Juventus: El arquetipo luminoso del fútbol italiano
La Vecchia Signora vuelve a sonreír
No nacemos negativos, sino que aprendemos a serlo. Decepciones, pérdidas, errores o desengaños, nutren un estado de irritación interior que se multiplica a medida que la edad repercute en nuestra capacidad de análisis. Un desaliento, un dolor emocional o una falta de motivación, que deriva en una corriente negativa que, pese a todo, está basada únicamente en un mecanismo inconsciente y equivocado. Podemos ahuyentarlo, cambiar la dinámica y encontrar soluciones optimistas. Y cuando la limpieza es total, crear experiencias positivas que queden en el registro emocional se convierte en un modo de vida que te permite aventurarte a proyectos impensables poco tiempo atrás. Esa travesía desde la oscuridad a la luz, es el arquetipo que explica la renovación absoluta de un gigantesco sentimiento, el juventino.
La Juventus de Turín había tocado fondo cuando el éxito de sus títulos y su capacidad competitiva histórica, se puso en duda con el fatídico Moggigate. Con los años, la institución se dio cuenta que lo peor no había sido la lamentable odisea en Serie B, el daño en imagen institucional o la incapacidad para administrar sus recursos sin necesidad de escándalos arbitrales, sino la falta de ingresos que había dejado de obtener. Porque rápidamente regresó a los primeros puestos de la Serie A, porque aun titubeando fue capaz de encontrar cierta nobleza en zona alta y mejorar la estima de una afición tan golpeada como apática ante lo ocurrido. Lo más doloroso y lento en superación, fue la angustia por haber quedado a merced de sus máximos enemigos, por limitarse a completar plantillas con jugadores de dudosa capacidad y apostar por entrenadores de un perfil extremo. Al final, la conclusión era clara y la lectura acabó siendo positiva. Romper por completo y empezar de cero.
Y todo en cuatro decisiones arriesgadas y con un margen de error evidente, pero perfectamente meditadas y estructuradas hacia una única meta, la de recuperar el prestigio y el ‘adn juventino’ en un proyecto totalmente bianconeri. La primera fue fundamental, pues había que eliminar en lo posible, los sedimentos despreciables que motivaron sus desastrosas manipulaciones arbitrales, por lo que la dirección deportiva se trastocó varias veces en unos años. En mayo de 2010, el paso definitivo colocó en el cargo a Andrea Agnelli, miembro de la familia propietaria del club (lo fue su abuelo y tío anteriormente) mientras que Jean-Claude Blanc conservó su papel como miembro de la junta directiva y Giuseppe Marotta tomó la dirección general. Un lavado de cara tan necesario como efectivo pues la Vecchia empezó a reactivar su capacidad de mercado y comenzó a recuperar posibilidades financieras.
Con directiva nueva, llegaron las otras dos causas determinantes del éxito actual. La gran meta de los nuevos componentes no era otra que culminar la obra ‘madre’ del nuevo sentimiento juventino, un escenario que hiciera esperanzarse a los tifosi ante la llegada de nuevos aires y que aliviara tensiones al tiempo que enviara un mensaje de renovación profunda. Y todo eso lo lograría el imponente y vanguardista Juventus Arena, restaurando por fin la ‘casa’ que durante años nunca tuvieron los turineses (abonados al obsoleto ostracismo de Delle Alpi o al sentir nómada del Comunale). El coste final se acerca a los 105 millones de euros (estas son las cifras finales de toda la estructura) pero el club esperaba conseguir lo que hoy en una realidad, un nuevo impacto deportivo que les ha devuelto a lo más alto y a la competitividad nacional e internacional, un objetivo perdido desde su descenso administrativo. Un nuevo aire, un nuevo impulso a un club gigante que no quería estancarse a la sombra de Europa y que ahora, con 41.000 fieles cada semana, ha logrado que su localía sea inexpugnable. La envidia de toda Italia y el camino hacia la modernización del resto de clubes, que deberían perseguir esta dinámica para derrumbar de una vez por todas los obsoletos estadios transalpinos.
Y el paso culminante era saber elegir el comandante para el timón de la nueva nave, un técnico que entendiera la renovación profunda que se estaba llevando a cabo, que sintiera como suyo el proyecto y con el que los aficionados se sintieran identificados. No podía ser otro más que Antonio Conte. Tras un par de aventuras con diversa suerte (fue capaz de ascender al Bari y Siena pero decepcionó en Atalanta), el portador del ‘adn juventino’ durante tantos años en el césped, donde se comía cada metro de hierba por su camiseta, impulsó rápidamente las metas de una plantilla que multiplicó buenas adquisiciones tras un verano activo y acertado. Vucinic, Vidal, Barzagli o Lichtsteiner, han encontrado el mejor entorno para unir fuerzas colectivas, aunque entendiendo todos ellos el nuevo idioma bianconero, marcado por la pauta del jugador clave en todo este proceso, Andrea Pirlo. El organizador más poderoso del planeta, al menos el que dio origen a esta especie en peligro de extinción, decidió empezar de cero en el engalanado objetivo turinés cuando, además, desde Milan le abrieron la puerta.
Cuatro pasos hacia una transformación que empezó en la directiva, continuó con el impactante Juve Arena, otorgó poderes a Antonio Conte y delegó responsabilidades deportivas en los pies habilidosos de Andrea Pirlo. Un ramillete de decisiones que, traducidos a la clasificación, dejan a la Juventus a las puertas de un nuevo título de Serie A. No será uno más, sino el primero tras su paso por los infiernos, donde el negativismo les debilitó pero nunca les enterró. Hoy, son el arquetipo luminoso para todo el fútbol italiano.
