El Chelsea no se puso colorado...

 

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...más bien todo lo contrario. Disfrutó al máximo del obsequio sin que la vergüenza le cubra el rostro. Esto del fútbol es una cosa de locos, no me vayan a decir que no. Porque otra explicación no le encuentro a lo acontecido hace instantes nomás en Anfield Road. Está bien que el duelo era el más planificado que se podía esperar, todos -más o menos- aguardabamos lo mismo de este partido y en mayor o menor medida sabíamos que alguna clase de error sería la materia condicionante en este choque de estrategias, cautela, sudor y esfuerzo. Pero nadie tenía en cuenta esa resolución, tremendo varapalo. Y mucho menos después de ver lo que sucedió durante los 90 minutos.

Ya es sabido que al Liverpool le basta con que le mencionen la palabra "Champions" para que cobre una motivación extra. Es "su" torneo, donde más se siente a gusto y donde Benítez logra obtener peras de un olmo. El paño exacto donde se exhibe como un dechado de virtudes y donde minimiza sus defectos a la perfección. Donde va el balón jugado por el rival, de seguro habrán dos camisetas rojas con los colmillos afilados en busca del arrebato. Y así fue este encuentro. Un Liverpool dominador de punta a punta, donde todas las líneas se apoyaban entre si y donde el rival estaba plenamente desconcertado. ¿Ballack? ¿Lampard? ¿Joe Cole? Nada de nada. El Chelsea era Deportivo Drogba. Pero el marfileño no podía en soledad con cada balonazo que le llegaba. No tenía compañía ni por un lado ni por otro. No sin esfuerzo y dedicación el Liverpool consiguió la ventaja al filo del descanso de la manera en que pensaba que un gol podía llegar en este partido: producto de una sucesión de errores o de alguna acción indivdual notable. Y fue lo primero. Mascherano le pifia pero le pone un balón de gol fortuito a Kuyt, quien define ante la deficiente salida del portero del caso. Lo que yo llamo un típico "gol de Boca" (quienes siguen el fútbol argentino sabrán de qué estoy hablando).

El segundo tiempo no cambiaría la tónica. El Liverpool amo y señor del encuentro. Tan sólo unos 20 minutos después del comienzo ese domino se subvirtió al menos mínimamente, con los tibios -y primerizos- atisbos de peligro por parte de los Blues. El "Niño" no estuvo fino en este partido y definitivamente no fue su jornada. Cech se reivindica y le saca un golazo a Gerrard. Después llegaríamos a lo que todo el mundo conoce: Kalou la revolea al centro del área y Anelka apura a su marcador... que cabecea a las mallas como un delantero centro de los mejores. En algunas partes del mundo dicen que los colorados traen mala suerte. Pregúntele a Rafa Benítez si no es así.

Este tipo de partidos son los que yo suelo calificar como "no aptos para público no implicado emocionalmente". Es decir, difíciles de ver si uno no lleva puestos los colores de ninguno de los dos equipos. Todo se dio más o menos dentro de lo previsto. Incluso dentro del campo de juego. El resultado terminó siendo traicionero y nos deja un partido de vuelta no apto para cardíacos y donde John Terry hará todo lo posible por quedarse con alguna pieza de la dentadura de Torres, Babel o quien se le cruce y Carragher afilará sus botas para hacer crujir cualquier tobillo errante. El Chelsea buscará su venganza de la manera más dulce de aquel gol fantasma de Luis García. Podrá haber sido aburrido, monótono, demasiado estudiado, con pocas emociones y digno de ajedrez. ¿Pero álguien puede negar que este encuentro se ha transformado ya en un clásico de la Europa de los tiempos modernos? No me queda la menor duda de que es así. Y yo a este tipo de contiendas no me las pierdo. Nos vemos el miércoles.

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