Turquía, la de los milagros

Se había lanzado la advertencia para toda la población otomana con problemas cardíacos. Este partido no era desde ningún punto de vista recomendable para ellos. "A aquellos que no puedan controlar su emoción les recomiendo que busquen otra forma de enterarse del resultado, sin tener que seguir el partido en televisión", les advirtió sabiamente el doctor Kirali, un especialista del Hospital Kosuyolu de Estambul. Incluso dobló la apuesta: "En todo caso, para aquellos enfermos del corazón que vayan a ver el partido a pesar de todas las contraindicaciones, les insto a seguirlo con una pastilla contra el infarto bajo la lengua para que puedan tomársela inmediatamente en caso de que les sobrevenga una crisis". Y no puedo evitar imaginarme ese fatídico (para los croatas) minuto 120 de partido y que se me aparezca en la mente la imagen de cientos de turcos deglutiendo esa píldora que llevaban de reparo por debajo de la lengua. Es que no fue para menos.
A priori, los pronósticos previos hablaban de una Croacia ampliamente favorita de cara a este choque. Los turcos, si bien habían arribado heroícamente a estas instancias, no habían demostrado el potencial de juego que sí los balcánicos habían desplegado sobre el césped. Modric había sido más que Arda Turan, Olic más que Nihat y Pranjic más que Hakan Balta. El colectivo croata todo, individualmente hablando, superaba de buenas a primeras al ímpetu de los del Bósforo. Pero los pronósticos previos muchas veces terminan hechos añicos y en el tacho de basura. Lo cierto es que Croacia no pudo imponer a lo largo de esos comienzos del partido toda su superioridad expuesta. Turquía dormía el partido, aplicaba el tránsito lento e instaba a aguardar una oportunidad agazapada. Los de Bilic, a pesar de contar con las mejores situaciones, veían como se iba la primera parte con el marcador en blanco.
La tónica de la segunda parte no fue muy distinta. Turquía no amenazaba mucho en ofensiva, pero Croacia tampoco lo hacía. Parecía que, de a poco, ambos equipos iban contentándose con el resultado y dejaban todo para dirimir en la prórroga. Recién se vio algo para rescatar de los turcos en los últimos 15 minutos del tiempo reglamentario, ahí, cuando siempre habían dado todo de sí en esta Euro. Y finalmente llegó el silbato de Rossetti para decretar el final del encuentro y el inicio de la prórroga, esos 30 minutos adicionales de fútbol en donde las piernas, la mente y el corazón están en un puño y cualquier cosa puede suceder.
Daba toda la sensación de que Turquía estaba mejor en esa prórroga. Movía mejor el balón, se acercaba más al área de Pletikosa, generaba infracciones y hasta se animaba por medio de un infatigable Tuncay y el ingresado Senturk. Pero el fútbol se tenía reservada una carta, la de la sorpresa. Rustu sale de su portería con las intenciones de birlarle un balón casi perdido a Modric. El "Cruyff" croata retrocedió, y la puso como con un guante a la cabeza de Klasnic. 1-0 para los croatas y ya iban 119 minutos de partido. Final, Croacia a las semifinales. Eso hubiese dicho cualquier bienaventurado que nunca tuvo la suerte de toparse con el corazón gigante de los de Terim. Imagino a cientos de periodistas en todo el mundo ya titulando la crónica y teniendo que retroceder en cuestión de segundos. Porque a Turquía no le gustan las cosas fáciles ni rendirse así como si nada. Y Rustu, con más intenciones con precisión, lanzó la última hacia el área balcánica. Un hombre turco ofición de arrasador y fallaron por primera vez en la noche los centrales croatas. El balón cayó justo a los pies de Semih Senturk, que se vistió de héroe y la estampó en la escuadra. Golazo. Un minuto después, Turquía lo había hecho de nuevo. El encuentro se iba a los penaltis milagrosamente, cuando los hinchas de la camiseta a cuadros ya estaban regodeándose con un nuevo partido ante los alemanes.
En cierto modo, estaba cantado que Turquía iba a vencer en los penaltis. ¿Qué jugador tiene el temple suficiente como para no sentir en el mentón semejante golpe? Más que golpe, fue un puñetazo digno de Muhammad Alí. Los otomanos apelaban a la épica una vez más y el fútbol les retribuía con un gol su enorme entrega. Y luego llegarían los disparos desde el punto fatídico, donde Modric, Rakitic y Petric demostraron que en ese momento la portería se hace más pequeña y el guardavallas se agiganta. No le pasó lo mismo a los turcos, que sabían en sus adentros que una oportunidad así no se les iba a volver a dar. Ahora a medirse con Alemania, el segundo hogar de los inmigrantes turcos. ¿Los teutones en la final? Muy probablemente, pero contra estos turcos nunca se sabe.
