Dos historias se dan cita en el City of Manchester

 

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El estadio de esos eternos segundones de elástica celeste llamados Manchester City (que dicho sea de paso es mi equipo mancuniano de preferencia) tendrá el orgullo para nada menor de tener que albergar en el día de hoy a la final del segundo certamen más importante dentro del continente europeo. Ese césped que históricamente ha sido escenario más de tristezas que de alegrías y el cual ha tenido que sufrir indolentemente las crecientes alegrías de su vecino de Old Trafford, será testigo de una final inédita de Copa UEFA, donde cualquiera sea el que la gane, será acreedor de ese torneo por primera vez. Pero, lo que es más importante, verá como se dirimen el título dos historias muy diferentes, dos maneras de concebir el fútbol, dos patrimonios e idiosincracias, ni más ni menos que dos equipos que son claramente distintos uno del otro. Y no solamente en el aspecto del juego.

Hablar de los Rangers de Glasgow, de los "gers", no solamente es hablar de uno de los clubes más importantes de su Escocia natal sino de todas las islas británicas. Pero también es hablar de un recorte particular del mundo en ojos de sus aficionados, de un lucha propia, de una manera de ser que va más allá de lo que es meramente un deporte. Ser del Rangers es pertenecer a la rama protestante escocesa, es tener sentimiento británico y no separatista, y también es ser parte de uno de los equipos más ganadores a nivel local que existan en el mundo, amén de seguir siendo un fiel representante en cuanto a fútbol de lo que sucede en su país. A diferencia de los integrantes de la Premier League, los Rangers siguen apostando firmemente por el componente nacional en la plantilla. Y eso se nota.

En un detalle para nada menor, puede decirse que el Rangers llega a la final como el auténtico villano de la película. Su juego es rácano por donde se lo mire, hasta miserable por momentos y la prensa ha decidido crucificar ese austero pero efectivo estilo de juego que el retornado entrenador Walter Smith le ha encomendado a sus pupilos. No hay grandes luminarias del lado azul, sino más bien veteranía, aplomo y mucho, mucho juego en equipo. Como muestra basta un botón: no ha sido escogido el mejor jugador de la liga escocesa un delantero goleador, un organizador de juego ni tampoco una extremo con tendencia al regate. Ha sido un central español llamado Carlos Cuéllar. De todos modos, y este tampoco es un detalle menor, hay un gran culpalbe de que el Rangers haya llegado a esta final como el señor avaro que viene a quedarse con los dulces de los niños.

Y si, claro. Ese culpable es el Zenit de San Petersburgo, ese ballet ruso que tanto ha deleitado a todo aquel que haya posado los ojos sobre sus compases, ese equipo multinacional, mucho más producto de estos tiempos mercantiles que corren que de los aires tradicionalistas y románticos que aún se respiran en el norte británico. Con una historia relativamente reciente, con un presente forjado a fuerza de petrodólares pero con un proyecto moldeado a pura inteligencia y buen gusto, los rusos han tomado un lugar que les pertenece para este presente ejercicio del balompié europeo: el de la máxima revelación continental de este año. Muchos podrán decir que a fuerza de billete cualquiera es bueno. Pero, esto inevitablemente lleva a preguntarme lo siguiente: ¿Cualquiera apuesta por un fútbol ofensivo, dinámico, sorpresivo y equilibrado en Europa del este? ¿Es tanto el dinero como el que gastan el Chelsea, el Madrid o el Arsenal año tras año? ¿Estamos hablando de que este equipo tiene a Ballacks, Van Persies, Messis o Robinhos? Todas las respuestas son no.

Aquellos magnates rusos de la ciudad que supo acoger a la creme de la creme de la Rusia zarista parece que han querido devolverle un poco de la alcurnia perdida a su ciudad. Por eso mismo están edificando un equipo que ya ha comenzado a dar sus frutos: campeón de la liga local, clasificados a Champions y ahora con la oportunidad más que certera de alzarse con el primer título europeo de su historia de elite relativamente breve, algo así como la de un "nuevo rico". Al igual que muchos otros pujantes conjuntos de la ex URSS, el Zenit ha optado por valerse de buenos elementos cercanos y también solicitar alguna ayuda externa. Así es como vemos a un holandés, un belga, un turco, dos coreanos, un checo, un croata, dos ucranianos. Pero varios rusos. ¡Y qué rusos! Es que tranquilamente podríamos decir que la base de buena parte de la selección que irá a la Euro de la mano del talismán Hiddink proviene de estas filas.

La mesa está servida y tan sólo es cuestión de aguardar el comienzo de esta apasionante final. No todos los días se enfrentan dos conjuntos de estas características, bastante poco habituados a situarse en este tipo de instancias y con muchas cuestiones que los alejan entre sí a simple vista. Pero el terreno de juego, los nervios, la expectativa y el vértigo del partido se encargarán de desdibujar esas diferencias. Ahí serán tan sólo 22 hombres divididos en dos equipos de 11, cada uno luchando por un mismo objetivo, como suele suceder en toda batalla. Allí se sabrá si ha primado el juego astuto de ese club tradicionalmente emblema de las islas británicas o si serán esos lúdicos novatos en las arenas europeas los que se quedan con este certamen, que ya ha visto como se tumbaban en el camino un heroíco equipo español, el campeón de la Bundesliga o el conjunto que está por dejar fuera de la próxima Champions al mismísimo Milan. Por suerte el fútbol todavía se permite ese tipo de paradojas.

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