Perder una Copa de Europa en los penaltis

Nadie habla del perdedor

El fútbol es un deporte de grandeza y crueldad extrema, y eso tiene su máxima expresión cuando una final de la Champions League, como pudimos ver el pasado sábado con el Bayern de Munich y el Chelsea, se decide desde el punto de penalti, y un equipo toca el cielo, mientras el otro no encuentra consuelo y se desploma sobre un césped teñido de lágrimas.

He tenido la ocasión de narrar dos finales de Liga de Campeones, en 2000 y 2001. En ambas no pude cantar la victoria del Valencia, pero con el paso del tiempo, esa experiencia vital me ha ayudado a comprender mucho mejor las sensaciones que se pueden experimentar en un campo de fútbol, especialmente cuando se trata de digerir una derrota, que se repite, y de la forma más cruel posible.

El Bayern de Munich, curiosamente el equipo que infligió al Valencia el golpe más duro de su historia en 2001, es el protagonista en esta ocasión. Los alemanes, expertos en derrotas legendarias, cayeron en 2010 en el Bernabéu ante el Inter de Milán de Mourinho. Fueron los más brillantes, pero los “neroazzurri” fueron más que dignos campeones. Poco se habló de los bávaros tras aquel partido. Sólo había ojos para el triunfador. Un calco del panorama que se vivió en 2000, cuando el Madrid venció al Valencia en París, después de una horrorosa campaña de los blancos y una trayectoria impecable de los valencianistas.

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Nadie habla de los perdedores. Ese puede ser el resumen. Pero, ¿qué siente un equipo que está a un penalti de la gloria, y que la pierde en el medio segundo del lanzamiento? Si no eres jugador, si no lo vives, quizá no lo puedas saber nunca. ¿Qué puede pensar Robben, o Schweinsteiger, que fallaron los suyos? ¿Qué siente un estadio repleto de aficionados cuando eso ocurre? El estigma del derrotado es duro, mucho.

Recuerdo bajar de San Siro con la cara desencajada viendo a aficionados valencianistas llorando sin consuelo. La segunda final perdida en dos años, y esa vez en los penaltis. La escena debía ser idéntica en Munich el sábado por la noche. Lo que debía ser una fiesta se convertía en otro “maracanazo”. Noche en vela, pensando, reflexionando, intentando explicar lo que no tiene explicación. “Hemos sido mejores, lo hemos hecho todo, pero han ganado ellos”. Esa sensación, que pesa como una losa que te acompaña junto a tu sombra, no logras sacarla de tu cabeza nunca.

Nadie habla de los derrotados. Sus fotos, sus caras, esas son las más buscadas el día de la final, pero luego caen en el olvido. Cuando los focos se apagan, también lo hace su recuerdo. ¿Qué se siente al perder una Champions en la tanda de penaltis? Impotencia, fuego interior, rabia, odio al fútbol. Lo detestas. No quieres saber nada de él, porque todo lo que te evoca duele, escuece, amarga.

En Munich, aunque sean un club acostumbrado a la victoria, aunque tengan 4 Copa de Europa, la derrota va seguir doliendo tiempo. Seguro que algún aficionado se despierta una noche soñando que el penalti de Schweinsteiger no va al palo, sino que entra, o el que tira Robben en el partido se le escapa a Cech y acaba siendo gol. Lo soñarán y dibujarán en su mente una y otra vez, pero el resultado será el mismo. Como aquella escena dolorosa de Carboni fallando la pena máxima que podía haber puesto en ventaja al Valencia antes del quinto lanzamiento, o la imagen de la final, con Pellegrino, futuro entrenador blanquinegro, viendo cómo Khan terminaba con la final.

El fútbol es sentimiento, extremo, en lo bueno y en lo malo. Hemos podido ver a los jugadores del Chelsea portando la Copa por Londres, pero no hemos podido ver los corazones muniqueses rotos de dolor pensando en lo que pudo ser y no fue. Perder una final de Champions es doloroso, hacerlo en la tanda de penaltis cruel, pero si todo eso ocurre en tu propia casa, llega al nivel de tragedia deportiva eterna. Es fácil pensar en el vencedor, pero también es sano hacer un ejerció de reflexión y pensar en los que no pudieron dormir la noche del sábado 19 de mayo de 2012.

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