Champions League: el Barça hace historia en el Olímpico de Roma

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Nadie recordaba mejor el escenario de esta final que Pep Guardiola. Él mismo había sufrido en carne propia al Milan de Fabio Capello en el partido definitivo que había tenido su puesta en escena en el Olímpico de Roma. Pero el fútbol siempre da revancha, dice esa remanida pero totalmente cierta frase perteneciente ya a la historia oral de este deporte. Ya lejos de su posición de mediocentro pero manteniendo desde la banda la misma elegancia con la que poblaba la zona media, el de Sant Fedor consiguió lo que sólo los elegidos tienen a su disposición: en su primera temporada como entrenador, siendo el líder fuera de campo del equipo de sus amores, pudo conquistar Liga, Copa del Rey y, ahora, la ansiada UEFA Champions League, la que tantas veces se le había negado al Fútbol Club Barcelona a lo largo de la historia. "Messi vs. Cristiano Ronaldo", se encargaron de polemizar aburridamente los medios. "La final soñada", señalaron otros tantos. Manchester United y Barça. Un verdadero partidazo de fútbol, digno de una final de estas magnitudes, decimos desde aquí. Y con un campeón que se impuso sin ningún tipo de discusiones.

El partido comenzó con un ritmo trepidante de parte del Manchester United. Cristiano Ronaldo campaba a sus anchas en esos minutos iniciales y el Barça no conseguía hacerse con el cuero, su arma principal tanto para atacar como para defender. El luso tuvo algunas claras situaciones ante una defensa improvisada por las bajas y que no conseguía hacer pie. Pero los de Guardiola no se desesperaron y a la primera de cambio, estuvo Samuel Eto'o para mandarla a las mallas. Así, casi tal cual que ante el Arsenal en 2006, el camerunés apareció para marcar el 1-0 tras una gran conducción del inconmensurable Iniesta. Otro equipo inglés y otro portero veterano lo volvían a padecer. El goleador africano buscaba de punta el primer poste y Van der Sar no llegaba a retener. El partido cambiaba su guión a partir de ese minuto 10. Había sido todo del Manchester United hasta el momento, pero en el fútbol no se gana por acumulación de llegadas y los goleadores son así, para seguir sumando lugares comunes a esta crónica.

A partir de ese momento, todo cambió sobre el césped romano. El Barça, ya mucho más tranquilo y con ese aluvión inicial del United superado, logró controlar la pelota, hacerla rotar y también generar daño futbolístico y golpe anímico en un rival que se encontraba extraviado. Anderson y Park no lograban hacerse pesar en el medio, C. Ronaldo se difuminaba y Rooney, demasiado escorado, no lograba vulnerar ni a un Puyol inquebrantable ni tampoco a un correcto Sylvinho, de acuerdo por donde se moviera. El partido estaba en manos de los de Guardiola y ellos mejor que nadie sabían que ahora la final estaba encaminada si la disputaban con inteligencia. E inteligencia le sobró al equipo culé en el resto de ese acto inicial. Sin renunciar a su estilo, sin dejar de atacar a su rival, sin importarle lo que propusieran de ahí en más, el Barcelona tomó el toro por las astas y minimizó a un Manchester que en ningún momento encontró los caminos exactos para flagelar a Victor Valdés.

El segundo tiempo imponía un cambio de guión para los de Sir Alex. Y el viejo lobo escocés hizo lo que quizás debió haber puesto en práctica desde el minuto cero: mandar a Carlos Tévez al campo de juego. Aún así, quien dominaba -y lo hacía llegando hasta la portería rival con peligro- eran los de Guardiola, dueños de la iniciativa, el balón y las oportunidades. Pero nuevamente aparecía la sensación de deja vu de alguno de los tantos casos similares que se han planteado en este clase de partidos: al que no logra definirlo a tiempo, el encuentro se le puede ir de las manos. Pero no hubo tiempo para flashbacks ni lamentos. Apareció un centro milimétrico de Xavi y Lionel Messi se elevó como si fuera Luca Toni para cambiarle el poste a Van der Sar. 2-0 y un equipo que se sabía campeón, por un lado, y otro derrotado anímicamente, por el otro. De ahí en más, sólo fue cuestión de tiempo, dejar que el reloj corriera y mantener el balón lo más lejos de Valdés posible. Ni la presencia de Scholes y Berbatov pudieron revertir una historia que estaba encaminada desde ese plot point del minuto 10. El Barça era campeón de Europa por tercera vez. Y lo era de manera indiscutida. Si contra el Chelsea tuvo que apelar al corazón y un poco a la suerte, ahora nada de eso hizo falta. Fútbol puro para destrozar a un Manchester desconocido.

Si bien en la previa el Manchester United, sobre todo empujado por su sólido colectivo y el peso de algunas individualidades, aparecía levemente como favorito, en el césped se terminó de demostrar lo contrario. Si algo le faltaba a este enorme equipo de Guardiola para rubricar su condición de mejor conjunto del mundo, era triunfar en este partido. Hasta tal punto que cuesta encontrar jugadores destacados por sobre el resto de sus compañeros en esta final inolvidable para el barcelonismo. Valdés estuvo ahí cuando se lo requirió, Puyol volvió a exhibir su mejor versión (incluso supliendo a un determinante en el colectivo como lo es Dani Alves), Touré jugó de central como si fuera su posición habitual y Piqué, que decir de Piqué... El chaval está encaminado a ser uno de los mejores defensores del mundo a poco andar. A Busquets no le pesó tener que ser titular en una final de Champions en su primer ejercicio profesional y ni falta ya que hace elogiar a Iniesta, Xavi, Messi, Eto'o y hasta un Henry que lo dio todo, incluso cuando su condición física estaba evidentemente mermada. Todos jugaron un partido perfecto, a la altura de lo que requerían estas circunstancias.

Todos sabemos que para ganar en el fútbol pueden existir múltiples caminos. Pero hoy el fútbol sonríe. Aquellos que nos sentamos a ver un partido de fútbol con la esperanza de ver espectáculo, la esencia original de este deporte, hoy no podemos sentirnos defraudados. No solamente hemos presenciado una gran final, sino que además, disfrutamos de dos equipos que todo el tiempo pensaron en la portería de enfrente, uno con más éxito que el otro, pero ambos intentando vencer con sus propios estilos a cuestas y sin especular con los errores rivales ni metiendo 10 jugadores por delante del portero. Así da gusto.

Londres, París y ahora Roma. Tres de las más importantes ciudades del mundo oficiaron de escenario para que el Barça fuera campeón de Europa. Un equipo que se mete en la historia por ser el primer español en conquistar un triplete. Y con un entrenador debutante, que no sólo contagió sus ínfulas y toda su capacidad motivadora a sus dirigidos, sino que también les impartió todos los conceptos futbolísticos necesarios como para que este equipo no solamente consiguiera resultados, sino que además ofreciera buen juego. Era justo para Pep Guardiola, el mismo que hace 15 años padeció a Boban, Savicevic y Massaro, el mismo que se tuvo que ir cabizbajo de este mismo estadio desde donde, hace un rato nomás, se fue con la frente bien alta y una sonrisa dibujada en su rostro. No era para menos, estaba dejando su indeleble sello en una de las tantas memorables páginas que la enciclopedia del fútbol dejará para las generaciones posteriores.

LA APUESTA del día

Fenerbahçe y Kayserispor jugarán mañana viernes, 20 de marzo de 2020, su encuentro correspondiente a la jornada 27 de la Superliga de Turquía

 

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