Italia: Cesare Prandelli, una historia de amor verdadero

El técnico italiano ha logrado un sitio en la final después de un largo camino

Vestía una singular cazadora bombeada (violeta para mayor inri) como todo italiano adicto a la moda que se precie. Andaba plácidamente sobre el césped de un contexto que lo proclamaba como estrella. Y pese a no ser muy dado a las sonrisas, repartía saludos y aplausos a las graderías. Ejercía de líder sin césped. De líder en la sombra. La de un banquillo desde el que siempre mantuvo cordura y empuje a sus chicos con atenta mirada de caballero. Con una bufanda bien ajustada al pecho durante el invierno, o con finos jerséis violas cuando el sol lucía en las tardes de la Toscana. Cinco años donde reprodujo sensaciones extremas. Desde la clasificación de la Fiorentina para la Champions League incluso alcanzando fases más avanzadas cuando apenas acababa de ascender a la Serie A. Hasta el mayor varapalo de su vida, la muerte de su mujer Manuela Caffi tras una larga enfermedad. Ya mucho tiempo atrás, la salud de su mujer le había mermado psicológicamente, había sacado sus ideas del terreno de juego y lo había encarrilado a una depresión global. Años, días, partidos, que jamás olvidará en Florencia.

Pero la de Cesare Prandelli era una historia de amor real, como pocos, como los ‘elegidos’ y como los destinados a sufrir. Decía que era el precio por haber sido bendecido con el cariño eterno de una persona sobre la que basaba su vida, que le sostenía, que le había levantado en etapas veinteañeras, que incluso lo transformó cuando se adaptaba a la vida post-futbolista y que le había dado dos hijos (Niccoló y Carolina). "Hasta las diez del domingo estaba lúcida. Los niños y yo estuvimos en la cama con ella en las últimas horas. Abrazos, caricias, hablando todo el tiempo e intentando que se sintiera cómoda. No era ingenua, ya lo sabía. Pero los médicos nos habían dicho que en los últimos momentos, los enfermos terminales sólo reconocen las voces de los miembros de la familia y eso la calmaba. Diría mis últimas palabras pero no puedo sacarlas de mi boca”. Emocionado, Prandelli se despedía de su mujer, su amor y su vida, la que desde entonces trata de honrar en su honor.

A Manuela la conoció en su ciudad, Orzinuovi, provincia de Brescia. Donde nació, donde se crio y donde aún viven sus familiares. Su padre acababa de morir, él tenía apenas dieciocho años y siempre se reunía con el resto de chicos en unos soportales de la Piazza Vittorio Emanuel. “Allí la conocí, en un bar durante una tarde de domingo justo después de que yo jugara en la Serie B con el Cremonese”. Tenía una taza de chocolate caliente en la mesa y ella, con un amigo cercano, pronto puso su mirada sobre el ‘Cesar’ italiano. Fue amor a primera vista, un choque de sensaciones impactantes que a Prandelli le sirvió, pues “como excusa, el día siguiente fui a recogerla a la escuela”.

Una maniobra que le cambió el guion para la posteridad pues años después se casaban e iniciaban una vida llena de cariños y sensaciones, aunque alejada del prototipo liberal y vanguardista de las nuevas corrientes. "En treinta años hemos peleado una sola vez y fue por una raqueta de tenis. Jamás podría ser infiel. Jamás podría sentir lo mismo que por ella. Era todo y para todos”. Un romántico que reconoce abiertamente estar en deuda eterna con su mujer en la educación de sus hijos, en la fuerza que a él mismo le transmitía, en la valentía para mirar adelante cuando hay problemas e incluso en situaciones cotidianas pues “sólo ella logró que me gustaran las verduras”.

Y es que Prandelli, que empezando muy desde abajo logró jugar nada menos que siete años como centrocampista en la Juventus de principios de los ochenta, acumuló tantos títulos (tres Scudettos, una Coppa, una Champions, una Recopa y una UEFA) como minutos en el banquillo. Un lugar donde se encontraba casi acomodado ante las estrellas bianconeras de la época (Platini o Boniek además de muchos campeones del mundo en 1982) y donde aprendió sobre el manejo de vestuarios con uno de sus pequeños ídolos, Giovanni Trapattoni (al que incluso viene de derrotar hace unos días). Empezó a intentar mostrarlos en las categorías inferiores del club donde se retiró, un Atalanta que lo utilizaría de ‘alternativa’ al banquillo cuando había necesidad de repuesto de urgencia y que le abrió las puertas al Lecce. Con dos fracasos consecutivos, la llamada del Hellas Verona le situó en el mapa nuevamente al ser capaz de ascenderlo, algo que repetiría justo después con el Venecia. Allí se confirmó su capacidad, consagrada completamente cuando situó en Europa a un Parma mutilado por su incipiente crisis financiera y obligado a vender a sus estrellas. Y cuando su caché se había multiplicado con la apuesta de la Roma, ni tan siquiera pudo debutar oficialmente debido al empeoramiento de Manuela. Dejó su proyecto, abandonó el fútbol un tiempo y se centró en su amor, en una Toscana que les hizo recuperar el aliento familiar hasta el último suspiro.

"Creo que hay diferentes tipos de amor. El de una mujer, el de unos hijos y el de unos amigos. En este tiempo descubrí que mucha gente tiene miedo al amor, miedo de experimentar el amor. Debemos dar amor pues seguramente sea más fácil esto que no amar. Al fin de al cabo, somos prisioneros de nuestro egoísmo. El mío sólo existía sin ella. El fútbol sí enamora pero a mí, solo me enamoró ella”. Un hombre cautivado con un ‘regalo’ pendiente y ya programado para este domingo, fecha de cierre a este amor verdadero.

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