La Liga hace historia: Ecuador ya tiene un campeón

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Emocionante, vibrante, tenso hasta el último momento. No hay otra manera de definir una final que se jugó como se deben jugar las finales: a puro alto voltaje. La Liga Deportiva Universitaria de Quito, Ecuador, y el Fluminense de Río de Janeiro, Brasil, nos regalaron a todos los que nos quedamos hasta altas horas de la noche un auténtico partido de fútbol, en donde nadie se guardó nada y en donde, por supuesto, hubo un campeón. Y este fue la Liga, el equipo dirigido por el argentino Edgardo Bauza, el que había sido el mejor conjunto a lo largo del torneo. Pero para llegar a estas instancias mucho tuvo que sufrir, por cierto. El engañoso 4-2 de la ida de repente se vio hecho añicos. Y los más de 90.000 individuos que poblaban el mítico Maracaná se transformaban poco a poco en un colectivo tricolor que parecía el abominable hombre de las nieves dispuesto a devorarse a los de camiseta blanca. Pero no pudieron. Y así es como Ecuador consiguió subir a lo más alto de América, al Monte Aconcagua de las competiciones de dicho continente, por primera vez en su historia.

Los primeros 15 minutos de encuentro fueron toda una declaración de principios. Defensas abiertas, descuidadas, un mediocampo que era una auténtica zona liberada y un equipo, el tricolor, dispuesto a revertir lo antes posible esos dos goles de diferencia (exiguos, por cierto) que se había llevado de la Casa Blanca de Quito. Ahí, al comienzo nomás, Washington contó con una ocasión de oro para lograr una rápida renta. Pero una combinación entre las dos armas letales de los albos fue la que abrió el partido. De Joffre Guerrón a Luis Bolaños, de extremo derecho a extremo izquierdo y a cobrar se ha dicho. El 5-2 que se implantaba en el global parecía dejar todo sentenciado y, a su vez, poner en su lugar las cosas por las situaciones dilapidadas en el cotejo de ida. Pero uno miraba el reloj y veía todo lo que faltaba aún de partido y de ninguna manera se animaba a dar por muerto a un equipo que estaba respaldado por un templo mítico del fútbol mundial atiborrado hasta la médula. Y Thiago Neves se encargaba en ese primer período de certificar en dos ocasiones la certeza de todos aquellos que dudaban del finiquito de la final. Primero fue un potente y esquinado zurdazo desde fuera del area. Luego una definición precisa tras un pase de Cícero. El MVP del Flu se encargaba de ponerle altas dosis de suspense a la final y prometía un segundo tiempo vibrante.

Ese 2-1 que llevaba a ambos equipos al descanso era más que justo. Todo lo bueno que se había visto de la Liga en los partidos de visita había quedado reducido a alguna que otra jugada aislada. Los nervios y la alteración en el sistema táctico (Bauza abandonó la línea de 3 defensores para ampliarla a 4, no dando resultados en absoluto desde la faz defensiva y debilitando en forma la contención en el medio) hicieron mella en los albos. Casi tanto como ese golazo de libre directo que el mismo Thiago Neves se encargaba de marcar apenas trascurridos 10 minutos de la etapa final. Quedaba mucha, muchísima tela por cortar y todo se iba a la prórroga con ese resultado. Ahora si, cualquiera podría decir que con tanto tiempo por delante, el Flu estaba en condiciones de ser campeón por vez primera y de manera categórica. Y ahí se me vino automáticamente a la mente esa escena de la enorme película "Cidade de Deus" en donde el malévolo Ze Pequeno se fastidia con su amigo Bené por haberle perdonado la vida a un malviviente de poca monta que luego terminaría ultimándolo a traición. "Si crías serpientes, en algún momento pueden morderte". Si la Liga le había mostrado piedad al Fluzao en la ida, ahora la situación se volvía a la inversa. Estaban a mano.

La prórroga estuvo francamente de más y, de paso, invita a reflexionar a las autoridades del fútbol mundial sobre la validez de la misma. Los jugadores estaban al borde de la extenuación y más de uno de ambos lados terminó jugando literalmente en una pierna, más arrastrándose por el césped que corriendo sobre él. La tanda de penaltis estaba señalada de antemano. Tal vez se podría haber evitado si el árbitro argentino Hector Baldassi convalidaba el auténtico gol que Claudio Bieler lograba a escasos minutos del final. Pero decretó fuera de juego a instancias de su asistente. 90.000 almas vibraban dentro del Maracaná con los colores del Fluzao; 2.500 lo hacían con el albo de la Liga; y todo un país esperaba, por fin, una consagración en la esquiva Libertadores por primera vez en la historia del fútbol del país del norte de Sudamérica.

Y en los penaltis cualquier cosa puede suceder. Allí pueden fallar los mejores del mundo (de hecho, varias veces así ha sucedido), allí pueden acertar los peores y hasta incluso un portero mediocre puede convertirse en figura relevante. Porque, hay que decirlo, Francisco Ceballos no está al nivel de un Iker, un Buffon y ni siquiera de un Paul Robinson. Pero el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo. Y ahí la experiencia fue crucial. Conversó con cada uno de los lanzadores, los amedrentó, se movió, tardó en ponerse en posición, hizo repetir el lanzamiento de Thiago Neves y, lo más importante, detuvo tres de los cuatro lanzamientos que los brasileños enviaron desde el fatídico punto. El golero del Flu solo pudo con uno, con el de Campos. En pleno corazón de Río se gestaba un nuevo Maracanazo. El de un equipo que había exhibido pergaminos necesarios y suficientes como para alzarse con la Copa Libertadores por primera vez en su historia, pero que había tenido que sufrir más de la cuenta para poder lograrlo. Y así es como se disfrutan el doble las conquistas.

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