El cisne blanco

Andrés Iniesta volvió a ser protagonista con el Barcelona

Zinedine Zidane, la película el “Cisne Negro” y Andrés Iniesta guardan cierta relación, o al menos así lo interpreta un servidor.

Como amante al fútbol y aficionado barcelonista que soy –por este orden- a Zinedine Zidane lo admiré y lo sufrí. Lo quise y lo odié, pero el amor siempre acaba triunfando y a día de hoy guardo un grandioso recuerdo de las fechorías excelsas que hizo con el balón en los pies. El francés, icono de un país (Francia) y orgullo de otro (Argelia) era un artista y un mago de carácter fuerte y personalidad compleja. Reservado y temperamental. Un cisne negro. Andrés Iniesta sin embargo es la luz, la bondad hecha fútbol. Jamás nadie habló mal de él, y difícilmente alguien lo hará alguna vez. Arte y talento emanando a discreción de sus botas para el goce y disfrute de todos los públicos. Es el cisne blanco del fútbol mundial.

Andrés y Zizou. Dos campeones admirados, dos elegidos que agotan adjetivos y despiertan exclamaciones. Tan iguales y a la vez tan diferentes.

¿Quién es mejor? No lo sé. La comparación supone un juicio, y el juicio acarrea por naturaleza una carga importante de injusticia que no pienso hacer aquí y ahora.

Ahora bien, si debo decir que el palmarés de Iniesta a sus 27 años ya es mayor que el de su admirado Zidane cuando este se retiró y creo además que la repercusión que tiene el manchego en el campo seguramente sea mayor y más constante que la que tuvo el francés, si bien a veces no parezca brillar tanto o los focos vayan en otra dirección. Toda una contradicción cuando cada vez son más los que pensamos que Iniesta es “La Luz”. Por su parte, Zidane ha sido la mayor expresión plástica que un servidor ha visto sobre un terreno de juego. Zizou fue más líder, tenía más galones y la mercadotecnia siempre le dispensó un trato más favorable que al chico entrañable de Fuentealbilla. Andrés tiene un via crucis con las lesiones y se le ha acusado de falta de gol. Zidane tenía un carácter complicado en el campo y a veces perdía los papeles de forma incomprensible llegando a dañar su imagen por momentos. Más allá de estas consideraciones con las que se podrá coincidir o no, estamos ante dos de los mayores talentos de los últimos 25 años. Jugaron en épocas cercanas pero a la vez diferentes. Zidane por ejemplo, no tuvo nunca a dos monstruos del calibre de Messi o Cristiano Ronaldo para medirse. Iniesta sí, y ahí lo tienen, creciendo día a día, con humildad, como si no fuera con él.

Iniesta y Zidane son dos ángeles que encarnan la elegancia en el fútbol. Estetas de tobillo virtuoso, visión de juego privilegiada y con un repertorio de recursos tan variado como obsceno. Excelencia al servicio del balompié. Dos mitos que comparten hazañas. Ambos marcaron en la final de un Mundial que acabarían ganando llevando a la gloria a sus respectivos países. Los dos firmaron un descomunal gol de vital importancia en la Champions League y conquistaron una Eurocopa teniendo un desempeño capital en dicho éxito continental.

Ante el recital de ayer ante el Sporting de Gijón, escribía en su web el amigo y maestro Martí Perarnau: “Una mariposa revoloteando entre elefantes. El genio de la lámpara, liberado de corsés y ataduras, abriendo pasillos inexistentes en espacios aún por construir. De prodigio en prodigio. El Tintín de Albacete. El Messi de las sombras. Rostro Pálido”.

Mi querido Iván Castelló afirmaba ayer en su Twitter: “Iniesta, de haber nacido en Dortmund, Heerenveen, Brighton, Cascais o Catanzaro, tendría ya Balones de Oro”.

El gran Rubén Uría enterraba su hacha por un momento y se rendía al “8”: “Iniesta agota los adjetivos. El mejor centrocampista español que he visto jamás. Líder, clase, toque, magistral. Un genio”.

Apuntaba @2010MisterChip un dato singular y sintomático: “Andrés Iniesta no pierde un partido de liga desde el 11.09.2010 (0-2 vs Hércules). Desde entonces, 40 victorias y 8 empates”.

“El Cisne Blanco” al final de la película dice "Lo sentí, perfecto, fue perfecto". En términos parecidos se expresó Iniesta al hablar de su gol en la final del Mundial. Algo así debió pensar desde el cielo Dani Jarque al ver a su amigo correr con el rostro desencajado y enseñando aquella camiseta interior que emocionó a todo un país. El gol del Soccer City fue perfecto. Aquel gol lo metió “El Cisne Blanco”.

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