Mirando el horizonte en busca de tiempos de cambio

 

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C'est fini. Final del sueño blaugrana de acceder a la final de Moscú. El gol que realizó ese sempiterno jugador llamado Paul Scholes fue imposible de remontar para el Fútbol Club Barcelona y ahora tendrá que decir adiós a una temporada para el olvido. Curiosa situación la de este Barça: había fichado -en apariencias- bien, hasta hace algunas semanas estaba vigente en las tres competiciones que tenía por delante y, a pesar del buen juego pretendido que jamás se hizo presente, las posibilidades estaban más que intactas. Pero, por más remanido que suene, así es el fútbol. Hoy se queda con la cara de tonto, sin el pan y sin la torta. Sin la más mínima posibilidad siquiera de alzarse con un galardón. Y es que, para ser sinceros, tampoco lo mereció en ningún momento.

Podremos decir que dominó el balón a lo largo de toda la serie, que incluso no fue superado raudamente en ningún tramo por el Manchester United o que hasta, quizás, sea algo injusta esta eliminación de Champions. Pero lo cierto es que el equipo comandado por Frank Rijkaard en ningún momento supo como resolver ese rompecabezas que Alex Ferguson le planteó a lo largo de ese partido extenso que duró 180 minutos. Sencillo: en esta clase de cotejos, casi de ajedrez, gana el que comete menos errores y el que suele resolver de manera oportuna las pocas chances que se presentan. Y el Manchester no cometió ningún error, o al menos supo disimular muy bien los suyos. Pero el Barça no. Un infantil rechace al centro de Zambrotta (curioso en un jugador italiano) le permitió hacer magia a ese coloradito eterno, buque insignia y nave nodriza de los rojos de Ferguson. Ese jugador silencioso, al igual que Ryan Giggs, no tan proclive a hablar y salir en los medios, fue el encargado de sentenciar el cotejo con un disparo maravilloso, imparable. Algo que ningún jugador del FC Barcelona pudo hacer a lo largo de toda la serie.

En el fútbol hablar de merecimientos no tiene sentido. Pero si nos ponemos a pensar seriamente en las oportunidades de gol que tuvo el Barça en esta serie nos encontramos con poco y nada. Incluso puede decirse que el Manchester se dio el lujo de marrar un penalti de visita. Y, guste o no, al fútbol se gana haciendo goles. Tan simple como eso. Y esta versión actual del Barcelona carece del mismo. Parece mentira cuando uno ve la nómina de jugadores que hay en la plantilla: Messi, Bojan, Etoo, Iniesta, Henry y hasta Deco y el hoy apartado Ronaldinho. Ninguno de ellos supo encontrar el cómo, el modus operandi indicado para vulnerar a Van Der Sar, siquiera inquietarlo un poco más de la cuenta. Y no me vengan con eso de que Rijkaard tiene la culpa de esto: al fútbol lo juegan los jugadores y son ellos, mediante el arte del imprevisto y la dinámica de lo impensado, quienes cumplen funciones sobre el verde césped. ¿O me van a decir que al gol de Scholes lo planeó Ferguson? Sería quitarle a este hermoso deporte los elementos intangibles, los que no podemos explicar con palabras.

Detesto hacer leña del árbol caído y, de seguro, las palabras podrían ser otras con el resultado inverso puesto. Pero este partido se presenta como el ocaso de uno de los períodos más gloriosos que se recuerden dentro de la entidad azulgrana. Porque, continúe Rijkaard o no al mando del banquillo, está claro que muchas cosas tienen que cambiar. Se nota que hay jugadores que han cedido ante la presión externa y también se avisora que hay varios que están deseando firmemente abandonar este barco a punto de naufragar. No es fácil jugar en un equipo grande y mucho menos lo es cuando no se dan los resultados y tampoco se juega bien. Pero, principalmente, se notó a lo largo de esta temporada un desgano y una falta de actitud pocas veces vista en este ciclo del conjunto culé. Ahora toca otro momento. El de escuchar la lluvia de críticas y la caza de brujas prolongada por parte de los vendedores de humo con acreditación de prensa, los mismos que hoy se estarían desgañitando de placer con titulares al estilo de "Heroíca clasificación" o "A Moscú" si el Barça hubiese conseguido conectar fructuosamente alguno de esos balones revoleados sin ton ni son desde el mediocampo en el tiempo añadido. Señores periodistas: el acta de defunción está en la mesa. Sólo hace falta que alguien estampe la firma.

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