"Sangre, sudor y lágrimas"

Eran tiempos cruciales para la Gran Bretaña circa 1940. Díficiles momentos para el conglomerado inglés, que se debatía ante la amenaza germánica en esa cruenta Segunda Guerra Mundial. Y así fue como llegó eso de "sangre, sudor y lágrimas", esa emblemática frase que supo acuñar Winston Churchill en aquel complicado momento, cuando el célebre Primer Ministro se encontraba dando un discurso ante la Cámara de los Comunes. "Es todo lo que tengo para ofrecer", dijo el mandatario. Demás está decir, esa sentencia terminó siendo carne de cañón y elección obligatoria ante cualquier momento que ameritara su uso. Y existen aquellos que la emplean para todo esfuerzo descomunal. Y por eso mismo es que en el fútbol se la ve tan seguido. Porque este deporte tiene esos momentos de batalla épica en los que se desdibuja, abandona por un lapso el hecho de ser una mera contienda entre dos equipos y traspola, como es lógico, muchos de los aspectos de "la vida real". ¿O el fútbol también es "la vida real" además de un espacio de fantasía?.

El Zaragoza ayer lo había intentado por todos los frentes posibles. De cabeza, de larga distancia, dentro del área... Pero no entraba, el balón no entraba, como tantas veces suele ocurrir. ¿Vieron cuando uno está frente a un partido y da la sensación de que pueden estar chutando a puerta durante varios días sin convertir un gol? Algo así. Y todo arribó de la forma menos esperada. Un centro llovido al área de Matuzalem no parecía llevar demasiado riesgo para la portería. Pero Aouate se encargó de devolverle un poco de suerte a los maños y dejó que el balón caiga. Y así llegó el empujoncito final que le hacía falta al balón para que, por fin, vulnerara la línea de gol. Era el minuto 94 del partido.

Y de repente vimos como un veterano de mil batallas, un marcador central que ha hecho carne corpórea eso de vivir el fútbol hasta el último suspiro, tenía su rostro repleto de emoción. Hubo sangre, hubo sudor y faltaban las lágrimas. Y la justicia, por supuesto. De ambas se encargó Roberto Fabián Ayala en su emocionadísima celebración. Llegaron las lágrimas que no pudo evitar soltar cual niño ante tamaña gesta y llegó la justicia por cómo se había dado el trámite del partido. Si el Zaragoza, un equipo pensado para disputar la Champions League pero que se encuentra peligrosamente situado en los puestos del abismo, por fin logra su permanencia muchos se acordarán de lo crucial de este gol, el que Ayala marcó a puerta vacía, estirando así la agonía propia para convertirla en una posibilidad certera de resurrección.

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