propuesta recibida (Ajax) para ser cedido este curso.

No tiene amigos en el vestuario, no ha encontrado ninguna campaña de aficionados que intente sacarlo del problema y ni siquiera es tenido en cuenta por la televisión para analizar su caso dentro de un clásico mediático que circula en serios problemas. “Le he dicho varias veces que debe entender que no volverá a jugar nunca más con el Hamburgo”, decía un Arnesen incapaz de defender o apiadarse de una de sus apuestas personales. Rajkovic ejemplifica la auto-destrucción de un profesional de enorme futuro por la incapacidad de controlar su exaltado carácter agresivo. Una víctima del fracaso cuya frustración alimenta cada día más sus impulsos negativos.

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