Ramón Calderón: preso de la adicción al poder
Los sistemas de gobierno democráticos que existen en el mundo parten de una premisa. Y esa es aquella que dice que el pueblo gobierna a través de sus representantes. Algo similar sucede en los clubes de fútbol en los cuales la masa societaria escoge a sus autoridades. Se supone que el votante, a través de las urnas, elige a la persona más idonea de cara a sus pretensiones de futuro para la institución. Así es como hay proyectos, plataformas eleccionarias y una idea final que es la que hace que el votante se acerque hacia una u otra propuesta. Y así llegó Ramón Calderón -por medio de unas más que polémicas elecciones, sí- a la presidencia del Real Madrid. Aunque, claro está, lo que parecían iban a ser las cosas en un primer momento, no se están dando tal cual todos lo pensaban.
En estos últimos días no han parado de llover escándalos que no hacen más que terminar de debilitar una ya de por sí enclenque imagen del presidente madridista. La investigación de Marca acerca del fraude en la asamblea es una de ellas (aunque hay que tener cuidado con esta clase de publicación en un medio tan importante; primero hay que pensar en los intereses que hay detrás de todo esto). También lo publicado por Interviú, que no haría más que confirmar que, efectivamente, Calderón y Mijatovic pagaban fichajes con sobreprecios evidentes se agrega a la lista de manchas a esta gestión. Pero también hay que remontarse un poco atrás para continuar enumerando puntos negros.
Ramón Calderón llegó con la idea de devolver al Real Madrid un poco del fútbol espectáculo que le ha gustado presenciar históricamente. Pero jamás logró terminar por definirlo deportivamente. Y es que cuando parecía que se podía llegar a ver a la mejor versión del equipo "merengue" en estos últimos años, su política de fichajes terminó por destruir las intenciones que existían. Dejó marchar a un jugador determinante (Robinho) y se obsesionó con el fichaje de otro que nunca terminó por llegar. El míster que había conseguido el bicampeonato ya no está en el banquillo. Y en su sitio se encuentra un posible proyecto naciente, pero no el que pudo haber sido.
Si bien no puede negarse que ha tenido algunos éxitos deportivos su gestión y también varios aciertos en materia de fichajes, el debe sigue siendo superior al haber. Pensar en un presidente que ha intentado favorecerse personalmente pagando sobreprecios por jugadores que habían -teóricamente- sido ofrecidos por menos cantidad o que ha puesto a dedo a un socio del Atleti a votar a su favor en una asamblea de socios compromisarios, deja cualquier logro reducido a poco. Y ni siquiera se ha hecho mención al fichaje de dos jugadores "que puedan jugar Champions" ignorando una normativa UEFA, hablando de un grado de improvisación e incapacidad gubernamental evidente, ni tampoco de la debilitación que está sufriendo el Real Madrid a nivel europeo y global. Lo cierto es que cuando se demuestra impericia a la hora de manejar las riendas de un club y, peor aún, se lo usa a este para asuntos personales, lo lógico -y digno- sería dar un paso al costado.
De todos modos, hace escasos minutos Calderón acaba de anunciar que no dimitirá y que pagarán los platos rotos por el escándalo de la asamblea fraudulenta dos empleados del club. Y es que estar sentado en un sitio de poder genera adicción. Está claro que el poder (y todo lo que conlleva, claro está) es adictivo y es capaz de corromper hasta a una piedra. Y al fin y al cabo, Calderón no es tan distinto a esas aves rapaces que son el 90% de los dirigentes del fútbol. El presidente del Real Madrid no quiere despegarse de su silla, se aferra fuertemente a ella aunque sabe que ese sitio ya no debería corresponderle. ¿Cuánto tiempo más podrá sostenerse?
