¿Futbolero? No, del Athletic

La final de la Europa League desde el punto de vista de los Leones

El Athletic en la final de la Europa League 2012 El Athletic en la final de la Europa League 2012

Por Natxo Guinea (@natxoguinea)

“¿Qué hizo el Athletic ayer?”. Ya sabes, palmamos. Bla, bla, el último minuto. Bla, bla, bla, el árbitro. “Joder, macho, no levantamos cabeza”. Conversaciones típicas, a primera vista. Ésta, de hecho, se repetía cada lunes en mi piso. Nada fuera de lo común. O sí. El que respondía era yo –león consumado-. Lo anecdótico, el otro interlocutor; el interesado, un compañero de piso aficionado al rock and roll de los 50, las Harley Dadvinson y, sobre todo, un acérrimo enemigo del fútbol. Abogaba por propinar un castigo físico a su futuro hijo si le descubría jugando con un balón, nada menos. Entonces, ¿qué le lleva a alguien así a interesarse por lo que ha hecho un equipo? Y más aún, ¿por qué le afecta negativamente la derrota de un equipo? La respuesta es clara y sencilla: porque no estamos hablando de ‘un’ equipo. Ni de fútbol siquiera. Hablábamos del Athletic. De nuestro otrora glorioso Athletic Club de Bilbao.

Recuerdo aquellos Athletic-Barça a los que acudía cada año con mi familia. Era nuestra rutina. Esa ‘x’ marcada en rojiblanco en el calendario. La emoción iba in crescendo a medida que se acercaba el día de pisar la grada de La Catedral, de comer el bocadillo de tortilla de patata que todos llevábamos de casa, de oler el humo a puro, de gritar hasta calcinar la garganta para empujar a los leones que defendían la histórica camiseta rojiblanca. Recuerdo a Ronaldo vestido de blaugrana, a Giovanni, a Couto, a Baia… pero fue aquel golazo del capitán, Julen Guerrero, y el incansable aliento de la afición lo que terminó de marcarme. Corría el año 1996, y yo tenía tan sólo 9 añitos. Pero aquella remontada, aquel ambiente, aquel color y aroma que destilaba ese clásico estadio, marcó el principio del idilio más duradero de mi vida.

El buen bilbaíno que se precia de serlo, lleva ese sentimiento Athletic dentro. Muy arraigado. Sin embargo, puede no ser un futbolero apasionado. Es más, puede que hasta odie ver a veintidós millonarios en calzones tratando de meter una pelota entre tres postes. Pero siempre preguntará por el Athletic. Cada domingo absorberá el ambiente que destila la calle Licenciado Poza los días de partido. Y cantará los goles de Llorente, De Marcos, y compañía de igual manera que otros no futboleros gritaron los de Guerrero y Ziganda. Y nuestros abuelos, los de Zarra, el ‘Piru’ Gainza o Pichichi. Porque ese sentimiento único se hereda. Y ninguno, desde Getxo hasta Deusto, pasando por Gernika o Amorebieta, somos inmune.

Pero ese sentimiento centenario no se limita al territorio comprendido dentro de las fronteras de Bizkaia. Ni si quiera de las de Euskadi. Ese sentimiento endémico del bilbaíno, tan propio de su particular idiosincrasia, no conoce de distancias. Se dice que el vasco nace donde quiere, y tal cosa se podría decir del aficionado del Athletic. Una de las primeras cosas que me dijo una buena amiga granadina fue que uno de sus tíos era un acérrimo aficionado del Athletic. Y uno no puede evitar sonreír ante ciertas cosas. Un gesto de emoción y orgullo que exterioriza un sentimiento visceral; ese sentimiento que lleva a niños, jóvenes, adultos y ancianos cada domingo a San Mamés a apoyar a los nuestros. Durante hora y media no existe nada más. En euskera o en castellano. Con acento vasco, andaluz, catalán o argentino. No hay diferencias cuando todas las voces se aúnan para animar a este equipo único.

Ahora la afición ‘zurigorri’ recoge los frutos del trabajo bien hecho. Y toca paladear el momento. La Gabarra se prepara para surcar la Ría, y esas grandes noches en San Mamés son ya más que algo ocasional .Los que fuimos socios y dejamos de serlo, lo hacemos desde el exilio forzado. Pero no nos olvidamos de cuando estuvimos abajo; del sufrimiento. De aquel gol de Gabilondo que nos salvó del descenso hace no demasiado. Aquel partido decisivo ante el Rayo en el 96. Porque es en esos momentos en los que ese sentimiento se hace fuerte. Y nunca dejaron de atronar las gargantas en La Catedral. Como todo idilio amoroso, la relación entre el club y la afición fue concebida para estar ahí en los momentos de salud y enfermedad. En la riqueza y en la pobreza. Hoy toca conquistar Bucarest. Mañana, veremos. Nosotros seguiremos haciendo temblar los cimientos de San Mamés como en ningún otro estadio logran hacer. Ojalá pudiéramos decir que se trata de fútbol en caso de necesitar consuelo. Pero no, es algo distinto. No es fútbol, es el Athletic. Nuestro Athletic.

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