Los hijos perdidos de Bosnia
Emigraron y triunfan en otras selecciones
Los conflictos bélicos tienen muchas consecuencias y la mayoría no se ven hasta años más tarde. El deporte es una de las partes del tejido social que más sufre cuando la sociedad se rompe y, por ello, es de lo que más cuesta reconstruir. Los conflictos en los Balcanes de los años 90 acabaron dejando fuera de competición a toda una generación de deportistas de la antigua Yugoslavia, una potencia a nivel internacional. Tuvieron que dejar los entrenamientos, emigrar o, en el peor de sus casos, perdieron su vida.
Con el nacimiento de las nuevas repúblicas, el sentimiento nacional vio en el deporte un aliado, pero toda una generación se había perdido y había que empezar de cero. Serbia, Croacia y Eslovenia han podido remontar el vuelo criando nuevas estrellas y, en el caso más concreto del fútbol, han vivido buenas épocas desde la guerra. Sin embargo, la zona más castigada por el ruido de las balas, Bosnia-Herzegovina, sigue hoy pagando las consecuencias. Muchas familias tuvieron que emigrar cuando estalló el conflicto y sus hijos triunfan para otras selecciones.

El fútbol bosnio es el 'hermano pobre' de los Balcanes. Todavía no ha encontrado su sitio y la emigración es el principal culpable. Los casos de Gavranovic, extremo del Schalcke 04, Rakitic, mediocentro del Sevilla, o Marko Marin, mediapunta del Werder Bremen, son sólo los más notables. Sus familias emigraron cuando ellos apenas habían nacido. Algunos incluso estaban todavía en gestación y nacieron en los países de acogida de sus padres.
Conocen Bosnia por sus vacaciones, tienen a la gran mayoría de su familia allí, en su pasaporte figura la doble nacionalidad. Sin embargo, la inmensa mayoría prefiere jugar para la selección del país donde ha crecido como futbolista. Marin, a pesar de haber nacido en Gradiska (en la zona serbia de Bosnia) es internacional con Alemania y ya ha debutado con el combinado absoluto. Gavranovic nació en Suiza y defiende sus colores; mientras, en Bosnia se llevan las manos a la cabeza por haber dejado pasar la oportunidad de tener a algunos de los mejores jóvenes de Europa en sus filas.

Hay casos que cuesta entender. El sevillista Rakitic nació en Suiza, de padres bosnios y juega en Croacia. Mladen Petric, delantero del Hamburgo, nació en Bosnia, emigró con su familia a Suiza, y defiende también a Croacia. El defensa del Borussia Dortmund Neven Subotic, que nació en la región bosnia de Banja Luka y se fue con su familia bien pequeño a Alemania para acabar en norteamérica, eligió la selección de Radomir Antic de entre las tres con las que podía competir (Bosnia, Estados Unidos y Serbia). Tomó la decisión, en la que pesó mucho tener antecedentes serbios, tras hablar con el seleccionador serbio, quien le prometió un papel importante en el equipo.
Esa es la principal queja del fútbol bosnio. Denuncian la actitud torticera y mercantilista de sus vecinos croatas y serbios, y les acusan de poco menos que de robarles los jugadores. Los medios bosnios no se explican cómo el seleccionador Slaven Bilic no ha ido ni una sola vez a visitar a Rakiitc, a Gavranovic o a Asmir Begovic, portero del Stoke City, que juega por Canadá. El orgullo bosnio impide que estas cosas se traten con naturalidad y hay quien entiende en la Federación Bosnia de Fútbol que deberían ser los jugadores quienes lo dejaran todo para jugar con su "patria".
El ex seleccionador nacional y actual técnico de la selección olímpica china Ciro Blazevic ya denunció hace unos años lo que él consideraba un mal endémico de la sociedad bosnia. "Hay miedo al fracaso" y los jugadores prefieren jugar para otros equipos en los que no se jueguen tanto.

Es la decisión que han tomado Gavranovic, Petric, Rakitic, Marin, Subotic, Begovic y muchos jugadores más, como Gregory Sertic, que despunta en el Girondins de Burdeos y juega con la sub 21 francesa. Son niños de la guerra. Emigrantes que dejaron su país y el de su familia y que hoy se han integrado en otra sociedad y en otro fútbol. Su tierra les reclama, pero sin darles más que amor incondicional. Difícil tendrá Bosnia-Herzegovina convertirse en algo grande con esta sangría.

