Perder para volver a ganar
Se esfumó la Liga en el Reyno de Navarra
Partido trampa el de Osasuna, condiciones climáticas adversas propias de un invierno traicionero, rival complicado con ánimo de venganza por el KO copero y centrado en sus labores y obligaciones, bajas sensibles y miedo por parte de Guardiola a quemar las piezas restantes atendiendo a un calendario hostil que amenaza y crea incertidumbre. Conclusión de todo ello, derrota en Pamplona y la cuarta Liga consecutiva que se esfuma de manera irremediable dejando a Johan Cruyff como único padre de ese hito en la historia culé.
El Barça salió al Reyno de Navarra helado, combinando de forma cómplice y haciendo juego con el dañado estado del césped pamplonica. Guardiola, haciendo complicados malabares entre los disponibles, los tocados y lo que se viene, presentó un centro del campo tan ignoto como arriesgado (Mascherano-Thiago-Sergi Roberto). El pajareo-wakeo defensivo, con Piqué nuevamente a la cabeza del desacierto, la falta de intensidad alarmante del grupo y la mala carburación de la medular motivaron de forma extrañamente natural que cuando el once culé se quiso meter en el partido, el árbitro ya indicara el camino de los vestuarios y el electrónico reflejaba un 2-0 que daba jaque a la Liga. Osasuna había jugado mejor, demostrando de forma tangible que la calidad solo impera y marca diferencias a igualdad de ambición y carácter.
El Barça, bronca mediante imagino, se reactivó en la segunda parte. Consciente de la mala imagen ofrecida en el primer acto, los enérgicos y talentosos Cuenca y Tello entraron tras la reanudación y brindaron de automatismos reconocibles a un Barça que abrió las bandas, sacó el orgullo y presentó otra cara buscando una reacción tan necesaria como tardía. Nada en la primera, todo en la segunda. Bipolaridad arriesgada. Impredecibles consecuencias. Al final, derrota dolorosa que alguno tachará de injusta atendiendo a las ocasiones marradas en la segunda parte, al gran desempeño del arquero local Andrés Fernández y alguna decisión arbitral más o menos polémica, que en absoluto sirve para excusar una derrota que brinda en bandeja una Liga ansiada y buscada por el Real Madrid, una liga que merece por su regularidad y por su constancia. Jaque mate en el torneo de la regularidad para un equipo que precisamente tenía en la regularidad su mayor virtud. Toca levantarse y mirar al frente. La grandeza no se pierde por 45 minutos.
Con la resaca del domingo, algún culé confía aún en poder remontar la diferencia, osados admirables que dignifican este deporte. Otros, como el que firma, dan por finiquitado el campeonato liguero y felicita al futuro campeón. No queda más. La derrota humaniza y te ayuda a saborear más y mejor la nueva victoria. Lo único bueno de perder, es que el ganar vuelve a cobrar sentido. Una Copa del Rey y una Champions League aguardan.

