Cuando un niño español pudo ser canterano del Spartak

Una historia basada en hechos reales

Aficionados del Spartak de Moscú Aficionados del Spartak de Moscú

Este va a ser un relato basado en hechos reales, exitoso concepto que tanto gustaba en las mini producciones americanas (últimamente incluso alemanas) de las sobremesas dominicales ante el televisor de plasta que no de plasma.  Antes, claro está, de que el fútbol internacional entrara por la puerta de nuestros descodificadores y nos transportara a territorios apenas conocidos de las Ligas europeas que ahora adoramos y consideramos propias y hasta trascendentes.  La diferencia sobre el culebrón va a residir en que no hay tragedia pero tampoco final feliz. En que no hay drama ni risas hilarantes. Es una historia, otra más de tantas, de lo que pudo ser y no fue. La aventura vital finalmente no concretada que pudo llevar a un niño llamado Iván hasta la cantera del Spartak de Moscú

Viajemos en el tiempo. Hasta 1979, un año antes de la Eurocopa de Naciones de Italia. Campeones europeos: Nottingham Forest (Copa de Europa), FC Barcelona (Recopa) y Borussia Moenchengladbach (Copa de la UEFA). La Liga española, para el Real Madrid con el Sporting de Gijón segundo y el “así, así gana el Madrid” inventado en El Molinón. Lejos de allí, cambiando la sidra por el vodka, el campeón  de la Vysshaya Liga, la competición soviética entre 1936 y 1991, fue el Spartak de Moscú, con el Shaktar Donetsk y el Dínamo de Kiev ucranianos como segundo y tercero, respectivamente. 

En algún momento de ese año, la azarosa vida profesional plantea la posibilidad bien cercana de que un periodista de una agencia internacional de noticias ocupe la plaza vacante de delegado en Moscú. La transición está en su apogeo en nuestro país, se empieza a disfrutar de las libertades perdidas durante 40 años de inacabables opresiones y el reto es más que sugerente. El periodista acepta en principio y todos los mecanismos de la empresa comienzan a funcionar, desde lo más importante, cómo integrarse laboralmente en una sociedad, la soviética, que aún vive bajo otro yugo que limita sus voluntades, a lo más trivial pero igualmente incluido en el paquete: los pequeños asuntos domésticos. Casa y colegio en Moscú para la familia y los niños, Iván y Vera (afinidad ideológica existía en tiempos que eran otros y que han cambiado tanto que ya son irreconocibles). Esas cosas banales pero complementarias. Y luego estaba la irrefrenable voluntad del niño, ya a sus 12 años, de ser futbolista o periodista, tanto monta, monta tanto, pero de vivir sí o sí en clave balompédica 24/7. Lector ya del AS en blanco y negro y páginas en huecograbado, con la chica del destape de Hebrero San Martín; consumidor del partido de Liga por la tele de los domingos a las 20:00 (ese peluquín de Fanjúl voló); oyente de Andrés de Sendra en Radio España y fiel devoto del Estudio Estadio hasta en día martes (para disponer del tiempo para recibir y montar las imágenes para los resúmenes,  siempre superados por el mejor espacio de la historia de la televisión española, La Moviola). Así que al niño, que hacía sus pinitos y lucía voluntad más que talento, habría que convencerle de un cambio de hábitat tan radical por la vía fútbol, la más directa, como cuando Oleg Blokhin enfilaba cualquier portería aunque no jugara en aquél Spartak y sí Rodionov. Gavrilov o Khidiyatullin a las órdenes del recién llegado Konstantin Beskov. 

Y es cierto que en el viaje previo para atar las cuitas rutinarias, la casa, el colegio, el modo de vida en Moscú o cómo asumir tres meses a 20 bajo cero en año de bonanza climática procedentes de la nunca tan fría capital del estado español, es cómo llegó a incorporarse realmente al paquete de medidas de incentivos la entrada directa en la Academia de fúbol del Spartak  de Moscú, el equipo del pueblo (Narodnaya Komanda y disculpen no usar el cirílico que no me sé las teclas), el club controlado por el sindicato único de los trabajadores. Esto ya lo enfrentaba por definición a su eterno enemigo, el CSKA de Moscú, el club del ejército rojo, y último rival europeo del Real Madrid en la Champions de hoy en día en HD. O también lo condenaba a disputarse la supremacía moscovita con el Dínamo de Moscú, la entidad de la Policía. CSKA y Dínamo, ambos dos, con más prebendas políticas, tan decisivas en la época, que el propio Spartak, que ni gozaba de estadio propio pero sí de orgullo rojo e himno oficioso que aún se canta: “Katiusha”. Pues bien, el niño Iván, ya con gafas de metal y no de pasta, para allá que iba a ir, a medir fuerzas con los mocetones locales de La Carne (el otro sobrenombre bien literario del Spartak) casi como otro niño español de la postguerra pero sin las desventuras del exilio obligado sino acomodado, que no es lo mismo. 

Aquello no cuajó finalmente (todo encajaba demasiado bien a sólo cuatro años de la muerte del dictador), no hubo traslado profesional y la experiencia quedó en entelequia pero no en el olvido. Que por eso aquí se rescata por un niño ya talludito, ahora de gafas de pasta y no de metal, que aún juega a las chapas aunque más al FIFA y al PRO, sigue coleccionando camisetas de fútbol y que vive en clave balompédica 24/7. Y se apellida Castelló. 

PD. Este artículo está especialmente dedicado a @davai_davai

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