Aires de esperanza en el templo de Craven Cottage

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Todo buen aficionado del fútbol que se precie de tal es hincha de un solo equipo. Eso no se discute. Nada de esas cuestiones insondables de ser un poco de cada uno. El corazón pertenece a un único amor y el resto son romances. Porque a esta infidelidad parcial nos lleva también el hecho de ser un poco enfermos del fútbol. Ya no nos alcanza con tener solamente un conjunto al que seguir sino que queremos más y más. Pero lo bueno que tiene toda esta segunda parte, en donde entramos en un estadío más conciente del fútbol, es que a esos affaires los escogemos racionalmente y por determinadas circunstancias. Así como somos hinchas de nuestro equipo del alma porque nuestro padre, tío, amigo, vecino o circunstancia por determinar nos hizo aficionados desde la niñez, de los demás lo somos por tal o cual jugador, porque nos gusta su estadio, su historia, su afición, su nombre o hasta la camiseta.

Así es como soy un poco hincha del Fulham. Digo un poco porque son varios equipos los ingleses que me gustan. A ver: Manchester City, Tottenham y Chelsea también me caen bien, por poner un más que contradictorio ejemplo. Pero lo del Fulham se debe sobre todo a ese nobilísimo estadio llamado Craven Cottage, uno de los últimos bastiones del romanticismo futbolístico, un auténtico palacio inglés de fines de siglo XIX con una arquitectura imposible de encontrar en el resto del mundo del balompié. Obviamente, este templo de la historia es el orgullo máximo de cualquier cottager que se precie de tal. Construído originalmente en el siglo XVIII, donde se utilizaba para deportes protofutbolísticos, su ornamenta original, con ese techo a dos aguas, las pintorescas chimeneas y ese graderío que parece recibir a seres de otros tiempos convierten al Craven Cottage en una postal atemporal, de un fútbol de antaño que se resiste a morir en los tiempos donde los estadios son cada vez más centros comerciales que otra cosa.

Se dice que por allí pasaron, entre otros, la Reina Victoria y Sir Arthur Conan Doyle (el de Sherlock Holmes). Pero ahora los tiempos son bien distintos para la entidad profesional más antigua (y probablemente más loser) de Londres. El magnate egipcio Mohammed Al-Fayed se hizo cargo de las numerosas deudas que tenían los whites, los llevó a la Premier League después de una gran cantidad de años, intentó llevar adelante un proyecto competitivo... pero luego prefirió seguir flirteando con bellas mujeres y no darle mucha importancia a eso de que era dueño de un club de fútbol. Así es como este año el Fulham estuvo por regresar a sus derroteros más habituales, ni más ni menos que a las divisiones de ascenso del fútbol inglés.

Pero los cottagers, que estaban virtualmente descendidos hasta no hace mucho, por los cuales nadie daba un duro y que tampoco cuentan con una plantilla maravillosa como para hacer frente a la permanencia lograron quedarse. Porque no podemos decir que sean precisamente estrellas los Litmanen, Christanval, McBride o Kasey Keller que pueblan las filas de los blancos londinenses. Pero aún así se han hecho responsables de estirar esa agonía para transformarla en goce. Tendrán, al menos, un año más en la que todos no dudan en calificar como la competición más atrayente dentro del contexto actual del fútbol internacional. Danny Murphy, aquel otrora jugador del Liverpool, se encargó de sellar la permanencia con un preciso testarazo que venció la portería del Portsmouth. Por fortuna: todos los equipos ingleses tendrán que pasearse alguna que otra vez más por ese maravilloso museo del fútbol que es Craven Cottage. Un estadio que se resiste a abandonar sus tradiciones históricas, a pesar de que ya cuenta con gradas donde los espectadores pueden estar sentados. Así es como el hipermercantilizado fútbol inglés, ese que cada vez deja más en segundo plano a sus producciones Made in England para completar sus bastiones con futbolistas foráneos, tendrá que citarse con su propia historia y sus propios fantasmas cada vez que pise el suelo del Craven Cottage.

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