
No soy una persona demasiado impresionable y tampoco me horrorizo ante las fuertes infracciones que le ponen dureza al mundo del fútbol. Es más, debo confesar que uno de mis placeres culposos es mirar esas compilaciones del tipo "las 10 mejores faltas del año" que pasan en las cadenas deportivas televisivas cuando no tienen mucho que poner. Pero la criminal patada que recibió Eduardo Da Silva hoy me dejó francamente helado.
Su equipo, el Arsenal líder de la Premier, visitaba el Saint Andrews del Birmingham City buscando mantener esa buena distancia con respecto al Manchester United. Pero parece que Martin Taylor, un defensa de los locales,
se tomó demasiado literalmente eso de que el fútbol es un deporte en donde se juega a matar o morir. Dos minutos y treinta segundos de partido habían transcurrido cuando una entrada con los pies en alto bastó para que la tibia y el peroné del brasileño nacionalizado croata hicieran un crack, mostrando la consabida imagen escalofriante que da vueltas el mundo. Lamentablemente no se puede decir que lo de Taylor haya parecido casual. Todo lo contrario: dio la sensación de que buscó romper al rival, en una maniobra plagada de mala intención.
Da Silva, quien este lunes estará cumpliendo 25 años, se perderá todo lo que resta de temporada y hasta tal vez un poco de la siguiente, deberá atravesar una difícil y dura rehabilitación para volver a ser el mismo y de seguro se perderá la próxima Euro, que hubiese disputado con la selección croata. Arsene Wenger, el entrenador de los "gunners" declaró que
Taylor merece ser suspendido de por vida. Yo no estoy de acuerdo con esa sentencia, pero al menos debería recibir una pena que se extienda por el mismo tiempo que demande la recuperación de Da Silva como mínimo.
¿Hasta dónde ha llegado el fútbol que se busca hacer el daño físico al rival, a un colega de profesión? El fútbol está enfermo y muchas veces se alimenta desde el discurso mediático esa patología que tiene. Este no es un caso aislado: jugadores que pegan brutalmente los hay en casi todos los partidos,
no se mide la intensidad ni las consecuencias. Los entrenadores disponen que a determinados partidos hay que jugarlos a cara de perro y a los ejecutores de la puesta en escena se les va la mano; o, mejor dicho, los pies. Así como le pasó esto a Eduardo Da Silva, el día de mañana pueden ser Messi, Cristiano Ronaldo, el "Kun" Agüero, Kaká, Raúl o cualquier otro que cometa el pecado de llevar el balón pegado a sus pies o intente la tamaña herejía de gambetear a un rival.