"There's a cloud over Liverpool"

Y, finalmente, los fantasmas no existen. Existen los propios, esos que allegados a la memoria sobrevuelan los campos de juego, fantasmas de otros tiempos, espíritus en busca de redención por las glorias no conseguidas de antaño. Pero los que realmente importaban que no se hagan carne corporal en esta noche para el Chelsea no dieron síntomas de aparición. Me refiero particularmente a esos que sí habían aparecido en las anteriores oportunidades que estos dos equipos se tuvieron que ver las caras. Los "Blues" se disfrazaron de exorcistas y expulsaron a esas malas ánimas que los habían condenado a quedarse sin nada cada vez que se habían enfrentado por Champions League a estos rojos de las orillas del río Mersey.

Por suerte, no se dio lo que yo esperaba. Tal vez por la necesidad del Liverpool de encontrar un gol desde el comienzo, tal vez envalentonados los azules por el rugir de su propio estadio. Lo cierto es que no esperaba encontrarme con demasiadas emociones. Pero los dos equipos se brindaron de cuerpo entero a regalarnos un espectáculo, un partido inusual para estas instancias de la Liga de Campeones. Fue un rato para cada uno. Al Chelsea le correspondió ser el mejor en la primera etapa, nuevamente con un Drogba sobresaliente y todo un trabajo de equipo que sintió que debían reivindicarse de lo sucedido en Liverpool. Habían tenido suerte con ese gol de Riise, si. Pero hoy demostraron a las claras de que podían dar más. Mucho más.

Y el segundo acto, claro está, correspondió para el Liverpool. Un Liverpool que no fue el de Anfield Road, pero que supo suplir su falta de profundidad en el toque con entrega y arrestos individuales. Justamente en un de estos últimos llegó el empate, gracias a una gran escalada de Benayoun y una buena definición de Fernando Torres, que veía como, por fin, podía paliar las ocasiones marradas en la ida. Nada más ni nada menos, se trataba del que llevaba a la prórroga. El gol de los fantasmas que volvían a sobrevolar Stamford, el gol que llenaba de nerviosismo a propios y extraños.

Me imagino que a más de uno se le vino a la mente aquel partido del Getafe ante el Bayern y del peso histórico que tiene la experiencia en este tipo de contiendas. Pero llegaron el gol bien anulado a Essien, la emotividad pura y dura de Lampard y, cuando no, el instinto depredador de Drogba. Sé que más de uno pudo haber pensado que en esos tres minutos fatídicos que continuaron al gol de Babel cualquier cosa pudo haber pasado. Un cabezazo de Kuyt, un zapatazo de Alonso, una corajeada de Gerrard. Pero nada de eso sucedió. Y ahí aparecieron los buenos espíritus, los propios, esos que buscan redención por las glorias no obtenidas. Porque el Chelsea será un club más que tradicional dentro de Londres; un club de estirpe, de high society, un club totalmente cool en ciertos aspectos. Pero también es, indudablemente, un club bastante loser.

Así es que por un momento nos pareció a todos ver al espíritu del finísimo Peter Osgood sobrevolar Stamford Bridge, nos imaginamos la cara de felicidad de Paul Weller levantando su pinta de brown ale en señal de victoria, sentimos el regocijo interior del gran Edward Ball (primer músico en haber sido difundido a través de la pantalla electrónica del estadio blue) cuando el correcto Roberto Rossetti anunciaba el final de un encuentro que quedará grabado en las retinas de más de uno. Y así se redimieron los tiempos en los que los Zola, Gullit o Vialli ya venidos a menos no pudieron siquiera llegar a disputar. El Chelsea, ese equipo azul, de aficionados tan enfervorizados como caótico, ese club de alta alcurnia, el de los petrodólares, el de las frustraciones europeas de Mourinho, se metía por primera vez en su historia en una final de la Copa de Europa.

Y me imposible no pensar nuevamente en Edward Ball, más precisamente en una de sus máximas creaciones. "There's a cloud over Liverpool", narraba una genial canción de su autoría, interpretada por su aún más maravilloso grupo llamado The Times. Y no podía ser más cierto: las nubes reales, las que transformaron ese campo de juego en un lodazal estaban sobre la eternamente gris Londres. Pero las otras, las intangibles, las que duelen, se situaban sobre la ciudad de The Beatles y Julian Cope. Es que, aunque parezca mentira, los "reds" de Rafa Benítez, esos que meten miedo cuando saben que se están jugando el hecho de abrazar la "orejona", tendrán que ver la final por TV.

[video:http://www.youtube.com/watch?v=gSxmf9Mc_ac]

Artículos destacados

Comentarios recientes