Un par de guantes tuercen toda una nefasta historia

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Final de los 120 minutos de partido, el lamentable árbitro Herbert Fandel indicaba la conclusión del cotejo y en millones de personas la misma sensación comenzaba a bajar en forma de sudor frío por la espina dorsal. La historia volvía a poner a prueba a la selección española un día 22 de junio como tantas otras veces había sucedido. Era imposible para todos ellos dejar de pensar en lo que había sucedido en México, Alemania y Corea. No había forma de abstraerse de la imagen de la derrota en un día similar y una situación calcada. De poco importaba lo bien que España había sabido contener los atisbos de ataque italianos y la superioridad, no excesiva pero superioridad al fin, que los de Aragonés habían demostrado frente a esos de camiseta "azzurra". Pero no hay mal que dure cien años y la historia está hecha para que los irreverentes desvíen su curso. De repente, así como si nada, lo que tenía toda la pinta de ser otra jornada trágica se convertía en un día histórico para España y para la mentalidad de las generaciones posteriores. En el día de ayer, un par de guantes rompían el maleficio.

No se presentaba nada fácil el cotejo de antemano. Es que, cuando estás enfrente de Italia en un cruce de eliminación directa, jugando al mata o muere, jamás se puede considerar a esta una parada sencilla. A competitividad sobre el terreno de juego, los trasalpinos están mandados a hacer. Pero esta España demostró una vez más, como lo viene haciendo a lo largo del torneo, que está para cosas grandes y que no le han pesado los desafíos difíciles. Los italianos salían al terreno de juego con un mediocampo que tenía que suplir las ausencias del talento Pirlo y el corazón Gattusso con hombres no menos importantes como podían serlo De Rossi o Aquilani. Toni, por más solo que estuviera en la ofensiva, sería amenaza y referencia permanente y, además, las defensas italianas se crecen cuando los desafíos son aún mayores. Por eso mismo, el primer tiempo fue de lucha y rigor. España tomó las riendas del cotejo, como era de esperar, pero Italia sabía que esto se presentaría de esa manera. De igual modo, la sensación era inequívoca: faltaba mucho de ambos lados para que el gol pudiera llegar. La batalla se libraba en el territorio medio, pero las áreas no eran protagonistas.

El segundo tiempo y toda la prórroga tuvo a España como dominadora sensible sobre Italia. Los de Donadoni no sabían como hacer para unir sus líneas y tratar de hilvanar una jugada decente para inquietar a Casillas. Pero también se mostraban lo suficientemente fuertes e invulnerables como para impedir a España lograr una conquista. Los del "Sabio de Hortaleza" crecieron puntualmente con el ingreso de Cesc y Cazorla, repitiendo el mismo doble cambio que ante Suecia. Xavi e Iniesta fuera y el peso del mando para el del Arsenal y el del Villarreal, que cuajaron un aceptable partido y dieron mayores ínfulas ofensivas y movilidad a la zona media. Silva tomaba el mando cuando el partido lo requería y el "Niño" tenía que volver a enseñarle al mundo su fastidio por no poder completar un partido que no quería perderse por nada. Y, a todo esto, la prórroga ya estaba a la vuelta de la esquina.

Por tercera vez en estos cuartos de final, un encuentro tenía que ser decidido en el tiempo extra. Y, malditamente, le tocaba a España hacerlo contra Italia en un fatídico 22 de junio. Todo en contra, podría sintetizarse. La prórroga transcurrió y el miedo a perder se acrecentaba desde ambos lados, aunque las fases de dominio seguían correspondiendo al juego español. Para ese entonces, los "azzurros" sabían perfectamente que doña fortuna suele acompañarlos en las situaciones in extremis y no veían la definición desde el punto de penalidad con malos ojos. ¿El peor partido de los cuartos de esta Euro? Es probable, pero poco importaba. Lo que esta Euro no ha entregado en juego en algunos cotejos, sabe reemplazarlo con emoción. España había plantado cara a la campeona del mundo, jugando a cara de perro y sin perder las esperanzas. Pero todavía faltaba el momento clave de la cuestión.

Y así es como llegaba el momento fatídico. Fandel decretaba la finalización del partido y la lotería de los penaltis, estaba escrito, iba a favorecer nuevamente a Italia, como de costumbre. Pero no, y repito: el curso de la historia sólo lo cambian los irreverentes. Y Villa, Cazorla, Senna y Fábregas no titubearon a la hora de enfrentar a un tamaño portero como lo es "Giggi" Buffón. Güiza sí lo hizo, pero no importó. Porque el par de guantes tocados por la varita mágica los tenía Iker Casillas, que necesitaba una actuación como estas, precisaba añadir a su palmarés de logros una cuota de heroísmo con la selección española. Preciso ante el fuerte remate de De Rossi y astuto para detener el de Di Natale, que tenía una cara de miedo tremenda antes de lanzar la bola. El 1 del Real Madrid lo hacía posible: atléticos, culés, valencianistas, sevillistas, béticos, madridistas, sportinguistas y periquitos, todos unidos celebrando por una misma causa sin importar sus colores filiales.

Ahora si, el momento llegó, una Rusia totalmente diferente a aquella del primer partido espera en semifinales. No será fácil ni mucho menos. Es más, creería que será bastante más arduo que lo ayer sucedido, al menos a nivel de juego. ¿Poco importa si no se llega hasta la final? No lo creo. Será imposible no sentir que la gesta quedó trunca después de semejante logro. Pero, de seguro, se ha dado para España un paso mucho más importante que el que los resultados enseñan. España logró imponerse en un encuentro en donde, sin lugar a dudas, no partía como favorito. Lo dictaba la historia, lo enumeraban las estadísticas, lo sentenciaba la suerte, que siempre había estado a favor de los "azzurros". Pero siempre hay un día para que las cosas cambien y den un giro radical, para que erradiquen esa escabrosa dimensión simbólica de los resultados que operaba en la mente de cualquiera que se calzaba la elástica rojigualda. España pudo superar a Italia y no se trata de un sueño ni de una fantasía. La selección de Luis Aragonés logró vencer a la de Donadoni, pero, mucho más importante, logró derrotar a sus propios fantasmas, esos que hacían su aparición obligatoria cada vez que la ibérica ponía un pie en los cuartos de final.

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