Chelsea: Eden Hazard y la mutación exitosa

Tendrá la oportunidad de ganar su primer título con el Chelsea en la Supercopa de Europa

Eden Hazard con Fernando Torres en el Chelsea Eden Hazard con Fernando Torres en el Chelsea

Eden Hazard disputará con el Chelsea ante el Atlético de Madrid la Supercopa de Europa 2012 y tendrá la oportunidad de ganar su primer título con los Blues tras perder la Community Shield.

Para construir un organismo, algunos genes interactúan entre sí. Cualquier mínimo defecto en uno de ellos, puede causar una alteración en el plan generador de ese organismo, ya sea afectando a alguna característica o al organismo entero. Los biólogos conocen la función de muchos genes estudiando sus mutantes, aunque contrariamente a lo que se piensa, estos factores importantes para la evolución, suceden de forma natural. Cuando una célula se divide, genera una copia de su ADN pero algunas veces esa copia no es perfecta. Esa pequeña diferencia con la secuencia original es una mutación. No son buenas ni malas, sino beneficiosas o letales. Mediante la creación de nuevos genes, las mutaciones son una de las fuerzas que posee la evolución para dar lugar, en algunos casos, a nuevas especies y una de ellas se ha instalado provechosamente en el oeste de Londres.

El Chelsea tuvo que quitarse de encima la obsesiva necesidad de levantar la Champions League (una sensación cargada de presión en boca de su líder, Roman Abramovich) para entender y auto-convencerse de la necesidad de sufrir una mutación. Una copia similar en color, escenario, objetivos y columna vertebral (pues mantiene sus principales iconos) pero con pequeñas diferencias respecto a su secuencia original que le situaran en la línea positiva para mantener sus aspiraciones dentro de una valoración global más plausible. No porque su estilo, propuesta y premisas no funcionaran, sino porque tras tocar techo, no era momento de madurar o ralentizar su primer título continental, sino de aprovecharlo para crecer y generar nuevas doctrinas de futuro en torno a él. Y aquella renovación pendiente que intentó arrancar en frío el pasado año (fracasó con Villas-Boas), lo atropelló por sorpresa (Roberto Di Matteo) y le obligaba a completar la regeneración. Un proceso casi clónico, que guarda sus viejos valores pero que gestó una variación diferencial, la mutación belga, Eden Hazard.

Durante tres años, los que brilló como nadie en Francia (elegido dos veces mejor jugador del campeonato) con velocidad, desequilibrios, constantes detalles de calidad, atrevimiento y valentía para llevar a un equipo menor a un título de Ligue 1 como absoluto protagonista, elogié a Hazard casi a diario pues era el ‘elegido’. Aquél joven generador de ilusiones en un rincón humilde del norte de Francia (Lille), cercano a su casa (nació en La Louviera, casi en la frontera entre ambos países), era el causante del impacto semanal en el repaso internacional que todos planeamos cada jornada en mitad de temporada. El único que levantaba el ritmo del narrador, el creaba gritos extraños en el comentarista, el que convertía desidia en aplausos y el que, desde entonces, catalogué como el mayor elemento diferencial del fútbol actual (post Messi, puesto que pertenecen a generaciones diferentes).

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Al mismo tiempo, ese impacto semanal fue atravesando tertulias, agigantando su imagen internacional y rebasando obstáculos absurdos que un joven siempre tiene que dejar atrás cuando destaca en epicentros catalogados como ‘secundarios’ (insulsamente generados, por otra parte, al ser Ligue 1 uno de los campeonatos más físicos del mundo donde más complicaciones se encuentra un joven con sus cualidades), excedió gran parte de los límites que ese seguidor fiel esperaba encontrarse el día que Hazard cambiara de aires rumbo a un equipo de primerísimo nivel mundial. No aplaudí ninguna de sus indecisiones, declaraciones cercanas a múltiples equipos o cariñosas muecas a quienes le prometían cheques, pero en el fondo, quería que mi pequeño ‘duende’ belga, aquél que conocí en silencio y que disfruté en la intimidad, acababa vestido con la camiseta del equipo que más afecto guardo. No fue así.

Pudo jugar en España (Real Madrid), Italia (Juventus), Alemania (Bayern), incluso seguir en Francia (los millones del PSG lo intentaron) o cualquier rincón de Inglaterra (Manchester United, Manchester City, Liverpool o Arsenal), pero decidió asumir el reto más titánico de todos ellos, el del nuevo Chelsea. Minuciosamente diseccionadas todas las propuestas, valoradas desde el punto de vista deportivo (lo económico a esta escala es una diferencia minoritaria) y afrontadas desde la osadía de quien se sabe elemento focalizador de presiones, Hazard dio el paso al frente. Con el tiempo ideal para preparar la pretemporada en su nuevo club, adaptarse tranquilamente a un vestuario lleno de caracteres mediáticos y reorganizar sus ideas de juego en un contexto opuesto al que hasta ahora había defendido, pero bajo un mismo prisma personal, el de convertirse en la célula mutante del reconvertido proyecto Blue (que ha pasado de ser un equipo de fuerza y empujones con la pegada de Drogba, a generar su propio ritmo y soluciones ofensivas).

No necesitaría hablar de su increíble capacidad para acelerar las transiciones gracias a una poderosa facilidad para transportar la pelota en conducción, tampoco recordar su estupenda capacidad técnica que le ayuda a encontrar soluciones factibles con registros maximizados respecto a la tosquedad reinante en los defensores ingleses, y dejaría a un lado esa valentía para ser el epicentro que solicita una vez tras otra la pelota, que la pide, que la quiere y que la maneja como líder diferencial para proporcionar la clarividencia distintiva. No necesitaría renombrar todas estas cualidades porque sus tres primeros partidos en la Premier League lo hacen por mí y porque, además, las cifras, esos números aliados o defensores, sucumben ante la personalidad del ‘novato’. Hazard lleva un gol y cuatro asistencias ya generadas para sus compañeros, lo que manifiesta su eficacia y rentabilidad dentro de un esquema al que se ha adaptado adecuadamente.

Porque el ADN del Chelsea mantiene a sus referentes legendarios (Terry, Lampard, Cech), ha reinsertado novedades provechosas (Fernando Torres, Mata, David Luiz) y hasta asegurado futuro a su nueva teoría deportiva (Oscar, Marin, Moses), pero el causante de la interrupción respecto a la secuencia original, esa mutación diferenciadora, es el nuevo icono de la Premier League: Eden Hazard.

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