Champions League: El Barça dice adiós a su ilusión

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No siempre se gana en el fútbol, eso está más que claro. La hiel de la derrota se hace presente inclementemente como cualquier otra circunstancia. El tema es que no siempre es fácil digerirla. Y cuesta mucho más hacerlo cuando vienes de ganar todo. Pero es así, verdad número uno de este deporte: se gana y se pierde. Ayer al Barça le tocó perder. No lo tenía para nada fácil de antemano y tampoco lo tuvo a medida que el reloj fue comiéndose los minutos. Enfrente, por supuesto, estuvo un gran equipo, que usó las armas que más le convenían para no pasar tantas zozobras. Y allí está el Inter, después de qué sé yo cuanto tiempo, en una final de Champions League, saliendo vivo de un Camp Nou en el que se sintió más cómodo de lo que esperaba.

El partido comenzó con un guión lógico. Una posesión de balón abrumadora por parte del FC Barcelona, pero sin la profundidad necesaria como para llegar a molestar a Julio Cesar. El entramado defensivo que montó Guus Hiddink durante la semis del pasado año tuvo su culminación en este partido del Camp Nou. Abroquelado casi como un pack de rugby, el Inter ni siquiera especulaba con lanzar alguna que otra contra. Mientras el cero no se moviera de su portería, que corran los minutos.

El perfecto cerco defensivo -autobus, que le dicen- del Inter se sentía cada vez más cómodo ante un Barça que sabía mejor que nadie acerca de a quien le corría la responsabilidad de llevar el peso del partido. Y no supo cómo. Porque, a pesar de todo, los neroazzurri permitieron algunas licencias, sobre todo con un Xavi que condujo el balón mucho más de lo esperado, pero sin capacidad gravitatoria. El primer tiempo del encuentro ya se había ido -polémica expulsión mediante; pecó de pardillo Motta- con un cero rotundo en ambas porterías. Y con pocas, poquísimas situaciones de gol por parte de un Barça que estuvo espeso en la conducción y previsible en ofensiva.

El terreno cada vez se le hacía más apetecible al Inter. Los de Guardiola no le encontraban la vuelta de ninguna forma. Y es que, está clarísimo, no hay que echarle la culpa a los recursos ofrecidos por los pupilos de Mourinho. Es que este Barça, que se ha encontrado mil y una veces con planteamientos similares -poniéndolos de rodillas en tantas otras-, nunca supo encontrar los caminos para vulnerar a su rival, quedando bastante lejos aquella superlativa versión que viéramos en los primeros quince minutos del Emirates.

Los minutos corrían y corrían y el resultado se hacía cada vez más imposible, el Barça ya no podía mental ni física ni, sobre todo, futbolísticamente con el efectivo dispositivo de su rival, bilardista hasta el hartazgo. Messi estaba completamente absorbido por el tandem compatriota de Zanetti-Cambiasso-Samuel (magistral eliminatoria la del trío). Sólo quedó apelar a la desesperada. Jeffren y Bojan en césped, Henry viendo como su ¿última oportunidad? como blaugrana se esfumaba y Piqué de 9. Lo del central culé merece un capítulo aparte: en su juego, en su espíritu, en su estirpe, en sus cojones, en su exquisita definición en el único tanto del partido... Lo de ese muchacho va en serio, demasiado en serio.

Un De Bleckeree al que le quedó demasiado grande el partido pitó el final y, con él, la caída de un equipo que parecía francamente invencible. El Inter está en la final de la Champions League gracias al enorme partido que hizo en San Siro (donde fue un más que justo vencedor) y tiró de oficio, competitividad y un excelso entramado defensivo para no irse derrotado en la vuelta. Seguramente si hubiese caído un gol más, algo totalmente probable, las crónicas hubiesen sido muy distintas y las hostias le estarían cayendo a Mou por los cuatro costados. Pero esto es lo que hay, que no es poco. La historia neroazzurra merece quitarse un poco de la mala espina, aunque sus argumentos no sean precisamente los más cercanos al espectáculo que nos gusta a todos. Eso sí, todavía falta un partido que, imagino, será bastante distinto a este que se ha visto sobre el césped del Camp Nou.

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