Maradona: el divino y el maldito

Maradona vuelve al fútbol argentino para dirigir a Gimnasia de La Plata. Desandemos y analicemos su figura tan influyente.

En 1983, el pueblo argentino retomaba las calles luego de años de proscripción política para dar su veredicto en las urnas. Veredicto que catapultó a Ricardo Alfonsín a la presidencia. Hay que reconocer el goce que provocó la movilización de la calle luego de años de ahogamiento social, cultural y economico. La gente nuevamente se nucleaba tras un largo proceso de inacción política. Los tiranos del pasado habían sujetado el poder de forma ilegitima y el pueblo había perdido libertad de expresión, derechos humanos, manifestaciones multitudinarias. El nuevo orden social era la obediencia del trabajador, la imposibilidad de huelgas, la monopolización de la palabra y de los pensamientos, la persecución hacía la disidencia.

El exceso de la permanencia oligárquica en países como la Argentina- en sus facetas más reaccionarias o más sutiles- poseen un leitmotiv: la felicidad de los pueblos, el encuadramiento popular, la idolatría que aglomera comunidades, provocan en estos sectores odio y malevolencia. Odio que está emparentado con la gran contradicción de la sociedad argentina: querer ser una de una determinada manera y por culpa de la cultural popular, lo “grasas”, la “negrada”, los incivilizados, no llegamos a serlo. Esa Europa pensada, que jamás podremos ser por culpa del “enemigo interno”.

Dentro de esta paradoja, los ídolos populares terminan jugando sus cartas, en esta contradicción que engloba a la sociedad argentina. La idolatría atrae tanto a colectividades como a reaccionarios. Es en este contexto, donde Maradona termina siendo ese ídolo popular que encarna aquello que queremos ser y lo que no. Por un lado, es el sujeto que nos permitió alcanzar y superar nuestra utopía: ser superiores al primer mundo, al ganarle a Inglaterra en cuartos de final-en un intento de revanchismo hacía el imperialismo- para terminar siendo campeones del mundo frente a Alemania. Y por otro, es el individuo que espeja la inferioridad cultural y social que no anhelamos. En definitiva: es el divino y el maldito. Es, nosotros.

Hay que subrayarlo: no es fácil situar en un punto fijo al Diego. Es esa anomalía que irrumpe. Que entra y sale. Que no posee definición por el carácter de movimiento amplio que posee. Es esa indefinición, que, al mismo tiempo, lleva a lo desconocido, a la dificultad de caratular. Y lo desconocido, al mismo tiempo, provoca incomodidad en aquel que quiere generar taxativos por todos lados. Ante lo desconocido, la reacción termina de imponer aquello que desconoce como primitivo, como barbarie, como lo decadente.

En definitiva, Maradona es ese ser mágico, que remonta al pueblo argentino a los momentos más felices de su vida y al pibe que algún día soño hacer lo que quería con la pelota. En definitiva: el goce del pueblo.

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Betis y Getafe serán los encargados de echar el telón a la cuarta jornada de liga. El Benito Villamarín será testigo de ello.

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