Bucarest, tierra de fútbol

El Estadio Nacional vivirá su primera final

Estadio Nacional de Bucarest Estadio Nacional de Bucarest

El Estadio Nacional de Bucarest, espera al Atlético de Madrid y al Athletic Club de Bilbao para vivir la final más rojiblanca de la historia de la Europa League. Un escenario majestuoso, situado en un lugar sagrado del mapa bucarestino.

El pueblo rumano entonó el Desteapta-te, române! (despierta rumano) en 1989; una marcha de rebeldía contra el gobierno de Ceausescu, que volvió a ser el himno oficial del país tras la caída del régimen comunista. El 6 de Septiembre de 2011, el canto volvió a sonar con fuerza en la inauguración del estadio.

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En el mismo escenario donde ahora se ha levantado este faraónico campo, se encontraba el antiguo estadio 23 de Agosto (renombrado más tarde como Lia Manoliu, lanzadora de disco que consiguió ganar tres medallas olímpicas en los años sesenta), marco de tantas batallas entre el Steaua de Bucarest, el equipo del ejército, y el Dinamo, gran rival ligado a la Securitate, la policía secreta rumana. También fue escenario de numerosos actos de exaltación de la figura de Ceausescu, como el celebrado cada 23 de Agosto, día de fiesta nacional, hasta la caída del comunismo en 1989.

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Tres meses antes de la revolución, el Steaua de Bucarest perdía una imbatibilidad de 104 partidos. El Dinamo ganaba en su estadio por 0-3; los goles de Mateut, Timofte y Cezar Zamfir pasarían a la historia como los responsables del final de la trayectoria de aquel Steaua campeón, en un fútbol dominado por la oscuridad, la falsedad de datos y la contundencia de los métodos.

Pronto las cosas cambiarían, en la calle el pueblo se levantaría y en la liga de fútbol desaparecerían equipos como el Victoria de Bucarest o el FC Olt Scornicesti (equipo de la ciudad natal de Nicolae Ceaucescu, que había recibido ayudas que le permitieron jugar en la máxima categoría).

La primera final de copa sin Ceausescu tuvo lugar en Mayo de 1990. Un combate entre los dos viejos enemigos del fútbol rumano, los dos grandes clubes de Bucarest; enfrentamiento de grandes fricciones durante la historia, como la sucedida en la final de 1988 en la que el Steaua abandonó el terreno de juego en desacuerdo con una decisión arbitral. La crispación fue muy grande en el momento que la Federación Rumana recibió presiones del partido comunista y entregó el trofeo al equipo del ejército. El Dinamo encajó la derrota en los despachos, consciente de que era una decisión que se escapaba de su competencia.

Un año más tarde, en la ciudad transilvana de Brasov, el último capricho de la familia Ceaucescu, la "perla de los cárpatos" Gica Hagi, le daba al Steaua el último título de copa de la era comunista. Un gol en el que Hagi dejaba claro que se trataba de un futbolista de otra dimensión, resolviendo una gran acción en la que se zafó con su característico estilo de los defensas del Dinamo.

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Gheorghe Hagi había sido contratado por el equipo de la capital para reforzar la línea de ataque en la Supercopa de Europa de 1987, un partido que se resolvió con un lanzamiento de falta del joven futbolista que terminaba de cumplir 22 años. Tras el éxito conseguido en la Supercopa de Mónaco (jugada allí a partido único como hecho excepcional), Gica no volvió a su antiguo club, el Sportul Studentesc, como había sido estipulado. Con el consentimiento de la familia Ceausescu, el futbolista permanecería en el vigente campeón europeo.

La temporada 1989-90 no será olvidada fácilmente por los seguidores del Dinamo. Dirigidos por Mircea Lucescu, los Câinii rosii terminarían con la imbatibilidad en Rumanía de su gran rival nacional a principio de temporada, y más tarde llegarían a las semifinales de la Recopa de Europa, donde solo serían derrotados por el Anderlecht de Aad de Mos.

Ganaron la liga tras cinco temporadas sin haberlo conseguido, y en la Copa fueron protagonistas de un encuentro para el recuerdo… el Dinamo se impuso en la final al Steaua en el estadio 23 de Agosto (todavía tenía ese nombre) ¡por 6-4!

