La Liga europea soñada, que es gratis

La idea ronda la cabeza de los grandes clubes europeos desde los 90

La propuesta no está trabajada sobre la base del Coeficiente UEFA (algo así como el expediente X del fútbol europeo) ni sobre ningún puntaje basado en la estadística reciente más precisa y puntillosa, de decimales. Tan sólo es la elucubración calenturienta sobre algo como una posible resurrección del concepto de Liga paneuropea. Y si no lleva rondando la cabeza de los grandes clubes y de la UEFA desde los 90, “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (santo Evangelio según San Juan). Porque aquél movimiento de 2000 que empezó como G-14 y se amplió hasta conseguir finalmente nuevos ingresos de la Liga de Campeones, siempre seguirá ahí en espíritu, al acecho como el lobo ibérico de Rodríguez de Lafuente, buscando más ingresos para volver a endeudarse y empezar, ese experimento cenutrio que no cetrino que tanto triunfa en el balompié.

La fuerza la hace la unión. En esta vieja Europa desplomada económicamente por algo parecido a un club de fútbol y que sólo lo es por los puros y los pies encima de la mesa (Standard & Poor’s y que empezó, por ejemplo, tras el positivo tóxico de aquellos dos delanteros, los Lehman Brothers), resulta que el fútbol puede volver a ejercer su papel conciliador, unificador de identidades, creador de entretenimiento y empleo. Un regreso al estado del bienestar, seña perdida y diferenciadora del primer mundo.

En la posguerra europea, la UEFA (1954, sede en París y presidente danés, Ebbe Schwartz) y su competición estelar de clubes, la Copa de Europa (1955) de Gabriel Hanot y el diario L’Equipe (la prensa, a veces, hasta sirve a la sociedad y los franceses resulta que siempre fueron los impulsores del deporte moderno) trasladó las disputas del trágico pasado reciente al esplendor de los campos de reluciente hierba (de nuevo la continuación bélica por otros medios, versión dulcificada de la teoría de Carl von Clausewitz).

Más trascendente y masiva, previa incluso a la fundación de la Comunidad Económica Europea (1957 y con sólo seis países en origen Bélgica, Francia, Luxemburgo, Alemania, Italia y Holanda y otros seis en los 30 años posteriores –España, Reino Unido, Irlanda, Grecia, Portugal y Dinamarca), la Copa de Europa se reveló como la nueva creencia pan y pacificadora, el hermanamiento a través del deporte que cierra las venas abiertas de Europa (Galeano siempre inspira). Su formato hasta la temporada 1991/92 fue desafiante, estilo cúpula del trueno: sólo campeones y entran dos y sale uno, en cruces a ida y vuelta hasta la final a partido único o repetido y no necesariamente en campo neutral (Real Madrid-Fiorentina -1957-, Inter-Benfica -1965- y Roma-Liverpool -1984- así lo atestiguaron).

Esa prehistoria de la consolidación de la idea europeísta la dominó entre 1955 y 1960 con otro puño de hierro, ya asumible y no reprobable, el Real Madrid de Santiago Bernabéu en el despacho y Alfredo di Stéfano sobre el césped. Marcó la ruta de los pioneros, el liderazgo mundial de este deporte.

Se creó también en 1960 la Eurocopa de Naciones, trofeo en homenaje a otro dirigente francés, Henry Delaunay, ‘partenaire’ de su compatriota Jules Rimet en la creación de la Copa del Mundo de la FIFA (1930) y que luchó por el trofeo paneuropeo desde 1927 sin ver su obra concluida. Falleció antes del debut. La primera Eurocopa tuvo su sede final en Francia. El primer partido de clasificación fue en el estadio Lenin de Moscú entre la URSS y Hungría, cuyo 3-1 ya adelantó que los soviéticos eran los mejores, luego campeones en Paris y tras el episodio negro de la renuncia del franquismo a jugarse los cuartos, de final, con el oro de Moscú). También en 1960 llegó el primer duelo por la supremacía mundial en duelos a ida y vuelta entre el campeón suramericano y el europeo, la Copa Intercontinental (y otra vez Delaunay tras la sombra de la idea), ahora degenerada en el mal llamado Mundial de clubes.

Es decir, y por centrar el tiro, que el fútbol ha ido adelantándose a la realidad social y económica de sus diferentes épocas, por lo que el siguiente paso parece evidente. Tal y como nació el euro de nuestras actuales desdichas en 2002, pronto podrá emerger la verdadera Liga europea de clubes, la que marque la agenda y la preferencia en el calendario y no los duelos ligueros desiguales entre potencias contra desguaces.

Dar con el formato no será fácil y puede quedar abierto el debate de las múltiples posibilidades. Como crear dos divisiones europeas (o tres) y hasta combinarlas con partidos de ligas domésticas reducidas si fuera a una sola vuelta. Ascensos y descensos, campeones y premios económicos multiplicados como gancho para seguir viendo fútbol ‘non-stop’ todos los días de la semana y en cualquier idioma. A fin de cuentas, el balompié de hoy es una torre de Babel en cada vestuario.

Los ejemplos, siempre injustos porque se basan en una suposición y están construidos sobre el renombre del presente y pasado, nos podrían llevar a imaginar dos divisiones así de potentes:

Primera División

Real Madrid

Barcelona

Manchester United

Chelsea

Milan

Juventus

Bayern

Schalke 04

Ajax

Oporto

O. Lyon

Celtic

Olympiakos

Zenit St. Petersburgo

Dínamo Kiev

Anderlecht

Galatasaray

Estrella Roja

Basilea

Steaua

Segunda División

Valencia

Atlético de Madrid

Arsenal

Liverpool

Inter

Nápoles

Borussia Dortmund

Bayer Leverkusen

PSV Eindhoven

Benfica

O. Marsella

Rangers

Panathinaikos

CSKA Moscú

Shakhtar Donetsk

Austria Viena

Fenerbahce

Copenhague

IFK Göteborg

CSKA Sofía

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