El momento de Guillermo Amor

España pudo jugar en Wembley gracias a un gol del barcelonista

Guillermo Amor Guillermo Amor

Arrancamos con una nueva sección 'Historias de la Eurocopa' en la que relataremos algunos momentos cumbre en el torneo continental que se disputará este verano en Polonia y Ucrania.

Para Guillermo Amor, aquel no fue un gol cualquiera. Esperó su momento, se lanzó al suelo y rebañó la pelota con la cabeza. La red del estadio Elland Road de Leeds se agitó como lo había hecho pocas veces en la Eurocopa. Era el gol definitivo para España, Amor había transformado la agonía en pura felicidad e ilusión. La selección podía afirmar con franqueza que estaría en Wembley días después. Sería el sábado por la tarde con el estadio lleno, como marca la tradición futbolística de las islas británicas. Antes de la hora del té y bajo la presión del templo más emblemático del fútbol mundial. Amor, había llevado a los suyos a Wembley, pero para él, fue un gol que traspasaba la pasión deportiva.

Daniel, el segundo hijo de Guillermo Amor, había nacido un día antes del decisivo partido de la Eurocopa de naciones de 1996 España-Rumanía. El pequeño de los Amor, había llegado al mundo en una clínica de Barcelona, ajeno al ruido y el estupor que se vivía en la concentración del equipo español. Su padre, nervioso por la situación y apenado por no poder estar presente en el nacimiento de Daniel, permanecía obnubilado en el hotel de concentración de Leeds.

España había empatado sus dos partidos anteriores frente a Bulgaria y Francia, pero la crispación entre el seleccionador Javier Clemente y la prensa había llegado al máximo de su efervescencia. Las polémicas alrededor de José Luís Pérez Caminero (que salvó a España con su gol ante Francia), tomaban protagonismo respecto a un fútbol que brillaba por su ausencia. Las ruedas de prensa se convirtieron en un terreno de tiro, donde Clemente ensayaba a disparar a periodistas con sus mordaces comentarios. Su guerra con Johan Cruyff, al que llamó "cenizo" y del que afirmó "es más inteligente que yo, porque gana más dinero que yo", puso en un compromiso a jugadores que todavía mantenían una estrecha vinculación con el técnico de Amsterdam.

Guillermo Amor había tenido problemas ese año para entrar en el equipo titular del Barcelona. Fue la última temporada de Cruyff al frente de la nave barcelonista, pero a base de trabajo y esfuerzo, el de Benidorm pudo hacerse un sitio en la competitiva convocatoria del equipo nacional. Amor había marcado el gol 4000 del Barcelona en primera división en el transcurso de la temporada. La confianza de Clemente le hizo llegar con mucha fuerza a la Eurocopa de 1996.

Amor era un futbolística polivalente, con muchas condiciones técnicas, buen remate de cabeza y calidad en el pase. Podía moverse en posiciones del centro del campo al ataque y constituía un gran comodín para sus técnicos, ya que se adaptaba al rol que necesitase el equipo en cada situación. Si hacía falta atacar, se incorporaba a labores ofensivas como un delantero más, mientras que a la hora de defender, ejercía la presión en el centro del campo como pivote.

Guillermo Amor tenía una espina clavada desde el 15 de Abril de 1992. Ese día, el Barcelona se clasificaba para la final de la Copa de Europa tras imponerse al Benfica por dos goles a uno. El sueño del barcelonismo estaba más cerca, y sería Wembley el encargado de saldar la deuda histórica del Barcelona con la competición. Amor vio una absurda tarjeta amarilla en la primera parte del encuentro que le impidió disputar el partido decisivo. El mazazo se instauró en la mente de Guillermo como un error evitable. No se perdonó a sí mismo aquella acción que le alejó del sueño de disputar una final de la Copa de Europa en el mítico Wembley. Tuvo que verlo desde la grada, disfrutó como un aficionado y más tarde, celebró su única Copa de Europa con sus compañeros. Pudo pisar el césped del estadio, pero se prometió que algún día, conseguiría sacarse esa espina y podría disfrutar del protagonismo personal del que no gozó en aquella ocasión.

Junio de 1996 era su momento. Habló poco y sufrió en silencio el hecho de no poder estar cerca de los suyos en el nacimiento de su hijo. Mostró su mejor fútbol y se convirtió en el ídolo nacional tras su gol a los rumanos. Amor tenía la posibilidad de volver a Wembley cuatro años después de su pesadilla. Además, no solo no se había alejado, sino que su cabeza de oro había metido a España de lleno, en la lucha por un título que se resistía 32 años.

Al día siguiente de la hazaña de Leeds. Amor conoció a su hijo Daniel. La federación premió su aportación al milagro hispano con la posibilidad de realizar un viaje relámpago a la ciudad condal. Amor durmió un martes en Leeds, la ciudad que le había permitido pasar a la historia de la Eurocopa para siempre; ajeno al mayor ambiente de crispación de la historia de la selección, que se vivía y masticaba a pocos metros de su habitación. Tomó un coche a Manchester en la mañana del miércoles y viajó desde allí a Barcelona. En la clínica barcelonesa conoció a su hijo, en medio de un aluvión de fotógrafos que esperaban la llegada del nuevo ídolo del fútbol español.

Él pidió discreción, como siempre. Guillermo fue un futbolista alejado de la figura mediática y chovinista de algunos compañeros. Su prudencia y saber estar, le abrió el corazón de los aficionados al fútbol español. Aquel día, Amor fue respetado en la intimidad de los suyos, como él se había ganado en el campo y en su trayectoria fuera de él. Aquella carrera que comenzó cuando el alicantino era muy joven y sustituyó a Diego Armando Maradona en la inauguración del Mini Estadi.

Amor volvió de su viaje relámpago a la concentración de la selección, y esta vez si…jugó en Wembley. Disfrutó de una tarde de sábado en el santuario del fútbol inglés, pero sobre el campo, no pudo ayudar a que España hiciera historia. En la tanda de penaltis, dio muestras de su maestría y de su estado de gracia. Ejecutó su penalti de la tanda definitiva con una paradinha, maravillando a los 72000 espectadores que se daban cita en el estadio.

Desafortunadamente, España no pudo llegar más lejos en su mejor partido, pero el momento de Amor ya había llegado, él ya tenía estrella propia en el firmamento de recuerdos de la historia de la selección española.

Guillermo Amor con España

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