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En aquel equipo se alineaban hombres que actuaron con distinta fortuna en la selección nacional, y que darían después el salto a clubes más importantes del fútbol europeo.

Bogdan Stelea era uno de ellos, el portero de Rumanía en los mundiales de 1994 y 1998 sería transferido a la liga española poco tiempo más tarde; jugó en las filas del Mallorca y su debut tuvo una curiosa incidencia, ya que el primer gol que encajó se lo marcó Gica Hagi, como en aquella final del 89 en su país.

Alguno de los jugadores del Dinamo quedó marcado por la desgracia, como Michael Klein, el lateral izquierdo del Dinamo 1989-90, que abandonó el club con destino a Alemania donde jugó en las filas del Bayer Uerdingen; el futbolista murió en 1993 tras ser víctima de un infarto durante un entrenamiento. Se especuló con que la ingesta de fármacos relacionados con el dopaje pudo ser una de las causas.

La Copa del mundo de Italia 1990, en la que Rumanía se enfrentó a Argentina y cayó en octavos frente a la rocosa Eire, tuvo presencia masiva de jugadores pertenecientes al Dinamo, un total de diez. Otro futbolista que actuaba en labores de contención y quedaría marcado por la desgracia, fue Anton Dobos, un clásico del fútbol rumano que jugó más tarde también en el Steaua y que solo alcanzó la internacionalidad cerca de la treintena. Dobos sufrió en el año 2008 un accidente de coche al quedarse dormido al volante.

Mircea Rednic fue uno de los componentes más brillantes de la selección rumana que participó en la Eurocopa de Francia 1984; su actuación hizo despertar el interés de varios equipos de las grandes ligas como el Colonia, pero las restricciones del régimen evitaron su salida. Era un defensa con gran sentido de la anticipación, rápido y muy participativo en el juego.

Dentro de aquel vestuario campeón que alcanzó el doblete y estuvo a punto de realizar la machada continental, cohabitaban varios futbolistas que pasarían más tarde por el fútbol español. Al margen del citado Stelea, Ioan Andone jugó en las filas del Elche en la temporada 1990-91.

Dorin Mateut, bota de oro del fútbol europeo en 1989, fue traspasado al Zaragoza por unos 70 millones de las antiguas pesetas. Dio un rendimiento irregular en el conjunto aragonés, donde demostró su acierto goleador en algún partido, aunque muy lejos del excelente nivel exhibido en su país. Su mejor noche fue en la Copa de la UEFA en un partido Zaragoza- Frem de Copenaghe, en el que marcó cuatro de los cinco goles del equipo dirigido por Víctor Fernández. Mateut se marchó al Brescia, donde coincidiría con su ex-técnico en el Dinamo, Mircea Lucescu, y sus compatriotas Gica Hagi y Florin Raduciou.

Éste último había tenido un paso efímero también por el Milan, y aterrizó en Barcelona para jugar en el Espanyol, que entrenaba José Antonio Camacho, tras un excelente mundial en 1994. Tuvo buenos inicios en el fútbol español, demostrando buen desmarque, condiciones técnicas y acierto goleador. En la final de 1990 ante el Steaua, marcó tres de los seis goles. El que había sido equipo del ejército fue desarbolado por la brillante actitud de los hombres de Lucescu.

Aquel exitoso equipo del Dinamo de Bucarest duró muy poco, pero las gestas de 1989-90 quedaron grabadas para siempre en la memoria de su afición y de todo el fútbol rumano.

El "Lia Manoliu" ha dado paso al estadio nacional, los cimientos de la modernidad se han posado sobre las coordenadas de un complejo deportivo con mucho camino.

El fútbol rumano ha vivido muchas historias y momentos, derbis, finales… ha sido semillero de excelentes deportistas, forjados en las instalaciones creadas algún día para el disfrute del pueblo. La final de la Europa League se presenta como un nuevo despertar para el fútbol rumano, que luce con orgullo su estadio, tan grande cómo la leyenda de su fútbol…

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