Poderoso caballero Don Dinero

abramovich.jpgMe llama la atención las cantidades exorbitantes de dinero que se están manejando -de palabra, al menos- a la hora de hablar de los próximos fichajes. He escuchado decir que el Fenerbahçe tenía 90 millones preparados para comprar a Eto'o por si fracasaba la operación de llevar a Ronaldinho a Turquía. También apareció Roman Abramovich -a través de su portavoz Avram Grant- con su billetera rebosante de petrodólares a decir que tenían listos 125 millones de euros para reforzar al equipo londinense. ¿Los objetivos? Messi, Kaká, David Villa y, de seguro, cualquier jugador que ande dando vueltas por el continente europeo y todos los demás también. Y prepárense, porque ejemplos como estos tendremos a montones durante todo el período de traspasos. Vivimos días de fútbol hipermercantilizado.

Yo siempre sostengo a rajatabla que si bien esta inyección monetaria producto de capitales ajenos al fútbol fortaleció muchas ligas y el delicado pasar económico que tenían muchas instituciones, por otro lado terminó matando al fútbol de verdad, el fútbol que le gusta al aficionado (¡Qué difícil es decir esto!). Vamos, el juego por el que todos, en mayor o menor medida, nos hicimos fanáticos empedernidos de este tan vil y hermoso a la vez deporte. Antes teníamos futbolistas que jugaban casi por el placer y regocijo que les causaba el sólo hecho de hacerlo. Ahora tenemos robots de alta competencia que son más atletas de 100 metros llanos que inteligencia futbolística. Antes se priorizaba (bueno, muchos lo hacían) lo estético. Ahora se prioriza el resultado. El resultado. Esta es la última palabra a tener en cuenta, la que motiva al fútbol actual.

El resultado es, sin duda alguna, el motor principal del fútbol de hoy día. En base a él se arman esquemas de juego, tácticas, estrategias y también se hacen los fichajes y se decide la suerte de los entrenadores. Y esto, a mi juicio, está muy, demasiado atado al concepto económico que se manejan a través de las instituciones del fútbol mundial. ¿Seguirá invirtiendo ese excéntrico empresario tailandés en un equipo destinado al fracaso? No, de seguro que no. O tal vez si, pero sólo para blanquear fondos. El dinero, causa y solución de todos los males del mundo, es quien termina decidiendo la suerte de todo lo que rodea al fútbol. Periodistas incluidos.

Tíldenme de romántico, anticuado, gilipollas o el adjetivo que mejor me quepa. Pero añoro esos tiempos -que nunca viví, dicho sea de paso- en donde el futbolista sentía apego por su elástica, jugaba casi que por los viáticos y disfrutaba del deporte en su máxima expresión. Hoy el dinero lo condiciona todo. Bueno, casi todo. Es que este deporte está lleno de paradojas. Sergio Cortina lo dijo mejor que yo en La Vida en Domingo poniendo como ejemplo a la Premier. Es cuestión de elegir una cosa o la otra. Si el dinero puso en primer lugar a la competición inglesa en desmedro de su vilipendiada selección nacional, no hay mucho de que quejarse. Pero ahí se ven los británicos, con muchos productos de su propia cantera deambulando sin pena ni gloria, con una identidad en ciernes de desaparición gradual y con un campeonato local repleto de foráneos de todas las latitudes posibles. Eso si, con la mejor liga del mundo.

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