El dilema de Diego

El brasileño quiere cumplir ante el Valencia

Los jugadores predestinados existen, esos que desde muy corta edad están llamados a llegar al fútbol que cuenta, pero dentro de este arquetipo existen dos géneros: los que cumplen con la expectativas y las eternas promesas. Ser o no ser, ésa es el cuestión de Diego Ribas da Cunha: dar finalmente el salto definitivo al estrellato o ser un eterno incumplido más de la historia del balompié. En un símil apresurado, la del brasileño es un poco la versión futbolística del Hamlet y no sólo por el dilema, sino porque también están los sanos inicios, un delirio y algo más.

Desde sus primeras patadas, la de Diego es la historia de un príncipe llamado a gobernar el fútbol: con 17 años debutó en el primer equipo del Santos y esa temporada fue protagonista para que su equipo se llevara el título campeón del Brasileirão. Esa versión de Diego fue la que destacó y por momentos deslumbró con el Werder Bremen, sobre todo en aquella brillante 2008-09 durante la cual el brasileño eligió la Copa de la UEFA como su escenario para mostrar lo mejor de sí llevando su club a la final, ésa que no pudo jugar por acumulación de tarjetas amarillas. También está el Diego que hemos visto en el Atlético de Madrid, con el cual ha demostrado destellos de grandeza. Pero, al igual que el príncipe danés, Diego ha tenido momentos de delirio, perseguido no por el espectro de su padre sino quizás por su obligado estrellato.

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En 2004, Diego recibió el primer llamado para dar el gran salto cuando llegó al Porto campeón de Europa sin llegar nunca a los niveles que había demostrado en Brasil. No llegó a hacerse de la titularidad, muchas veces no entró siquiera en la convocatoria del equipo y, tras dos difíciles temporadas no superó las 50 presencias y anota tan solo 4 goles. Qué decir en la Juventus, donde llegó en el verano de 2009 como el heredero de Del Piero en el futuro. La aventura en bianconero comenzó de la mejor manera con buenos partidos en el verano, un doblete de extraordinaria factura a la Roma en el Olímpico en la segunda jornada del campeonato, pero poco a poco se fue diluyendo y nada pudo hacer en aquella desastrosa temporada de la Vecchia Signora. No le tuvieron paciencia en Turín y, tras apenas un año, fue vendido al Wolfsburg pese a que la operación generaba una pérdida de 10 millones para las cuentas del club piamontés. Su segunda etapa alemana fue tan opaca y tan breve como la experiencia italiano. Todo esto sin olvidar los fracasos con la canarinha: la Copa América de 2007 cuando Brasil participó con una selección “B” y Diego culminó como suplente y, desde entonces, jugó los Juegos Olímpicos de 2008 y otros cinco partidos oficiales con la selección absoluta. Nada más.

En la obra de Shakespeare, cuando todos los indicios apuntan a la demencia del protagonista, Hamlet organiza aquella macabra obra de teatro sobre el asesinato de su padre en lo que fue un lúcido y exitoso intento de revivir el que fue su punto de locura. Hoy, Diego tiene la posibilidad culminar esta temporada volviendo de alguna manera a la escena del delito: a una semifinal de la ahora Europa League en la cual deberá demostrar el mismo protagonismo que tuvo con el Werder Bremen llevando su equipo a la final, pero esta vez jugándola y, posiblemente, ganándola tras un gran partido. Sólo así Diego pondrá punto y final a su dilema para finalmente “ser”.

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